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Comportamiento animal
Opinión

El mono ‘Punch’ y el peligro de humanizar a la fauna silvestre

La antropomorfización puede parecer inofensiva, pero sus efectos trascienden lo mediático; publicitan el comercio ilegal de especies

El bebé macaco japonés llamado Punch junto a un orangután de peluche en el zoológico de Ichikawa, el 19 de febrero.Kim Kyung-Hoon (REUTERS)

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Una cría de macaco japonés del zoológico de Ichikawa abandonada por su madre se convirtió en un fenómeno global en internet. El pequeño primate, bautizado como Punch, ha despertado la ternura de millones de internautas por su carisma y su dependencia de un peluche. Su comportamiento natural y el de sus congéneres, que lo han agredido, ha desatado empatía, ofertas de adopción, xenofobia e indignación en muchos idiomas y países. Las grandes marcas se suman y promocionan su apoyo a “una especie en peligro”. Los medios de comunicación sucumben a la tentación viral y los influenciadores de la manósfera ofrecen comprarlo para sacarlo de su “desdicha”.

Vamos por partes. Muchas opiniones culpan al cautiverio como la causa del abandono materno de Punch, pero este último fenómeno es relativamente común en primates. Las crías de una proporción significativa de madres primíparas de macaco japonés mueren con o sin cuidado maternal, de manera que el abandono, por cruel que parezca, supone una estrategia adaptativa de ahorro de recursos para la supervivencia.

La ira de las redes también se dirige contra los cuidadores, pues no intervienen ante las agresiones que sufre Punch. En vida silvestre, la ausencia del cuidado materno significaría la muerte de la cría, dado que la adopción por parte de otros miembros no es usual. En el caso de Punch, sus cuidadores apuestan por incrementar sus posibilidades de supervivencia, permitiéndole compartir recinto con una tropa de su especie para que pueda tramitar gradualmente su aceptación. Pero ese proceso no es pacífico: en los primates, las agresiones son necesarias para reprender y enseñar a los más jóvenes, establecer jerarquías y territorios, y reafirmar conductas apropiadas. Así las cosas, las interacciones naturales que el público interpreta como crueldad son, en muchos casos, parte del proceso mediante el cual una cría de macaco se integra a su grupo social.

La discusión se desplazó rápidamente hacia la condena moral. No faltan las acusaciones de “esclavitud” contra el zoológico, ni llamados apasionados a “liberar” el individuo en un santuario (es decir, un zoológico más grande) o a devolverlo a la naturaleza. La conservación, si bien tiene un componente social, no se rige por impulsos narrativos sino por fenómenos biológicos. Liberar a un primate sin madre y nacido bajo cuidado humano es mala idea. Un individuo que no ha aprendido de ella ni de su grupo las habilidades necesarias para sobrevivir difícilmente podrá adaptarse a la vida silvestre. Las probabilidades de fracaso, sufrimiento o muerte son altas.

El caso ha derivado en la estigmatización de los centros de manutención de fauna silvestre. Se olvida que zoológicos, acuarios, jardines botánicos y bancos de germoplasma funcionan como una red de seguridad para la biodiversidad, conocida como conservación ex situ. Es decir, una estrategia para proteger especies fuera de su hábitat.

En este contexto los zoológicos modernos, a pesar de sus defectos, desempeñan un papel clave. Cuando una población silvestre se encuentra al borde del colapso, trasladar algunos individuos a entornos controlados puede convertirse en la única alternativa para evitar su desaparición. Lejos de ser simples espacios de exhibición, muchos zoológicos participan en programas científicos de cría coordinada que buscan mantener la diversidad genética y evitar la endogamia. Gracias a estos esfuerzos, especies que llegaron a extinguirse en estado silvestre han podido regresar a la naturaleza. La conservación ex situ, por supuesto, no sustituye la protección de los ecosistemas (conservación in situ), que sigue siendo la prioridad. En muchos casos, estos centros han hecho la diferencia entre perder una especie para siempre o darle una segunda oportunidad.

Dicho lo anterior, el bienestar de los animales bajo cuidado humano es fundamental en cualquier institución que albergue fauna silvestre, especialmente con grupos socialmente complejos e inteligentes como los primates o los cetáceos. En estos casos, no basta con garantizar la supervivencia biológica: es indispensable ofrecer condiciones que permitan el desarrollo de conductas propias de la especie. Si existen carencias, sin duda deben corregirse. Sin embargo, reconocerlas no equivale a concluir que la alternativa sea la adopción humana, la liberación improvisada o la clausura de los zoológicos.

Es casi inevitable comparar al pequeño macaco con un infante humano. Nuestra cercanía evolutiva con los primates, su conducta de apego hacia un peluche y ciertos gestos que interpretamos como ternura activan reflejos emocionales profundamente humanos. Sin embargo, ahí radica precisamente el riesgo: Punch no es un niño, y las dinámicas naturales que observamos —incluidas las agresiones en su contra— son comportamientos normales dentro de su especie.

La antropomorfización de la fauna silvestre puede parecer inofensiva, pero sus efectos trascienden lo anecdótico o mediático. Cuando convertimos a un primate en protagonista de una historia melodramática, reforzamos la idea de que necesita ser “rescatado”, “adoptado” o integrado al mundo humano. Esa construcción emocional, amplificada por la viralización en redes sociales, termina alimentando una percepción equivocada sobre lo que significa manejar animales silvestres. En el fondo, estas historias pueden operar como una forma sutil de publicidad del comercio ilegal de especies. Cada imagen que romantiza la tenencia de un primate como mascota contribuye —aunque no sea esa la intención— a normalizar ese tráfico. La conversación, por tanto, no debería centrarse en humanizar a Punch, sino en comprenderlo como lo que es: un animal silvestre y gregario que debe ser protegido dentro de parámetros científicos y éticos.

La omnipresencia de las redes sociales echó a perder el debate público sobre la fauna. No es la primera vez que profesionales de la conservación, o ambientalistas que piden proteger ecosistemas antes que individuos, se convierten en objeto de ataques de un público enardecido cuya única idea de lo que es un animal se limita a las mascotas. El problema de fondo es que esa conversación se convirtió en un pulso que distribuye poder en una economía de la atención: influenciadores y políticos ganan votos, generan tráfico, monetizan y moldean leyes al canalizar de forma intencionada esa indignación. Más inquietante aún, voces de la manósfera, que ha demostrado ser un peligro para las democracias, alcanzan a nuevas audiencias, fortalecen su influencia y potencian sus redes de desinformación con sus esfuerzos por subirse a esas tendencias virales.

Para una comprensión honesta de lo que es un animal, necesitamos recuperar algo que parece diluirse en la inmediatez digital: la memoria y el conocimiento acumulados sobre la fauna con la que compartimos el planeta. Para lograrlo, hace falta menos mentalidad de rebaño y más criterio propio. Menos consignas automáticas, y más deliberación informada y sensible a la diversidad de actitudes culturales frente a la fauna. Sobre todo, implica recuperar la capacidad de escuchar a las ciencias de la vida que —con todas sus limitaciones— han construido conocimiento paciente y verificable.

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