La oculta pero centenaria historia afroboliviana: de esclavizados por la plata a luchar por el poder
La Unesco destaca una serie de documentos del siglo XVII que revelan el tráfico de africanos para explotar el Cerro Rico como el origen de la comunidad negra en el país


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El Cerro Rico de Potosí llegó a producir el 80 % de la plata del Virreinato del Perú y hasta el 60 % de la producción mundial en algunos periodos de los siglos XVII y XVIII. Las manos indígenas no alcanzaban para extraer los miles de toneladas de mineral que afluían del monte, así que la solución para la Corona española fue traer esclavos africanos mediante el sistema transatlántico instaurado por los portugueses años atrás. Tenían la ventaja, además, de que los nuevos prisioneros ya tenían experiencia en la minería aurífera. Hacia 1630 ya vivían en Potosí —hoy Bolivia— unas 5.000 personas negras provenientes principalmente de Angola, el Congo y Guinea.
En una serie de actas públicas dieciochescas, que la Unesco incluyó recientemente en el programa Memoria del Mundo, queda el registro de las condiciones infrahumanas a las que fueron sometidos los migrantes forzados. Entre ellas, figuran el trabajo en los hornos de fundición de metales que operaban las 24 horas y los siete días de la semana; el uso de grilletes y cepos para limitar la movilidad; tarimas forradas con cuero de carnero que servían como camas; y numerosas frazadas para mitigar el gélido clima andino a más de 4.000 metros de altura, con el que poco estaban familiarizados. Se trata de una serie de 27 manuscritos titulada “Escrituras públicas sobre la trata de esclavos africanos entre Buenos Aires y la Villa Imperial de Potosí” (1635-1636).
Los documentos se conservan en la Casa de la Moneda de Potosí, la misma institución que convertía en dinero circulante la plata producida durante la colonia. El director de la institución, Luis Arancibia, destaca los estudios multidisciplinarios que pueden realizarse a partir de estas actas: “Son una fuente primaria para el análisis de rutas comerciales, redes de intermediación, prácticas notariales, demografía histórica, estudios afrobolivianos o procesos de movilidad forzada”. La historia de la nación afroboliviana, como en el resto de las comunidades negras de la región, tiene un tortuoso origen, pero es minoritaria en comparación con la de los países vecinos —unos 30.000 afrobolivianos frente, por ejemplo, a 815.000 afroecuatorianos—. Sigue siendo, sin embargo, igual de antigua.

El historiador paceño de ascendencia angoleña y makonde, Juan Angola, describe el trabajo de sus antecesores en los hornos donde se fundían las barras de plata y en los ingenios para amalgamar los minerales: “Llegaban a ser hasta 13 trabajadores por hornaza. Tapaban las ventanas con cuero y tenían que trabajar con un candil de vela. No había diferencia entre el día y la noche. Los turnos podían ser de entre 15 y 20 horas”. Los prisioneros recibían raciones diarias de pan y carne de res, y en los feriados se les concedía pescado.
Angola detalla el otro gran trabajo de los esclavos en territorio andino: la limpieza de los minerales en los ingenios. “Hombres y mujeres pisaban y agitaban con los pies la mezcla de mineral molido con mercurio, dañándose los dedos y quedando muchos de ellos mancos por el efecto del metal”. La producción minera se redujo drásticamente en la etapa final de las colonias hispanoamericanas y, hacia el siglo XIX, la población negra se trasladó hacia las haciendas agrícolas de la región al norte de La Paz, conocida como los Yungas. El terreno, transición entre la cordillera altiplánica y los valles subtropicales, se convirtió desde entonces en el refugio y hogar de la comunidad afroboliviana.
Los bosques verdes y nublosos acogen plantaciones de yuca, arroz, plátano y coca, que durante gran parte de la historia de Bolivia fueron propiedad exclusiva de terratenientes. Los hacendados acomodados podían tener hasta 30 personas esclavizadas en cada finca. Con la llegada de la independencia de Bolivia, en 1825, la situación de indígenas y negros —base de la pirámide social— no cambió mucho. “La primera constitución del país de Simón Bolívar ya plantea la abolición de la esclavitud. El artículo, sin embargo, no es claro y lo pone en consideración de los dueños. Claramente, los hacendados no quieren perder su mano de obra, que les ha costado (…) No hubo libertad con la independencia, solo un cambio de posta”.
Años después, en diciembre de 1829, el congreso boliviano determinó por ley que los afrodescendientes esclavizados podían comprar su libertad “al mismo precio de su última venta”. El intento de abolición total llegó recién en 1851, durante el Gobierno de Manuel Isidoro Belzu, considerado el primer presidente popular del país. Faltaría todavía más de una década para que las personas negras consiguieran su libertad en Estados Unidos y más de dos en Brasil. Sin embargo, la realidad de los afrobolivianos poco cambió: fueron lanzados a la libertad sin un sostén económico, por lo que familias negras enteras continuaron haciendo trabajos gratuitos para los terratenientes durante cuatro días a la semana como forma de pago por pequeñas parcelas.

El acceso a la ciudadanía y a una libertad plena llegaría —tanto para los afrodescendientes como para la gran mayoría de los bolivianos— con la Revolución Nacional de 1952. Entre las reformas que replanteó, la agraria transformó jurídicamente a los afrodescendientes en pequeños propietarios de tierras agrícolas con autonomía económica. Aprobada la ley, quedaba trabajar en su inserción cultural y social. La sociedad boliviana, de mayoría indígena, suele mostrarse desconfiada frente a lo que no conoce o no encuentra similar. El abogado, activista y fundador del Consejo Nacional Afroboliviano (Conafro), Juan Carlos Ballivián, recuerda su infancia en la década de 1980, cuando crecía en los Yungas: “Vivíamos congregados entre nosotros para protegernos del racismo y la discriminación. Íbamos al colegio juntos, salíamos de casa juntos, porque el racismo era tremendo y no solo se practicaba con nosotros, sino también con nuestros padres”. La danza —la saya afroboliviana— fue la principal herramienta para hacer visible en Bolivia su herencia negra. Al ritmo de tambores y cuanchas, la saya comenzó a bailarse desde las provincias hasta las capitales.
Para Angola, sin embargo, es momento de que su comunidad avance hacia las esferas políticas: “Hay que sumar esfuerzos para alcanzar el objetivo común: que los afrobolivianos seamos visibilizados, porque el Estado sigue siendo estructuralmente racista, al igual que la sociedad boliviana”. La Constitución de 2009 es la primera que reconoce a la nación afroboliviana como parte del país y la menciona en cuatro artículos; se crearon filiales de Conafro en varias ciudades y miembros de la comunidad ocuparon cargos de diputados y otras instituciones. No obstante, según Angola, no siempre fueron espacios desde los que se intentó reivindicar a los suyos.
Así desarrolla la idea: “La saya, sin duda, se ha convertido en una especie de símbolo para nosotros. La otra cara de la moneda es que ha diluido otros esfuerzos y aportes realizados, como nuestra participación en la independencia. Se ha construido un portavoz mediante voces, cajas y ritmos, pero hoy las exigencias son espacios de poder”.
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