¿Dónde estamos los afroargentinos?
Desde la invisibilidad mediática, los afrodescendientes en Argentina luchamos por espacio en una sociedad que no se percibe latinoamericana

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Crecí en una familia negra, donde la identidad no era un lujo, sino la raíz que sostenía cada paso. Pero esa raíz no se veía en los medios, ni en los libros que dictan la historia, ni en las mesas donde se decide el mundo. No es que falten voces negras capaces, sino que hay un racismo que se esconde en las sombras, silencioso y firme, como un murmullo que nunca se apaga. Elegí ser periodista para prender la luz en ese silencio, para mostrar que existimos, que no somos un eco perdido, sino un grito urgente que reclama su lugar.
Nunca escuché directamente un “no te contrato por ser negra”. El racismo argentino no grita; susurra, se camufla. Se expresa en patrones que se repiten, en gestos que se naturalizan. En mi caso, ese patrón se presenta de la misma forma: me llaman para hablar de “temas afro”. Como si eso fuera lo único que una periodista negra puede aportar.
Y eso, en el mejor de los casos. Porque muchas veces, cuando un tema de agenda involucra a la población afrodescendiente, algunos medios emiten opiniones erróneas en lugar de convocar a voces afrodescendientes con conocimiento en el tema. Esta práctica no solo perpetúa la desinformación, sino que también refuerza la exclusión de las personas afrodescendientes de los espacios de poder y decisión en los medios de comunicación. Aún se espera que la negritud venga explicada, justificada o limitada a su dolor.
Durante años, fui la única persona afrodescendiente en los lugares donde trabajé. Estar sola en esos ámbitos no me detuvo, pero tampoco fue fácil.

Nombrarme públicamente como afroargentina en una nota como esta es una de las oportunidades más valiosas que me dio el periodismo. Es poder afirmar quién soy y reivindicar que mi voz tiene valor. Imaginar medios, espacios culturales y públicos con mayor presencia afrodescendiente no es solo una cuestión de representación: es visualizar un periodismo y una sociedad más justos y diversos, donde las infancias racializadas puedan verse reflejadas, reconocerse con dignidad y proyectar su futuro con orgullo.
Una historia borrada
En Argentina, la historia y la presencia de la comunidad afrodescendiente e indígena han sido sistemáticamente invisibilizadas. Durante siglos, se sostuvo un discurso hegemónico que presenta al país como una nación predominantemente blanca y de origen europeo, borrando la rica historia y los aportes fundamentales de las comunidades negra y originaria. En este contexto, los medios de comunicación juegan un rol clave tanto en la perpetuación de ese olvido como en los esfuerzos por revertirlo.

Desde los inicios de la prensa escrita hasta la televisión, los afroargentinos han sido, en el mejor de los casos, invisibles y, en el peor, reducidos a estereotipos. El mito del “desaparecimiento” de la población negra, respaldado por narrativas oficiales, consolidó una identidad nacional excluyente y reforzó la invisibilidad mediática. Aunque desde 2010 comenzaron a realizarse esfuerzos por contar con datos más precisos, no fue hasta el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2022 que se preguntó de forma completa sobre la autoidentificación etnorracial en todo el país. Los resultados revelaron que 302.936 personas se autoidentifican como afrodescendientes, lo que representa el 0,7% de la población argentina. Los que se autoidentifican indígenas son 2,9%.
Un espejo distorsionado
La presencia de personas afrodescendientes e indígenas en los contenidos culturales difundidos por los medios tradicionales es extremadamente baja. Estudios sobre representación mediática en América Latina advierten que estas poblaciones aparecen de manera marginal en las narrativas televisivas y culturales, muy por debajo de su peso demográfico y de sus aportes históricos.
Análisis de observatorios de medios de la región indican que las historias vinculadas a personas afrodescendientes representan alrededor del 2,4% de los contenidos televisivos, mientras que las asociadas a pueblos indígenas apenas alcanzan el 1,3%. Esta subrepresentación se inscribe en un marco más amplio de invisibilización y desigualdad estructural, tal como señalan los informes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) sobre las brechas raciales y culturales en la región.

