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Ta-Nehisi Coates, escritor: “Obama nunca entendió lo profundo que era el racismo en el país que lo eligió”

El autor, voz de la conciencia racial en EE UU, regresa con ‘El mensaje’, un libro de crónicas que reúne sus viajes por Senegal, Carolina del Sur y Palestina. En cada parada, se pregunta cómo el lenguaje vuelve presentable la violencia

El escritor estadounidense Ta-Nehisi Coates, el miércoles pasado en París.SAMUEL ARANDA

Ta-Nehisi Coates (Baltimore, 1975) fue la voz de la conciencia de la era Obama. El escritor y periodista nunca compró la épica de aquellos años: fue crítico con el presidente y puso en duda el mito del progreso racial, recordando que las heridas de la segregación seguían abiertas. En 2015, Entre el mundo y yo lo convirtió en un fenómeno editorial y en un referente intelectual. Hoy su lugar tal vez sea menos incontestable: ya no es no tanto un oráculo cívico como una voz incómoda y discutida. También su periodismo ha cambiado de casa: pasó de ser una firma estelar en The Atlantic a fichar por Vanity Fair a finales de 2025.

En El mensaje (Capitán Swing), Coates vuelve a su registro predilecto: la crónica sobre el terreno y la reflexión a contracorriente como forma de desmentir los relatos oficiales cuando suenan demasiado huecos. El libro reúne tres viajes (Dakar, Carolina del Sur y Palestina) atravesados por una misma pregunta: quién decide qué historia se cuenta, quién queda fuera del foco y cómo el lenguaje vuelve presentable la violencia incluso cuando esta es innegable. En su primer viaje a África, se enfrenta al país imaginado de su infancia. En el sur de EE UU, la censura contra Entre el mundo y yo lo devuelve a las raíces de la segregación. Y, en un viaje de 10 días a Palestina, poco antes del atentado de octubre de 2023 y de la brutal respuesta israelí, observa de cerca la maquinaria del genocidio y el abismo que separa lo que ocurre sobre el terreno de la versión que circula en EE UU.

La edición española, traducida por Paula Zumalacárregui, llega cuando muchas de sus intuiciones sobre la guerra cultural, desechadas en su día como alarmistas, se revelan como lúcidos presagios. Coates respondió a esta entrevista en un café de un rincón discreto de Montmartre, en París, donde pasa largas temporadas desde hace tres años, lejos del “capitalismo exacerbado” de la sociedad de EE UU e integrado en la que llama “la ciudad de todas las diásporas”.

P. El libro reúne sus viajes a tres lugares muy distintos. Es una mezcla de destinos poco evidente. ¿Qué tienen en común?

R. Mi intención era abordar cada lugar haciéndome la misma pregunta: qué relatos nos contamos para entender nuestra identidad. En Senegal, analicé la narrativa de la diáspora negra. En Carolina del Sur, observé cómo se enseña la cuestión racial a los jóvenes de mi país. En Palestina, me fijé en el relato que oculta la dominación y la ocupación. Esto me llevó a concluir que muchas personas de mi ideología subestiman el poder de la cultura, mientras quienes nos critican lo han entendido muy bien. El arte es político y puede promover el cambio, si se sabe contar la historia con precisión y belleza.

P. En las primeras páginas, escribe sobre cómo, de niño, descubrió “algo antiguo que atraviesa a toda la humanidad, de Stratford-upon-Avon a Baltimore”. Esa idea de humanidad compartida hoy puede sonar un poco ingenua. ¿Qué significa para usted?

R. Descubrí que los personajes de Macbeth y las letras de la literatura de mi juventud, que fue el hip hop, se parecían mucho. Que ese sentimiento de desesperación era humano. La vi en Macbeth y también cuando Biggie [The Notorious B.I.G.] rapea: “Estoy listo para morir”. No habla de una patología específicamente negra, sino de sentirse apaleado por el mundo. En EE UU, a los negros se nos presenta como una excepción, como si no fuéramos del todo humanos, y eso te hace creer que tu experiencia es única. Es mentira: nuestra experiencia es una ventana a esa identidad común. Cada cual mira desde su ventana, pero todos vivimos en el mismo edificio.

