Esperando a Mr. Marshall en Venezuela
Washington ha tenido opiniones contradictorias que convergen en torno a la necesidad de controlar el trasiego de drogas en el Caribe, castigar a Maduro y acabar con el Cartel de los Soles sin movilizar tropas en el terreno

La súbita movilización de una flota de guerra de Estados Unidos frente a las costas venezolanas ha disparado toda clase de expectativas. “¿Es su meta puro teatro o el cambio de régimen en Venezuela?”, se preguntaba esta semana un artículo de The Economist. Antes de intentar responder conviene recordar que ésta no es la primera vez.
El 1 de abril de 2020, Donald Trump ordenó redoblar la vigilancia estadounidense en el Caribe para controlar el tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Una nota de Reuters, fechada aquel día, describía el objetivo del gobierno estadounidense: “‘El aumento del despliegue naval podría incrementar la presión sobre Maduro y sus aliados, pero no es un preludio de una acción militar de Estados Unidos contra Venezuela’, dijo una persona familiarizada con el asunto”. Otra nota de Reuters del 25 de agosto, pero de este año, resumía el nuevo propósito: “Estados Unidos ha ordenado el envío de barcos adicionales al sur del Caribe como parte del esfuerzo del presidente Trump para enfrentar las amenazas de los cárteles de droga latinoamericanos, dijeron dos fuentes informadas sobre el despliegue el lunes”.
Antes como ahora, el disparador de la movilización naval es idéntico: poner en jaque a Nicolás Maduro para obligarlo a negociar y dejar el poder. En aquel entonces, Juan Guaidó buscaba deponerlo con la ayuda de Trump. Hoy la líder nacional María Corina Machado persigue lo mismo, apoyándose en la misma persona. El déjà vu está más que justificado.
El círculo de Machado
¿Hay alguna diferencia significativa entre un momento y otro? Sí, una: Estados Unidos ha declarado a Maduro cabecilla del llamado Cartel de los Soles, una supuesta organización criminal dirigida por altos mandos militares venezolanos, y Trump autorizó a sus fuerzas armadas a actuar contra ellos y contra organizaciones designadas como terroristas. Esto ha generado un aumento de las tensiones y colocado a Maduro como blanco de una acción directa. Pero, volviendo a The Economist, la pregunta crítica es si esta vez hay algo distinto o será de nuevo “puro teatro”.
Aunque, a diferencia de 2020, tras el fraude del 28 de julio de 2025 Maduro es un líder mucho más impopular, ha perdido aliados y sus recursos son cada vez más limitados, lo cierto es que sigue en Miraflores gracias al apoyo militar. Entonces, lo lógico es que el propósito de cualquier acción —externa o interna— de la oposición liderada por Machado sea socavar ese respaldo y quebrar al régimen. El asunto, sin embargo, no es la intención, sino las posibilidades reales de concretarla. Y en ese sentido las opiniones varían salvajemente.
En el círculo de Machado hay quienes están convencidos de que el despliegue naval es el envión final hacia la liberación de Venezuela. Otros, más cautos, piensan que Trump actuará de manera limitada, usando la amenaza militar como mecanismo de presión pero no de guerra. “Lo que haga Trump no se puede predecir porque él es impredecible. Pero su administración está dispuesta a apoyar la caída de Maduro, excepto por una intervención militar en el terreno. Ayudarán siempre que los venezolanos hagan todo lo que puedan para defenestrar al régimen”, me dijo una de las fuentes consultadas.
El subsecretario de Estado estadounidense, Chris Landau, está más cerca de esta posición que de una solución de fuerza. En una declaración reciente afirmó: “El pueblo venezolano tiene que alzarse y reclamar su libertad. No podemos ir por el mundo cambiando gobiernos a nuestro antojo. (…) La libertad debe ser un logro de la propia gente.” En lo que coinciden ambas visiones es que en Venezuela hay una organización subterránea activa preparándose para una oportunidad.
Entre la esperanza y el escepticismo
Pero entre los comentaristas reina la duda sobre los objetivos y resultados del despliegue naval y el aumento de la presión sobre Maduro. En conversaciones informales de las últimas semanas escuché a varios expertos argumentar que el despliegue militar no busca más que infundir miedo, sin una estrategia de fondo. La oposición de Machado, en ese caso, estaría haciendo un mal cálculo al apostar su futuro a una acción comando o a una invasión que derribe a Maduro y su entorno. Un amigo, bastante calificado para hablar del tema, fue terminante: “Es puro show. Trump odia las ocupaciones de Estados Unidos y poner botas en el terreno. Punto”.
En una entrevista con el periodista César Miguel Rondón, el politólogo Ángel Álvarez sostuvo que la flota representa la fantasía de una solución exprés y repite otros ciclos de inflación de ilusiones de cambio, como los protagonizados por Juan Guaidó en 2019 o Henrique Capriles en 2013.
