La escondida senda de Louis Couperin
El clavecinista Jean Rondeau bucea con mesura en la música del compositor francés, un territorio aún prácticamente ignoto para muchos aficionados

En el libro quinto del tercer volumen de su Essai sur la musique ancienne et moderne (1780), Jean-Benjamin de Laborde, tras un extenso recorrido por la Antigüedad y por la música italiana, dedica el octavo capítulo a los compositores franceses. En la página 408, escribe que “tres hermanos, Louis, François y Charles Couperin, nacidos en Chaume[s], una pequeña localidad de Brie, son los antepasados de aquellos de quienes vamos a hablar”. Poco más adelante se refiere a Charles, el benjamín: “tocaba el órgano de manera superior, y murió en 1669, dejando un hijo de un año de edad, François Couperin, apodado el Grande por su manera de tocar el órgano y por su facilidad para componer piezas encantadoras, que son conocidas por todos”. Tras detallar sus puestos y sus méritos, la saga continúa: “Murió en 1733, a los sesenta y cinco años, dejando dos hijas que destacaban en el órgano y el clave. La mayor se llamaba Marie-Anne y se hizo religiosa en la abadía de Maubuisson; la pequeña, llamada Marguerite-Antoinette, tuvo a su cargo el clave en la música de cámara del Rey, un puesto que, hasta ella, había sido desempeñado únicamente por hombres”. Aún queda espacio poco después para su primo segundo, Armand-Louis Couperin, un nuevo compositor de mérito. Curiosamente, otra importante estirpe de músicos franceses coetáneos, los Forqueray, eran también originarios de Chaumes-en-Brie.
Por aquel primer Louis mencionado, sin embargo, Laborde pasa casi de puntillas: “famoso por su destreza, obtuvo un puesto como organista del rey, y se creó para él un puesto de violista. Murió hacia 1665 [recte 1661], dejando manuscritas tres suites de piezas para clave muy apreciadas”. Mucho tiempo después, cuando Julien Tiersot publicó en 1926 Les Couperin, las cosas no habían cambiado mucho. Tras una visita al “país de los Couperin”, la meseta de la Brie, al sureste de París, donde también se hallaba la famosa residencia campestre de Pauline Viardot (en Vaudoy-en-Brie), Tiersot despacha a los “primeros Couperin” en una veintena de páginas, mientras que se explaya en solitario sobre “Couperin le grand” a lo largo de casi un centenar. De su tío Louis cuenta los pocos datos entonces conocidos sobre su biografía, como su temprana muerte a los 35 años (lo que lo hermana con Mozart), pero apenas dedica espacio a su música, aún tristemente arrumbada. Al contrario que Gustav Mahler, Louis Couperin no debió de escribir ni pronunciar nunca aquella frase autoprofética de “Mi tiempo llegará”, pero medio siglo después de la publicación del estudio pionero de Tiersot vería la luz en Ginebra en 1977 un facsímil del llamado Manuscrito Bauyn, conservado en la Biblioteca Nacional de Francia, la fuente fundamental e insoslayable para poder acceder a buena parte de su música. La edición de referencia de sus obras para clave, a cargo del clavecinista británico Davitt Moroney, se demoraría aún ocho años más y su propia grabación para Harmonia Mundi despertaría el asombro de quienes, con los oídos bien abiertos, supieron percibir la grandeza de esta música, un tesoro semienterrado durante más de dos siglos. Las piezas para órgano tardarían aún más en aflorar: Guy Oldham las publicó en 2003, décadas después de dar con ellas por casualidad en un manuscrito que había comprado en Londres en 1957.
Con estos antecedentes, la integral que acaba de publicar el sello Erato, presagiada el pasado verano en siete conciertos monográficos del Festival de Utrecht, supone el culmen de esta accidentada resurrección. Contiene seis discos más que la de Davitt Moroney y trasciende con mucho las selecciones —más o menos extensas— de otros clavecinistas que han sucumbido a la grandeza de Louis Couperin, como Gustav Leonhardt (siempre a la cabeza), Christopher Hogwood, Blandine Verlet, Christophe Rousset, Trevor Pinnock, Skip Sempé o Rinaldo Alessandrini.
Su artífice, Jean Rondeau, no sólo agota todo el territorio conocido, sino que lo amplía con música de sus contemporáneos, desde el descubridor y principal valedor del primer Couperin auténticamente “grande”, Jacques Champion de Chambonnières, hasta sus propios familiares u otros compositores cuyo estilo es inequívocamente afín al suyo, como Johann Jakob Froberger, Jean Henry d’Anglebert o Ennemond Gaultier, cuyo Tombeau de Mézengeau dispara la temperatura emocional en el primer disco y vuelve a sonar mediado el cuarto en una transcripción para viola da gamba y órgano realizada y tocada por Robin Pharo, amigo y compañero de Rondeau en el cuarteto Nevermind. Y es que aquí se explora también cómo pudo sonar su música interpretada por instrumentos de cuerda y de viento, o con voces, además de no dolerle prendas de volver sobre una misma pieza, como sucede con una de las cimas del arte de Louis Couperin, su Tombeau de Mr. de Blancrocher, que suena hasta tres veces, dos al clave y una con el Ricercar Consort de Philippe Pierlot, o con su única Pavanne, que escuchamos por cuadruplicado en diferentes discos, aunque nunca hay dos que suenen iguales.
Rondeau, por tanto, no sólo interpreta esta integral enriquecida con compositores y colegas invitados, sino que también la comisaría, como una suerte de gran exposición sonora dispuesta en 10 salas (tantas como discos contiene el álbum) en la que se presenta el fresco íntimo de toda una época con un pintor central y donde se ha cuidado al milímetro no sólo su contenido, sino también el itinerario a lo largo del cual van contemplándose los cuadros, que uno imagina pintados por Georges de la Tour o —traspasando levemente fronteras— Johannes Vermeer. Dado el aspecto eremítico —o profético— de Rondeau, su austeridad en el vestir, el mimo con que aborda los silencios y el indudable carácter religioso de buena parte de la música organística, también podrían tenerse estas doce horas de música por una suerte de guía espiritual (Louis Couperin y Miguel de Molinos fueron estrictos contemporáneos y nacieron con tan solo dos años de diferencia) que nos encamina hacia una escucha especialmente atenta, concentrada, recogida y, a poder ser, en penumbra.
Si los famosos préludes non mesurés (sin barras de compás y con larguísimas ligaduras que dibujan un ir y venir constante de delicadas e imprevisibles oleadas de notas) sitúan a su intérprete frente a un escenario de insólita libertad, las chaconnes y passacailles lo convierten en un filósofo del eterno retorno y los tombeaux —que clausuran estratégicamente ocho de los diez discos— lo invitan a pronunciar un breve y sentido sermón fúnebre. Para quien quiera huir del ruido y el vocerío de ahí fuera durante doce venturosas horas, he aquí la escondida senda.

Louis Couperin: The Complete Works
Erato. 10 CD.
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