Una puerta abierta a las habitaciones de Patti Smith, Robert Mapplethorpe y otros residentes del legendario Hotel Chelsea
Un libro recupera la imágenes tomadas por el artista alemán Albert Scopin a finales de los años sesenta en el refugio de artistas neoyorquino, reviviendo la intensidad y los encuentros únicos de la época


Albert Scopin llegó a Nueva York un día después de que el hombre llegara a la luna, en el verano de 1969. Procedía del sur de Alemania. Formado como fotógrafo en Múnich, utilizaba su apellido de nacimiento, Schöpflin. Tenía 25 años y 270 dólares en el bolsillo. Lo suficiente para instalarse en el 222 West 23rd Street, en una especie de cuarto oscuro con un grifo: una de las habitaciones de más baja categoría del mítico Hotel Chelsea. “Incluso el Chelsea tenía un tipo de jerarquía social. Los residentes de los pisos superiores eran muy respetados, y por lo general, estaban mejor posicionados”, advierte en Scopin: Chelsea Hotel, un nuevo monográfico que reúne sus recuerdos junto a las imágenes que allí tomó hasta 1971, rescatadas tras haber permanecido perdidas durante casi cuatro décadas.










Scopin llevaba una lista de los diez fotógrafos con quienes quería trabajar. Encabezada por Irving Penn y Richard Avedon, el número 10 lo ocupaba Bill King. Acabaría trabajando con él. Colaborador habitual de Harper’s Bazaar, tenía fama de complicado. Por las tardes, una vez finalizado el trabajo de encargo, organizaba sesiones de fotografía de desnudos con personas famosas. “La gente era tan diferente y a todos les resultaban emocionantes las sesiones de desnudo”, recuerda Scopin. “Fotografiar de esa manera era algo novedoso, acorde con los tiempos. Una experiencia visual y sensual. Y, sin embargo, esas fotografías nunca fueron publicadas en un libro. King olvidó gestionar los derechos de impresión. Pero eso también estaba en consonancia con la época. No se trataba de hacer un libro; se trataba de hacer lo que uno quería”.
Durante una de esas sesiones conoció a Patti Smith y a Robert Mapplethorpe, quienes por aquel entonces residían también en el Hotel Chelsea. “Robert era atractivo, frío, cínico, distante; Patti, con estética punk, rostro expresivo, directa al hablar, llena de vida”, rememora el fotógrafo. “De repente, Patti desató una energía tremenda durante la sesión. Daba la impresión de que podía correr por las paredes y el techo; fascinante. Robert, en cambio, permanecía completamente impasible, justo lo opuesto, fascinante de otra manera”.

Poco más tarde fotografió a la pareja en las habitaciones del hotel, como haría con otros de los inquilinos. Cada apartamento era en sí mismo el retrato de su ocupante. El de Patti era “el epítome del caos creativo”. Era un caos real “sin adornos, y sin embargo todo estaba en su sitio”, recuerda Scopin. “Su voz ronca ponía la piel de gallina, especialmente cuando recitaba sus propios poemas, cosa que hacía a menudo, ‘como un diamante loco’ por citar a Pink Floyd”. El de Mapplethorpe, situado en la planta baja, era por contraste mucho más ordenado. Posó para el fotógrafo al lado de los collages eróticos en los que trabajaba antes de empezar a experimentar con Polaroids.
Fueron los días más formativos de la vida del fotógrafo, enfrentado a nuevas ideas y formas de vida. Su sistema de valores se vino abajo y tuvo que ser reconstruido dentro de aquel refugio de artistas, escritores y músicos donde cada habitación guardaba una historia. Construido en 1884, como una de las primeras cooperativas residenciales de la ciudad, pasó a ser un hotel en 1905. Stanley Bard fue su director durante más de 40 años. “El Robin Hood entre los gerentes y propietarios de hoteles del mundo” destaca Scopin. “Si un artista no podía pagar la factura, Stanley no lo echaba a la calle, sino que le permitía saldarla con una pintura, o soportaba sus excusas raídas durante meses. A veces incluso prestaba dinero a sus huéspedes”. Al cineasta Miloš Forman le permitió alojarse durante tres años sin pagar un centavo.
En el Chelsea murió Dylan Thomas después de escribir Bajo el bosque lácteo; es un mito extendido que Jack Kerouac escribió allí En la carretera; Arthur C. Clarke ocupaba la habitación 1008 cuando se propuso escribir 2.000 palabras diarias hasta completar 2001: Una odisea del espacio; Bob Dylan escribió Sad Eyed Lady of the Lowlands mientras vivía allí con su primera esposa, Sara Lownds; en la canción que le dedicó Leonard Cohen al mítico establecimiento habla de su affaire con la dama blanca del blues, Janis Joplin, a quien se encontró por primera vez en el ascensor. Sin embargo, el éxito y el fracaso vivían uno al lado del otro en las 12 plantas del edificio. “Todos nos estirábamos hacia el sol, como flores en el prado”, recuerda Scopin.