“Esos dirigentes no pueden plantearse otra estrategia porque los destruye políticamente. No tienen los medios de violencia para hacerlo”, señaló Álvarez. Así entran en la dinámica diabólica de tratar que otros países hagan algo que ellos y sus bases no logran hacer. Sobre María Corina Machado fue lapidario: “Ella no puede hacer más de lo que está haciendo en la clandestinidad. Lo que podría hacer políticamente en el mediano plazo no es derrocar a Maduro porque no tiene los medios de fuerza para hacerlo”.
Álvarez tiene un punto: en momentos clave del último cuarto de siglo, la dirigencia opositora no ha podido —o sabido— aceptar derrotas y fracasos. Una consecuencia ha sido la descomposición periódica de sus cuadros, la apatía de las bases y el desencanto de los votantes. Es como si la negativa a reconocer la derrota los condenara a repetir errores en distintos escenarios. Los líderes que han pasado por este molino han sido castigados por los votantes, como Capriles, o relegados a la irrelevancia, como Guaidó. Aunque Machado y Edmundo González Urrutia gozan aún de legitimidad y popularidad, ambos corren hoy un riesgo semejante si esta apuesta no da el resultado prometido.
Y, sin embargo, la entrada de Estados Unidos abiertamente en el juego político venezolano introduce una potente variable que ofrece la posibilidad de un desenlace distinto al descrito por Álvarez.
Hasta ahora Washington no ha tenido una sola posición, sino una serie de opiniones diversas y contradictorias que convergen en torno a la necesidad de controlar el trasiego de drogas en el Caribe, castigar a Maduro y acabar con el Cartel de los Soles sin movilizar tropas en el terreno. Ese enunciado es un eufemismo para decir “cambio de régimen”. En lo que no hay acuerdo es en cómo lograrlo.
Un escenario es el planteado por Landau: Estados Unidos apoyará una revuelta popular en Venezuela mientras se mantiene a distancia, listo para entrar en caso de una negociación. El problema es el señalado por Álvarez: Machado parece carecer de la fuerza necesaria para iniciar ese levantamiento. Aunque la mayoría de los venezolanos quiere la salida de Maduro, sin una chispa que encienda la pradera, esa mayoría es paja mojada.
El otro escenario fue expuesto por James Story, exembajador de Estados Unidos para Venezuela. El despliegue naval sería una demostración de fuerza contra los narcotraficantes, pero la flota sí tendría capacidad de atacar instalaciones militares en Venezuela y causar gran daño. Ambos escenarios implican una amenaza directa contra el régimen, incluida la posibilidad de extracción o eliminación de Maduro y de otras figuras de la nomenklatura chavista.
La carta Rubio
Y hay que factorizar otro elemento de peso: Marco Rubio. Para el secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, el cambio de régimen en Venezuela es una prioridad del más alto nivel. Su huella en los principales conflictos bélicos de hoy —la guerra en Ucrania y el ataque de Israel a Gaza para destruir a Hamás— ha sido endeble, por no decir inexistente. Rubio necesita éxitos que le den oxígeno para mantener viva su aspiración presidencial. Venezuela es su apuesta más cercana.
También tiene claro que este es el momento de menor resistencia hacia una intervención light, o incluso más dura, en la región. Para entenderlo basta mirar a los defensores de Maduro en el vecindario: Colombia, de nuevo atrapada en la violencia; Brasil, con su propia bronca arancelaria con Estados Unidos; y México, bajo la amenaza de una intervención de su vecino a causa del narcotráfico. Los demás países harán lo que la Casa Blanca y el Departamento de Estado dicten.
Hasta ahora la movilización de la flotilla no parece más que un aspaviento. Pero, en suma, lo que ha hecho Trump es poner una pistola en la mesa para negociar con Maduro su salida del poder. Ante sus gestiones inefectivas en Ucrania y Gaza, podría ver además en Venezuela una súbita ganancia en el patio trasero.
Como contraparte, María Corina Machado ha ofrecido en Fox entrevistas llenas de agradecimiento y elogios hacia Trump, y lanzó un video narrado en inglés invitando a los grandes capitales a invertir en la brillante reconstrucción del país.
La presión sigue subiendo. Ian Bremmer, un observador agudo, advirtió esta semana que, como consecuencia de la escalada, “los ataques militares lucen cada vez más plausibles”. Bremmer insiste en que hay que conectar los puntos. Así no haya una gran intervención, podría esperarse un ataque al estilo del que recibió Irán “y la respuesta de Venezuela sería muy limitada por las enormes asimetrías militares en favor de Estados Unidos”.
Mientras tanto, la milicia de Maduro se prepara para un ataque y en las redes ya circulan memes que muestran a un grupo de sonrientes marines posando en el icónico restaurante El Rey del Pescado Frito, en La Guaira. Pero lo único claro es que resulta tan prematuro dar por terminado el episodio de la flota como celebrar anticipadamente la llegada de Mr. Marshall a la costa venezolana.
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