Ir al contenido
_
_
_
_
trono de juegos
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El arte (extrañamente calmado) de ver a un mono destruyendo el escenario

‘Donkey Kong Bananza’ se convierte en el mejor juego de Switch 2 y en una obra mayor dentro de las aventuras de plataformas

Hay que entenderlo: salen demasiados juegos, son demasiado largos, requieren demasiadas horas de gozo interactivo como para estar al tanto de absolutamente todo lo que llega al mercado. A veces los agujeros se solventan años después y, a veces, pocos días después, como es el caso, porque en la reciente lista de los mejores juegos del año resulta que faltaba un juego que debería haber escalado (nunca mejor dicho) hasta los primeros puestos.

A veces pasa, ya decimos, y es sano entonar el mea culpa porque, si bien los juegos de Nintendo que salían en la lista (Metroid Prime 4 y Mario Kart World) merecen estar entre lo mejor del año por méritos propios, lo cierto es que el mejor juego de la gran N del año (y, por ende, el mejor juego de este primer año de la nueva Switch 2) es sin duda alguna Donkey Kong Bananza, un juego al que quien esto firma ha jugado estas Navidades y que se ha ganado para siempre un puesto entre los grandes plataformas de la historia.

La celebración no es solo jugable, sino también historicista, porque el juego trae de vuelta al mejor Kong después de décadas sin terminar de encontrar su sitio. Aparecido en el ya lejano 1999, Donkey Kong 64 resultó un juegazo solidísimo, que expandía con giros mecánicos, más acción y un estimulante cambio de personajes el patio de juegos en tres dimensiones que había inaugurado Mario 64 tres años antes. Pero, adjudicadas las aventuras tridimensionales a Mario y Link, la saga del mono comenzó un periplo de experimentación en la segunda división de Nintendo que le llevó a jugar con las posibilidades motrices (y musicales) de las que Nintendo siempre ha hecho gala en Donkey Konga (2003) o a volver a las dos dimensiones con Donkey Kong Country Returns (2010) y Donkey Kong Country: Tropical Freeze (2015). Ninguna de las aventuras del simio había cristalizado en un juego mayor comparable al de su aventura de 1999. Hasta ahora.

Bananza es un juego del que hablaremos y al que volveremos durante años. Engañosamente complicado con tanto estímulo visual (oro, bananas, chips, trozos de rocas, enemigos…) a la vez en la pantalla, uno puede dejarse llevar por una comprensible sensación de aturullamiento. Y, sin embargo, bajo esa capa ecléctica late un ritmo zen que, contraintuitivamente, invita a la calma y serena al jugador. La mecánica de destruir los escenarios no es nueva, pero aquí está tan bien integrada, funciona tan bien en cada uno de los magníficos niveles del juego, que no es exagerado decir que alcanza una perfección háptica pocas veces vista en otros juegos. Uno no puede sino rendirse a la propuesta del juego y entregarse a la aventura de llegar, con nuestra pequeña amiga Pauline a cuestas, al centro mismo del planeta.

Haría mal el que se quedara con tanto imput visual, pero haría igual de mal el que pensara que el juego copia las mecánicas de otros juegos visualmente similares. Bananza no imita nada, más allá de adherirse a la fórmula Nintendo de la recolección de objetos dispersos (lunas o estrellas en los Mario, templos en los últimos Zeldas); Bananza crea su propio género y su propia forma de interactuar con su propio mundo. Es más, esa senda cuesta pensar que no sea transitada por futuras entregas de otras franquicias (Kirby, por ejemplo) de la casa. Y el hecho de que la recolección de plátanos no influya, en realidad, para el propósito del juego, reconfigura la dimensión lúdica de Bananza: ya no es un reto numérico que tenemos que superar, sino un goce basado puramente en la exploración de ese mundo vertical que llega hasta el centro del mundo.

Bananza, en suma, es un hallazgo y una excelente noticia para los que buscaban en los juegos una experiencia más calmada entre tanta acción desenfrenada. Un juego que nos ayudara, aunque solo fuera unas horas, a hacernos felices como niños, con una sonrisa de oreja a oreja. Además, es un juego inequívocamente Nintendo, un sello de calidad y ritmo que con los años terminaremos de valorar en su justa medida. En una semana, el lunes 19, será el cacareado blue monday, el día más triste del año, dicen los expertos. Realidad o mercadotecnia, lo cierto es que solo hay que echar un ojo al mundo para sufrir un escalofrío de incertidumbre, y al mercado cultural para ver que ha abrazado sin complejos el consumismo productivo. Benditas sean las obras que, como Bananza, suponen un soplo de calma y se atreven a cometer la imprudencia de intentar hacernos un poco más felices. Falta nos hacen obras así.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Jorge Morla
Redactor de EL PAÍS que desde 2014 ha pasado por Babelia, Cultura o Internacional. Es experto en cultura digital y divulgador en radios, charlas y exposiciones. Licenciado en Periodismo por la Complutense y Máster de EL PAÍS. En 2023 publica ‘El siglo de los videojuegos’, y en 2024 recibe el premio Conetic por su labor como divulgador tecnológico.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_