P. No fue a África hasta 2022. ¿Por qué tardó tanto?

R. Porque África pesa. Para un negro estadounidense, no puede ser un simple viaje que haces durante las vacaciones, porque ahí se proyectan todos los mitos. Creces pensando que toda la población surgida de la diáspora comparte un vínculo derivado de la colonización y la esclavitud. Llegar allí y que no haya nada es un pensamiento aterrador. ¿Y si no tienes nada en común con ese lugar? ¿Quién eres entonces? ¿Tu identidad deja de tener cimientos? Lo sentí nada más llegar. Ese momento en que el avión desciende, observas el paisaje y dices: “Oh, mierda”. Se acabaron los mitos. Se acabaron las historias. Ahora veremos cuál es la verdad.

P. Sobre el poder de los relatos, escribe en el libro que “los redentores de nuestro tiempo” ven su reino asediado por “Barbies trans y mutantes musulmanes”. ¿Por qué sus adversarios tienen esa obsesión por las representaciones?

R. Porque hay un sector de Estados Unidos cuya identidad es puramente negativa: no se define por lo que es, sino por lo que no es. Para existir, necesita un enemigo. Necesita una guerra permanente, algo contra lo que medirse, para que su vida tenga sentido. Durante mucho tiempo se usó a los negros para ese papel. Pero, por muchas razones, cada vez es más difícil convertir a la gente negra en blanco automático de esa guerra. Por eso amplían el campo: buscan otros cuerpos, otras identidades, otras minorías a las que colocar en el lugar del “otro”. En el fondo, cualquiera puede convertirse en negro.

P. Vemos un cambio en el imaginario de lo afroamericano, de los estereotipos racistas de la mammy y el sambo a Black Panther, que tiñen sus representaciones de orgullo y poder. Usted ha participado en ese giro, guionizando algunos cómics del superhéroe negro.

R. Me parece importante. Viene a decir que no somos vuestras mascotas por ser negros. Por eso participé en los cómics de Black Panther. En realidad, ante todo lo hice porque me encantan los cómics, pero también porque, a veces, estas representaciones nuevas pueden pesar más que un argumento teórico.

“Mi país está aprendiendo que EE UU no es moralmente especial y que somos capaces de hacer cualquier cosa, por terrible que sea”

P. ¿Qué pasó con el Superman negro que preparaba con J. J. Abrams?

R. Escribí varias versiones del guion. Al final no lo quisieron. Me hicieron saber que era demasiado woke, sea lo que sea que eso signifique. Lo irónico es que no fui yo quien propuso un Superman negro: me lo pidieron ellos. Es extraño que te inviten a hacer algo y luego te acusen a ti de ser el woke de turno. Pero no pasa nada; seguiré escribiendo libros.

P. Es sintomático de un paso atrás en la cultura pop: desde la victoria de Trump, estudios y plataformas ya no quieren que haya tantos personajes negros, LGTBI o de otras minorías.

R. Es que nunca debimos contar con ellos ni confiar en ellos. Si puedes sacarles dinero mientras dure, hazlo. Pero esos estudios no están comprometidos con una voluntad política de cambio. Si acaso, su voluntad es mantener las cosas tal como están.

P. Ante la crisis en EE UU, ¿qué está aprendiendo un país que, en apenas un año, ha pasado del “no se atreverá” a asistir a una deriva prefascista?

R. Espero que aprendamos que somos capaces de lo peor, que EE UU no es moralmente especial y que somos capaces de hacer cualquier cosa, por terrible que sea. Es el fin del mito del excepcionalismo estadounidense, que nos hacía creer que las cosas que ocurrían fuera no podían ocurrir aquí.

P. ¿Qué capacidad de resistencia ve? ¿Despertará el pueblo estadounidense, como hemos visto en las primeras grandes protestas contra el ICE?