La periodista brasileña Denise Mota lo resumió así: “Enciendes la televisión en Argentina y parece que estás en Dinamarca” (LatAm Journalism Review, 2024). La metáfora no es exagerada. El informe Afrodescendientes y Equidad Racial del Gobierno Nacional (2021) señala que la representación de personas afrodescendientes en los medios es mínima y, cuando aparece, suele estar asociada a temáticas de delincuencia, marginalidad o exotización, lo cual perpetúa estereotipos y refuerza la exclusión simbólica.
Investigaciones académicas en comunicación y representación social, así como diagnósticos elaborados por la Defensoría del Público, coinciden en que esta cobertura refleja una matriz mediática que reproduce privilegios raciales y jerarquías históricas.
Especialistas señalan que la afroargentinidad es sistemáticamente omitida o tratada con estereotipos en radio, televisión y prensa, mientras que los pueblos indígenas rara vez son protagonistas de narrativas culturales o de interés general. Esta ausencia estructural confirma que, más allá de su existencia demográfica, la visibilidad de estas comunidades en la esfera pública sigue siendo un desafío pendiente para los medios.
Iniciativas para revertir el silencio
En los últimos años, en Argentina comenzaron a emerger algunas acciones concretas. Por un lado, la Defensoría del Público impulsó talleres y espacios de formación sobre representación mediática afro. Por otro lado, colectivos como Diafar (Diáspora Africana de la Argentina) desarrollan campañas, charlas y acciones culturales que promueven el reconocimiento y la visibilización de la comunidad afroargentina.
Esto se suma a las marchas multitudinarias que se realizan cada 8 de noviembre, en el marco del Día de los afroargentinos, las afroargentinas y la cultura afro, donde las comunidades afroargentina, afrodescendiente, africana, afrodiaspórica y panafricanista continúan exigiendo acciones concretas contra el racismo y la discriminación racial. Estas movilizaciones no solo reclaman políticas públicas efectivas, sino también una transformación profunda en el campo simbólico y comunicacional, señalando el rol clave de los medios de comunicación en la construcción de sentidos, memorias e identidades, y en la persistencia —o el cuestionamiento— de las jerarquías raciales en la sociedad argentina.
El principal reclamo es la implementación de un cupo laboral específico para personas afrodescendientes, similar al que ya existe en Argentina para personas trans y con discapacidad. La demanda apunta a que al menos el 2% de la planta total del Estado esté integrada por personas de la comunidad afro, como parte de la construcción de un Estado verdaderamente libre de racismo, equitativo e igualitario.
Sin embargo, estos esfuerzos aún chocan contra estructuras mediáticas profundamente racistas.
El avance hacia medios más diversos enfrenta hoy nuevos obstáculos. Bajo el Gobierno de Javier Milei, el achicamiento del Estado y el desfinanciamiento de políticas públicas han marginado las agendas de diversidad, inclusión y derechos humanos. El enfoque libertario-conservador refuerza la homogeneidad del discurso mediático y, en este escenario, las redes sociales han sido una herramienta clave: activistas afroargentinos y colectivos antirracistas utilizan las plataformas para contar historias silenciadas y reclamar representación.
¿Qué pueden hacer los medios?
Para empezar a revertir esta deuda histórica, los medios deberían asumir una responsabilidad activa. Algunas medidas concretas podrían ser convocar activamente a profesionales afrodescendientes a participar en redacciones, columnas de opinión, programas y proyectos; producir contenidos que celebren y difundan la cultura afro y publicar informes periódicos de diversidad, que transparenten el progreso real en representación.
Sin estas transformaciones, seguiremos siendo los fantasmas de una historia que merece contarse, mientras las decisiones editoriales perpetúan un relato incompleto y excluyente.
La historia negra de Argentina no es un pie de página: es parte central del libro. Y está en nuestras manos que no sigan arrancándole capítulos.
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