Un homenaje a la última altomisayoc, la mujer que intermedia con las montañas andinas
María Apaza Machaca cumplió 100 años y es de las pocas que quedan con el grado más alto del sacerdocio andino. Celebrarla es reconocer la infinitud del universo y las diversas formas de vida

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Hace unas semanas, en distintos rincones de los Andes, se celebró el Pachamama Raymi, la fiesta de la tierra. Esta tradición de los pueblos quechua y aymara sigue viva en Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia, donde comunidades enteras realizan rituales y ofrendas para agradecer por las cosechas y los ciclos de la vida. En los últimos tres años, hemos viajado a las montañas del Cusco para explorar este conocimiento y compartir con los Q’eros, considerado el último del linaje inca que permaneció aislado durante siglos.
Allí conocimos a doña María Apaza Machaca, a quien todos llaman con respeto y cariño la mamita María, la última mujer altomisayoc, el grado más alto del sacerdocio andino. La altomisayoc es una intermediaria entre el mundo humano y el espiritual, cuyo poder y sabiduría se fundan en una potente relación con los apus, las montañas tutelares. Este agosto María celebró su centenario, un hito que refuerza el valor de su legado. De ella, de su familia y de su comunidad aprendimos uno de los gestos más profundos de reciprocidad con la tierra: las ofrendas a la pachamama.
Nos demos cuenta o no, como humanidad, necesitamos ritos y actos simbólicos para construir y reafirmar nuestras formas de habitar el mundo y relacionarnos con los demás. Son gestos que, muchas veces, escapan al lenguaje racional, pero que nos acercan a la danza de la existencia y a ese lugar innombrable que nos habita. Como la música, abren canales para vincularnos con los misterios que sostienen la vida. En este camino, los pueblos andinos han sido guías esenciales: con su ejemplo nos enseñan a reconocer, honrar y cuidar una de nuestras relaciones más íntimas y vitales, la que tenemos con la naturaleza.
Escogida desde niña para este camino espiritual, la mamita María atravesó pruebas que sellaron su vínculo con las montañas. En 1943, cuando tenía apenas 16 años y pastaba sus animales en las alturas de Paucartambo (Perú), un rayo la alcanzó en la cabeza. A partir de entonces, inició un proceso de doce ceremonias de karpay o ritos de iniciación que fortalecieron su comunicación con los apus.
Para los pueblos andinos, el rayo no es solo un fenómeno natural: es el dios del fuego que cruza el cielo como un dragón y penetra la tierra como una serpiente luminosa. En los Andes lo llaman Illapa, un guerrero celeste que, al agitar su honda, provoca un estallido de fuego, luz y estruendo. Y al levantar su porra, ordena la lluvia y el granizo. Esa lección, la del fuego y la lluvia, ha acompañado toda la vida a doña María, quien desde niña supo moverse entre el mundo de arriba y el de abajo.
En la profundidad de su mirada y en la suavidad de su sonrisa habitan tres figuras celestiales: Chuqui Illapa, Cutu Illapa e Inti Illapa, una trinidad de fuerza, sonido y electricidad que la acompaña en los días de tormenta en Ausangate y Salkantay, sus montañas tutelares en el Cusco. Allí, entre la nieve y las piedras sagradas, aprendió a hablar con las montañas y a curar con las rocas. El rayo dio origen a los ríos. Por eso, la mamita María tiene la capacidad de comunicarse con las deidades del fuego y el agua. Entre los pueblos collas del lago Titicaca se cuenta que ellos nacieron de la orina del rayo, y los Q’eros siguen integrando sus enseñanzas en su vida cotidiana.
“Corazón contento”, dice la mamita María mientras sopla las hojas de coca y coloca en la misha andina [una superposición de tejidos] alimentos, piedras, flores y vino. Cada uno de estos elementos es ofrecido como regalo a los cerros tutelares, en un despliegue de belleza y poder que es, a la vez, poético y vital. A través de las ofrendas y la lectura de la coca, se torna en un acto jurisdiccional y político, pues la mamita María intermedia con los espíritus protectores para velar por el bienestar del ayllu, la unidad social y organizativa tradicional de las comunidades andinas. Que eviten enfermedades, propicien buenas cosechas y prevengan conflictos.
Con la misma generosidad que guía sus ceremonias, ella ha dedicado años a formar pampamisayok: personas que se preparan para dialogar con la pampa y construir su propio universo. Sus enseñanzas mantienen viva una tradición en la que el conocimiento de la vida se teje, literalmente, sobre una mesa ritual compuesta por tres mantas superpuestas.
El primer tejido, el más grande, es el microcosmos personal, donde se entrelazan presente, pasado y futuro. El segundo, de tamaño intermedio, simboliza la dualidad que equilibra la existencia. Y el tercero, más pequeño, es un rincón especial, casi un escondite para la alegría y la celebración. Allí se colocan las khuyas, piedras recogidas en las pampas que recorren los pampamisayok, cargadas con la memoria y la energía de esos lugares.

A sus cien años, la mamita María sigue irradiando energía y abriendo caminos. Su misión ha traspasado las montañas del Perú para llevar su sabiduría y su mensaje de paz a distintos rincones del mundo. Celebrarla es también honrar la infinitud del universo y las diversas formas de vida que se desarrollan en nuestro planeta. Doña María conversa con la montaña y escucha su voz. Su forma de ver el mundo ha inspirado maneras de vivir más respetuosas, sensibles y recíprocas.
En sus ceremonias ha descendido al Ukupacha, el mundo interior que representa la primera tela de la misha andina, acompañando a las almas humanas y no humanas. Ha recorrido el territorio del puma en el Kaypacha, el plano intermedio donde conviven la noche y el día. Y ha ascendido al Hanakpacha, el plano celeste, para encontrarse con los apus y sus khuyas. En esencia, la mamita es fuego y agua.
Así como en Oriente se reconoce la guía de los lamas, en América Latina celebramos la sabiduría de los altomisayoc, guardianes de un conocimiento ancestral que nos enseña a vivir en reciprocidad con la tierra. Aquí, las perspectivas bioculturales y las propuestas que desde la ciencia buscan poner la vida en el centro encuentran una fuente de inspiración: en gestos rituales que son, a la vez, decisiones éticas. En prácticas que nos llaman a reencontrarnos con lo esencial.
Porque comer, vestirnos y sanar —esos actos cotidianos en los que la mamita María enlaza el cosmos con nuestro universo personal— son la base de nuestra supervivencia. Los damos por seguros, pero dependen del delicado equilibrio entre las distintas especies. Reconocerlo no es solo un ejercicio espiritual, es, sobre todo, un compromiso planetario impostergable.
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