R. No lo sé. La gente está luchando y resistiendo, y es hermoso verlo, pero no sé cuál será el resultado.

P. No suena muy optimista.

R. En EE UU cuesta mucho recortar el poder de las instituciones supuestamente encargadas de garantizar la seguridad pública. Y también es una cuestión de voluntad: el otro lado suele ser más decidido y constante. No sé si las elecciones a mitad de mandato van a cambiar algo.

“Hay que aceptar que en los huesos de nuestro país se encuentra la supremacía blanca. Negarlo es como cuando un alcohólico dice que ha dejado de serlo porque lleva meses sin beberse una copa”

P. Sobre la censura de su libro Entre el mundo y yo en lugares como Colorado, Tennessee o Carolina del Sur, escribe: “Me siento arrancado del presente y arrojado a una era de linchamientos y quema de libros”. ¿Ya estamos ahí?

R. Bueno, están matando a gente en plena calle. No me gusta fardar, pero lo vi venir hace años y me dijeron que era demasiado alarmista. Pero esto es coherente con lo que Estados Unidos es como nación. Si aceptas que en los huesos de nuestro país se encuentra la supremacía blanca —y eso no significa que tenga que ser así para siempre, pero sí que es una fuerza histórica muy poderosa—, negarlo es como cuando un alcohólico insiste en que ha dejado de serlo porque lleva meses sin beberse una copa.

P. Una década después de que Barack Obama dejara la Casa Blanca, ¿cómo ha evolucionado su opinión sobre sus dos mandatos?

R. Mi juicio es más severo. Creo que nunca entendió el país que lo eligió presidente. Sobre todo, no entendió lo profundo que es el racismo. Él ve a muchos blancos como veía a sus abuelos: como buena gente. Y, por supuesto, la hay. Pero también existe un segmento muy agresivo, dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de preservar la jerarquía y la supremacía blancas. Y esa gente no desaparece así como así.

P. Recuerdo su entrevista con Obama en 2016: le decía que, por su identidad mixta y su cosmopolitismo, su experiencia personal del racismo era distinta a la de la mayoría de los negros.

R. Es completamente distinta. Por ejemplo, dudo que él imaginara que en 2026 un presidente estadounidense difundiría un dibujo de él y de su esposa con cuerpos de simios. No lo habría creído en 2016. Algunos, en cambio, sabíamos que eso podía pasar.

P. En su día se dijo que su moderación era una estrategia de supervivencia: si era más agresivo en asuntos raciales o de política social, una reacción furibunda haría el país ingobernable.

R. Lo que no entendieron es que esa reacción siempre te alcanza, seas moderado o radical: te odian por lo que eres y no hay escapatoria. Pero puedes ser el negro más impecable, más de clase media, más “americano”, y te seguirán odiando. Y ese odio es clave para entender lo que ha pasado en la última década. No habría Trump sin Obama. Que fuera negro fue lo que más pesó, aunque luego lo disimularan con explicaciones económicas o sobre la clase trabajadora.

P. ¿Qué aprendió durante su viaje a Palestina?

R. Aprendí que EE UU financia y sostiene activamente un sistema de apartheid. Que esa ocupación es, en gran medida, nuestra. Y me irrita que se pretenda esquivar ese hecho con palabras, con eufemismos. Me enfada que gente que se dice liberal y defensora de la igualdad mienta así. Eso provocó una ruptura con parte de mi profesión. Me formé como periodista de la prensa generalista y creí en sus herramientas. Pero cuando ves a colegas cocinando el relato ya no discutes solo ideas, sino un método basado en la falta de honestidad. Pienso mucho en esta historia: en 2015, el corresponsal de The New York Times en Jerusalén vivía en una casa que había pertenecido a una mujer palestina expulsada. Un día la invitó a volver, la fotografió dentro, escribió un artículo al respecto y le dijo gracias y adiós. Tío, vives en la jodida casa de esa mujer. Es impactante.

“No habría Trump sin Obama. Que fuera negro fue lo que más pesó, aunque luego lo disimularan con explicaciones económicas o sobre la clase trabajadora”

P. Habla de cómo sus colegas, que también eran amigos suyos, describían el sionismo como una empresa noble, pero nunca veían sus efectos en las víctimas. Tal vez porque nunca habían sido víctimas de nada.