En la azotea, Chancy Déveureaux, una de las residentes más tristes del hotel, posó para el fotógrafo vestida por el diseñador Charles James con su icónico Clover Leaf. Considerado el primer couturier estadounidense, murió arruinado en una de las habitaciones del hotel. También fotografió a la artista, vagabunda y activista Vali Myers, quien inspiró a Tennessee Williams para crear el personaje de Carol Cutrere en La caída de Orfeo. Jackie Curtis, una de las superestrellas de Andy Warhol, quedó inmortalizado dejando ver el nombre del icono del pop tatuado en el brazo. Holly Woodlawn, la protagonista del primer verso de Walk on the Wild Side de Lou Reed, tampoco escapó frente al lente.
A la autora de La mujer eunuco, la feminista Germaine Greer —quien por aquellos días brilló con su agudeza intelectual frente a Norman Mailer, representando a la vieja guardia literaria masculina en un famoso debate organizado en el Town Hall de Nueva York— la fotografió en un gesto que intencionadamente parecía justificar la misma opinión que le merecía: “Era una de las personas más desagradables que conocí allí”. No guardaba la misma impresión de Lola, la vecina de la puerta de al lado, que parecía estar siempre esperando a alguien, pero siempre estaba sola. Salía de la habitación dos veces por semana: una para ir al psiquiatra y otra para hacer la compra. Entre aquel variado grupo de retratados también se encontraba Wim Wenders, entonces de paso por Nueva York. Jonas Mekas ocupaba una de las habitaciones más pequeñas, cuya cocina estaba llena de latas redondas de película.
La fotografía se convirtió para Scopin en una herramienta para conocerse mejor. “Al tiempo que me acercaba a los demás, también aprendía a conocerme”, señala el autor. “Era mucho más que una forma de registrar algo o de ganar dinero. Me enseñó a entender mis sentimientos, mis pasiones y, sobre todo, mis miedos. Más tarde, cuando fui fotógrafo profesional, esa búsqueda creativa por descubrir una personalidad se volvió más objetiva. Por eso dejé de tomar fotografías después de 20 años y comencé una nueva vida dibujando y pintando: una aventura audaz y nada fácil, pero, con la perspectiva del tiempo, la correcta”.

En la primavera 1972, el fotógrafo abandonó el Hotel Chelsea. “Nunca antes ni después me he encontrado con un grupo más diverso, más vanidoso y más fantasioso”, escribe en su página web. “La paradoja estaba en que en todos sus esfuerzos por ser únicos, en todos sus intentos de llamar la atención, en todos sus intentos de hacerse famosos, todas esas personas eran sorprendentemente parecidas: se parecían precisamente por su empeño en ser diferentes”.
“Éramos cuidadosos y descuidados a la vez”, apunta Scopin. “Nos acercábamos unos a otros, queríamos sentirnos, y eso desataba una energía enorme: nos moldeaba. Hoy en día no veo nada parecido. Ahora vivimos en circunstancias muy distintas y nuestras preguntas y nuestros miedos son otros”.
Como freelance, el fotógrafo colaboraba con la revista alemana ZEITmagazin, a quienes envió el lote completo de fotografías con el fin de que las conservaran de forma segura en su archivo. No fue así: cuando una década más tarde su autor lo reclamó, había desaparecido. Probablemente alguien lo robó. Finalmente, en 2016, un galerista pudo recuperar las fotografías en Bremen.
Scopin: Chelsea Hotel. Albert Scopin. Kerber Verlag (2026). 176 páginas. 38 euros.
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