Julio Iglesias y la risa como pacto de silencio
El cantante, denunciado por agresión sexual y trata de seres humanos, no es solo el pasado. Es el ensayo general de un presente donde la masculinidad depredadora vuelve como propuesta política, en forma de venganza


Hay una figura que atraviesa siglos de historia española: el señor en su hacienda. El que tiene derecho de acceso a los cuerpos que trabajan su tierra, el conquistador en su paraíso de cocoteros, el patrón que llama a la habitación. Creíamos que había muerto, pero solo se había mudado al Caribe. Hay una España que se contaba a sí misma a través de Julio Iglesias. El éxito, el Rolls Royce color madreperla, las mujeres como parte del inventario del triunfo y de esa historia que nos fascinó durante décadas. Ahora sabemos que ese relato tenía un reverso: una habitación, una jefa que facilitaba, un cuerpo joven que no podía decir no. No eran dos Españas. Era la misma, solo que unos la vivíamos como comedia y otras como terror cotidiano.
Esta semana, dos exempleadas de las mansiones de Julio Iglesias en el Caribe lo han denunciado por agresión sexual y trata de seres humanos. Una tenía 22 años; él, 77. Nada de esto pertenece a otra época: los hechos ocurrieron en 2021. Mientras esto sucedía hablábamos de vacunas, teletrabajo, reconstrucción. Pero el mismo sistema seguía funcionando con geografía colonial de fondo: hombres blancos poderosos, mujeres jóvenes y vulnerables, aislamiento, silencio, impunidad, espacios donde la ley no llega. Por eso llamar a Julio Iglesias “hombre de su tiempo” es una forma elegante de mirar hacia otro lado: 2021 no es una reliquia moral.
Su entorno lo defiende diciendo que nunca “necesitó” abusar: las mujeres siempre estuvieron “a su disposición”. Ahí está, desnuda, la gramática del viejo mundo, la que parte de una idea profundamente arraigada: que el deseo femenino es un bien que el hombre exitoso obtiene por acumulación. Dinero, fama o poder no serían solo ventajas sociales, sino sustitutos del consentimiento. Desde ese marco mental nunca se contempla que el abuso consiste en convertir ese “acceso” en derecho. El hombre rico no viola porque no le hace falta: tiene al sistema de su parte. Las mujeres son un recurso, como el Rolls, como la mansión. Y la resistencia feroz a ese fin demuestra que esa España no quiere morir. Sigue ahí, defendiéndose. Como Ayuso diciendo que “Madrid jamás contribuirá al desprestigio de los artistas y menos, al del cantante más universal de todos”. Cuando se dice que Julio Iglesias “nunca tuvo necesidad” o cuando se invoca al “cantante más universal de todos”, no se discute un hecho: se blinda un mundo. Defender el “patrimonio cultural” no es una metáfora inocente: es defender el derecho del cazador, el derecho a un acceso sin fricción, a una impunidad convertida en rasgo identitario. La resistencia a esa muerte no demuestra nostalgia, sino algo más inquietante: esa España no ha desaparecido. Sigue ahí, activa, organizada, defendiéndose. Lo que ha cambiado no es el mundo de Julio Iglesias. Es que ahora hay voces que pueden nombrarlo. La ola del MeToo no trajo la muerte de una época, sino el fin de la impunidad.
Llamar a Iglesias “hombre de su tiempo” es una forma elegante de mirar hacia otro lado: 2021 no es una reliquia moral
Julio Iglesias no es solo el pasado. Es el ensayo general de un presente donde la masculinidad depredadora vuelve como propuesta política, en forma de venganza. Cuando el poder masculino se defiende como “natural”, cuando la transgresión se presenta como valentía frente a la corrección moral, lo que está en juego ya no es solo la memoria cultural, sino la forma misma de gobernar. Trump no ganó a pesar de ser un depredador confeso —“Grab them by the pussy”— sino en parte por eso. Ayuso diciendo “las mujeres violadas están en Irán” es el mismo gesto de Trump burlándose de sus acusadoras: la agresión como prueba de autenticidad frente a la hipocresía biempensante. Para un electorado que siente que “lo políticamente correcto” le ha quitado algo, el hombre que puede decir y hacer lo que quiera con las mujeres representa una forma de liberación vicaria. Tanto Trump como Iglesias encarnan el éxito como acumulación: dinero, propiedades, mujeres como trofeo, como indicador de estatus. Y los dos generan esa mezcla de admiración y risa cómplice que neutraliza la crítica. “Es broma”, “así es él”, “es un bravucón pero...”.
Para que el derecho del cazador pudiera reaparecer como autenticidad frente a la hipocresía, primero tuvo que ser normalizado como rasgo cultural, integrado en el paisaje cotidiano, convertido en gracia. Ahí es donde entra Julio no como excepción, sino como manual sentimental de toda una época. Y quizá la pregunta más incómoda aquí no es qué hicieron ellos, sino qué hicimos nosotros. De qué nos reímos. Qué normalizamos mientras nos reíamos viendo cómo besaba a la presentadora en el programa del sábado noche. Porque la risa era el mecanismo de domesticación. El latin lover convertido en personaje cómico se vuelve inofensivo; es solo “Julio siendo Julio”. La gracia desactiva la incomodidad. Cuando besaba mujeres en televisión sin preguntar, cuando decía “me gustan las mujeres como el vino”, la carcajada del público funcionaba como absolución colectiva. No era un depredador, era un seductor. No era acoso, era picardía española. Y esto no era marginal, era el modelo. Estaba en la radio del coche familiar, en el ¡Hola! de la peluquería, en el beso a la presentadora del programa del sábado. Las madres lo admiraban, los padres lo envidiaban. Era aspiracional. Julio Iglesias encarnaba el sueño de movilidad social del franquismo tardío y la Transición: el éxito es tener más. Más dinero, más casas, más coches, más mujeres.
Pero lo que estaba en juego era otra cosa: la idea de que el cuerpo de las mujeres es parte del botín del éxito. Que el “no” de una mujer es un obstáculo a superar con insistencia, encanto o jerarquía, nunca un límite real. Y lo más turbio: que esto era simpático. El “machirulismo” con diminutivo cariñoso. La pregunta que queda es si nos reíamos porque no sabíamos, o porque no queríamos saber. Tal vez la risa fue la forma de mirar sin ver. Fue el pacto de silencio.
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