R. El sistema se sustenta en cierto grado de inhumanidad: la víctima siempre tiene que ser casi un animal para ti. En eso se basa la mirada colonial, que sigue vigente.

P. Lo llamativo es que los estragos del sionismo se conocían en Occidente desde hace décadas. ¿Hubo una ceguera voluntaria?

R. Sí. A mucha gente le cuesta aceptarlo porque el apoyo a Israel es profundamente incoherente con lo que EE UU dice ser. Aunque quizá sea, en realidad, plenamente coherente con lo que somos…

P. Lo mismo vale para Europa…

R. Por supuesto. Me centro en Estados Unidos porque es mi vergüenza particular, pero esa contradicción es compartida: proclamarse bastión de la libertad y la democracia y, al mismo tiempo, sostener algo como lo que está sucediendo en Israel o ir por el mundo derribando gobiernos...

P. Cita una frase de Menajem Begin, dirigente de las milicias sionistas y futuro primer ministro israelí: “Los judíos no son zulúes. No azotaréis a los judíos en su patria”. ¿Qué revela esa frase?

R. Que el sionismo nace del nacionalismo y el colonialismo europeos, con la ideología y el racismo que le son propios. Y revela algo más: que, como decía, la categoría de “lo negro” como posición de sometimiento puede recaer sobre cualquiera. No necesitas personas negras para producir un otro al que tratar como inferior. Ser negro, en ese sentido, es algo fabricado, algo que se construye.

“En Palestina aprendí que EE UU financia y sostiene un sistema de apartheid. Esa ocupación es, en gran medida, también nuestra”

P. Hacia el final del libro sugiere una idea controvertida: el parentesco conceptual entre el sionismo y el panafricanismo.

R. Hay una tentación que existe en todos los nacionalismos: la pulsión que los lleva a buscar legitimidad en un pasado épico, en una edad dorada que nos haga especiales. Y ese elemento también puede aparecer en el panafricanismo. Pero hay otras formas de entender el vínculo. Por ejemplo, sentirse ligados no a una grandeza antigua, sino a haber sido convertidos en lo más bajo de lo humano, a haber sido rebajados en el orden del mundo. Eso no significa que exista un dolor especial que resulte esencial en lo que somos; es una idea que rechazo. Es un dolor que surge de una situación histórica. Con todo, muchos intentan borrar la vergüenza —del Holocausto, de la esclavitud— mediante relatos basados en una grandeza antigua.

P. Aun así, sus efectos han sido radicalmente distintos.

P. Por supuesto, hay diferencias. En realidad, los afroamericanos son muy estadounidenses, incluso en sentido fundacional. Ahora bien, también los judíos alemanes eran tan alemanes como cualquiera. No se podía entender Alemania sin ellos. Y, aun así, fueron exterminados. Y creo que ahí también hay una advertencia…

P. En 2014 escribió The Case for Reparations, un ensayo en The Atlantic que defendía que EE UU debería reparar, mediante políticas y compensaciones económicas, el daño causado a los afroamericanos por la esclavitud y por décadas de discriminación. ¿Las sigue defendiendo hoy?

R. Sí, e incluso en un sentido más amplio. La vinculo al daño que EE UU ha hecho en el mundo y, más allá, al daño de todo Occidente. Pienso en el Congo y en lo que hizo Bélgica; en lo que Francia extrajo de Haití; en lo que sucedió en Irán o en Guatemala... Occidente ha causado muchísimo dolor en todas partes. La esclavitud y las leyes de Jim Crow ocupan un lugar singular, pero no son casos únicos en la historia de la explotación. Si abrir esa puerta implica otras reclamaciones, que se abra. Europa, por ejemplo, vive hoy la migración como una amenaza. Recordemos cuáles fueron las políticas de las potencias europeas en los países de origen de esos migrantes. Todos sabemos que no se limitaron a regalar comida y curar enfermedades. Europa se construyó sobre el expolio. No olvidemos que quienes llegan hoy forman parte de esa historia.

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