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Agricultura
Columna

Foco y resultados deben ser la esencia de los organismos internacionales

Enfrentar los múltiples desafíos que amenazan la posición de las Américas como la región clave para alimentar y nutrir al mundo exige un esfuerzo renovado y sostenido

Vista aérea de Río de Janeiro.

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Austeridad, conocimiento, foco, eficacia y resultados traducidos en acciones con impacto en los países. Esas deben ser las orientaciones, ofertas y entregas principales de los organismos internacionales que aspiran a mantenerse relevantes en el tiempo y a incrementar su vigencia a través de la aportación de valor a sus Estados miembros.

Para concretar esos objetivos, es decir, para perdurar y crecer siendo útiles, es necesario asumir como tarea primordial la de convertirse en lugares de encuentro destinados a facilitar la coordinación y los consensos entre los Estados miembros y colaborar activamente —y con base en la ciencia, la innovación y las buenas prácticas—para ayudar a superar problemas comunes y a aprovechar oportunidades. El trabajo debe ofrecer resultados e impactos positivos.

Las áreas de la agricultura y la ganadería, que conectan asuntos vitales como la seguridad alimentaria y nutricional, el desarrollo en la ruralidad, el abastecimiento para nuevas cadenas de valor, la incorporación de nuevas tecnologías y el manejo de los recursos naturales —entre otros—, enfrentan grandes desafíos producto de la coyuntura actual caracterizada por cambios y rupturas en ámbitos como el económico, el sanitario y el geopolítico.

En las próximas décadas será necesario pasar a producir para 10.000 millones de personas, y será necesario hacerlo con dietas diversificadas y nutritivas basadas en sistemas de producción resilientes a los shocks provocados por el estrés ambiental, que a la vez sean eficientes en el manejo de recursos naturales y puedan generar empleos dignos a lo largo de todas las cadenas de valor en las que estén insertos.

En ese sentido, el Hemisferio Occidental, o simplemente las Américas, es el territorio crucial del mundo por su aporte a la seguridad alimentaria global (es la principal región exportadora neta de alimentos), y por sus componentes centrales del ciclo de agua y oxígeno del planeta.

En esta región, nuestra región, los sistemas agroalimentarios y sus áreas rurales son dinámicos y ofrecen oportunidades no solo para los productores agrícolas y sus familias. También brindan un servicio imprescindible a toda la sociedad al generar desarrollo económico, empleos, ayuda para reducir el crimen y las migraciones sin control, y contribuyen con su aporte de alimentos sanos a la paz social y la estabilidad política.

Enfrentar los múltiples desafíos que amenazan la posición de las Américas como la región clave para alimentar y nutrir al mundo exige un esfuerzo renovado y sostenido de ciencia, tecnología e innovación, así como el diseño e implementación de nuevas políticas e instrumentos institucionales y financieros que hagan la diferencia para que agricultores, ganaderos y otros actores de las cadenas de valor sean agentes centrales, partícipes y comprometidos con la implementación a gran escala de las soluciones necesarias.

Un organismo internacional con foco y propósito, como el que me honro en dirigir, debe trabajar con los países, sus Gobiernos, agricultores, ganaderos y el sector privado para ayudar a desarrollar y a irradiar las soluciones tecnológicas, políticas e institucionales necesarias que permitan enfrentar con éxito los desafíos de alimentar a una población creciente, con dietas saludables y sostenibles, al tiempo que se generan inversiones, ingresos y empleo para impulsar la prosperidad en la ruralidad.

Necesitamos más que nunca contribuir a cimentar los pilares de la prosperidad, las oportunidades y la seguridad nacional. El apoyo internacional —ejecutado con capacidad técnica e institucional—a los complejos agropecuarios de los países tiene un papel central para alcanzar esos objetivos.

Nuestro trabajo debe enfocarse en abordar los problemas concretos, contribuyendo a resolverlos con respeto a las decisiones soberanas de los países, sin atribuirse funciones supranacionales ni excediendo mandatos, con un manejo prudente y responsable de los recursos que nos han asignado los países.

Para eso estamos.

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