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Robyn se pasa al pop tántrico: “La música no es mi terapia, pero sí un modo de generar libertad”

‘Sexistential’, el nuevo álbum de la cantante sueca en ocho años, regresa a su sonido inconfundible, pero introduciendo nuevos temas como la maternidad o las aplicaciones de citas

La cantante sueca Robyn, en un retrato promocional.Casper Sejersen

El nuevo álbum de Robyn suena a Robyn. Podría parecer un reproche, pero es un halago. Sexistential llega ocho años después de Honey (2018) y 16 después del celebradísimo Body Talk (2010). Ocho años de intervalo entre álbumes es un plazo holgado, pero la historia de Robyn, la artista, es siempre la de Robin Miriam Carlsson, la persona, nacida en Estocolmo hace 46 años. Y esa persona fue la que se encontró, en 2020, con la cancelación de parte de su gira debida al parón pandémico. “Me di cuenta de que pasaría tiempo hasta que volviera a lanzar un álbum, porque me metí en otros procesos”, explica por videoconferencia. “Uno fue cambiar de representante. Otro, mudarme de casa. Y empecé a plantearme la idea de ser madre. Mi forma de trabajo cambió. Normalmente suelo acabar mis canciones muy rápido. Y aquí todo era más laxo”.

Las nueve canciones de este trabajo se empezaron a gestar en aquel momento de transición y se concluyeron en 2024 tras un paréntesis de dos años debido al nacimiento del primer hijo de la artista. No son tanto el reflejo de un momento urgente como un ejercicio de reafirmación. Para empezar, porque suponen su regreso al pop tras el homenaje al clubbing de Honey. Really Real, la canción que abre su nuevo disco, tiene aires de vuelta a casa. “En cierto modo, veo este álbum como la continuación de Body Talk, un álbum que debería haber hecho hace diez años, pero en aquel entonces no me interesaba hacer este tipo de canciones”, explica.

En cierto modo, Robyn siempre ha estado buscando su sitio. Debutó como estrella adolescente a principios de los noventa, con un éxito internacional, Show me love (1995), firmado por un todavía novato Max Martin. Pero algo no terminaba de cuajar. Sus dos siguientes álbumes tuvieron una difusión limitada y Robyn tomó una decisión drástica: en 2005 anunció que abandonaba Jive, la discográfica donde también militaban Britney Spears o Backstreet Boys, para fundar su propio sello y lanzar un disco cuyo título, Robyn, apuntalaba su voluntad de empezar de cero. Con ‘With Every Heartbeat’ volvió a las listas mundiales con un sonido renovado: era una canción sin estribillo aparente, con una melodía llena de suspense que se apoyaba en una persistente base arpegiada al estilo de las de Moroder; una elegantísima cápsula de liberación controlada que demostró que detrás del volantazo había una hoja de ruta.

Body Talk (2010), que en realidad agrupaba un ciclo de tres miniálbumes lanzados ese mismo año, redondeó la fórmula. Call your girlfriend, Fembot o la contundente Dancing on my own —elevada a himno millennial por Lena Dunham en Girls—demostraban que la sueca ya no era la pieza discordante en la radiofórmula tardonoventera, sino una artista sorprendente. Algo así como la rara de la pandilla, esa amiga aparentemente excéntrica que, de repente, se salta la cola de Berghain.

Sexistential fue producido en Estocolmo con un equipo de colaboradores cercanos. Incluso Max Martin figura como coautor de la pegadiza ‘Talk To Me’, aunque el nombre predominante en los créditos es el de Klas Ahlund, mano derecha de la artista. Las letras, eso sí, demuestran que estos años no han pasado en vano. El primer single, ‘Dopamine’, llevaba una década en el cajón y se interroga sobre la naturaleza química del amor en la era del biohacking. A su vez, la pista que da título al álbum es un tema autobiográfico: según la nota de prensa, contiene “el primer rap sobre tener rollos de una noche cuando llevas 10 semanas embarazada por fecundación in vitro”. “Bueno, la verdad es que nunca pensé que escribiría sobre este tema”, confiesa Robyn. “Ni hablar, nunca escribiré sobre la maternidad, pensaba. Pero estaba tan sorprendida conmigo misma que me pareció interesante. Porque me di cuenta de que, aunque era algo obvio, también era provocativo. Y se me da bien afrontar retos. Cuando algo intenta controlarme, me empeño en plantarle cara”.

Sorprende que entre estas nueve canciones haya un tema, ‘Blow My Mind’, cuya primera versión apareció en su disco de 2002, poco antes de su ruptura con las multinacionales. Aquella canción sobre el poder transformador del amor ahora está dedicada a su hijo. Y su sonido se ha acelerado con una base de sintetizadores y armonías vocales, frases susurradas y habladas, que no habrían desentonado en la Janet Jackson de los ochenta. “Siempre la he escuchado mucho”, reconoce.

Puede sorprender que lance un álbum con un sonido tan cercano a sus canciones de hace 15 años. “Sé que en la música pop hay todo un relato en torno a reinventarse, a darle la vuelta a todo, pero no es mi caso”, responde. “Lo que yo busco es un lugar tántrico más allá de la reacción inmediata. Es una frecuencia, un estado de ánimo donde me siento libre y con ganas de jugar. Tiene que ver con la combinación de melodía y ritmo, con un sonido que me da ganas de bailar, que me conecta con mi vulnerabilidad y mi dureza al mismo tiempo. Llevo intentando volver a ese lugar desde niña. Eso es lo que hacen los artistas”.

Este álbum envuelve estos contrastes en una maquinaria sonora definida y reconocible. Las melodías tienen una estructura clara, pero con arreglos más oscuros y letras más profundas de lo convencional: una panoplia de sintetizadores y cajas de ritmos que se armonizan en texturas tenebrosas, acolchadas, que extraen oro de los trucos emocionales del techno progresivo. Hasta la voz de Robyn, emotiva y multiplicada en armonías marca de la casa, incide en esos contrastes.

“La idea era volver a escribir canciones pop de forma muy clara, sin rehuir los estribillos. Pero tampoco quería esconder las canciones bajo demasiadas capas”, desarrolla. “Quería que fuese un disco minimalista, porque es una reflexión sobre la dualidad. Los contrastes siempre me han interesado. ‘Dancing On My Own’ es una canción que habla de alguien que está triste pero se pone a bailar. Esa es mi utopía. La música no es mi terapia, pero sí es un modo de recrear la atmósfera perfecta para generar libertad”.

El álbum se cierra con la expansiva ‘Into the Sun’. La precede ‘Light Up’, una radiante canción de amor que parece ir creciendo sin explotar. En el momento exacto en que una producción más convencional habría redoblado la percusión o introducido campanas para la catarsis estéreo del estribillo, el sonido evoluciona hacia intrincadas texturas electrónicas y distorsiones vocales propias del pop japonés. El esquema melódico es el de una balada, pero el sonido es el del motor de un cohete a punto de despegar.

Es ahí, en esa tensión tan especial, donde deja de tener sentido hablar de pop independiente o mainstream. En los últimos años, artistas más jóvenes como Charli XCX, Lorde o Yung Lean han reconocido la influencia de Robyn y han reivindicado su gusto por las texturas sonoras sugerentes y las historias complicadas. Sexistential, desde esa óptica, no presenta un sonido rompedor. Su objetivo no es romper nada, sino elevar las pulsaciones hasta el punto adecuado y mantenerlas ahí el mayor tiempo posible. Ya lo dice ella: lo suyo es el pop tántrico. Por una vez, no solo es lenguaje figurado.

Sexistential

Robyn
Konichiwa / Popstock!

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