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Gorka Otxoa, actor: “Hay gente que no se aclara ni entiende la ironía de ‘Machos alfa”

El protagonista de una de las series españolas más vistas de Netflix habla de la cuarta temporada y su nueva madurez en pantalla

Gorka Otxoa (Donostia, 47 años) tiene cara de niño bueno. Con ello ha tenido que convivir toda su carrera, desde que con 18 años empezó en la serie diaria en euskera Goenkale. Pero ahora está alejándose de los personajes imberbes de su época de Pagafantas o Vaya semanita. Acaba de interpretar a dos padres televisivos, uno doliente en la misteriosa Desaparecido (con versión en castellano y euskera) y, por supuesto, en Machos alfa, que acaba de estrenar la cuarta temporada en Netflix y ya tiene una quinta rodada que seguirá tocando temas candentes. La serie lo ha llevado a descubrir los caminos de la moderna soltería de Tinder y, este año, las aplicaciones de citas para ser copadres de un bebé. Cuando llega al hotel del centro de Madrid, ciudad donde lleva viviendo 20 años (y que retrata tan auténticamente la serie), el buen rollo en su expresión también se contagia.

Pregunta. ¿Por qué siempre le dan personajes afables, que caen bien?

Respuesta. Me lo dicen mucho. En Desagertuta me escribía mucha gente diciendo que le caía fatal, que era chungo. Mira, por fin.

P. ¿Es un halago que lo busquen para interpretar a tipos agradables?

R. Me considero buen tipo. Creo que lo emito y se empatiza conmigo. Aunque con muchos actores no coincida con la realidad. Pero también me gusta que me llamen para caer mal.

P. Machos alfa marca buenas audiencias en Netflix, pero también hay quien critica sus estereotipos de hombres.

R. No lo entiendo, porque obviamente es totalmente sarcástico. Nadie aplaude a estos personajes. Son cuatro desgraciados, pringados, pero también muy reales, y con los que la gente se identifica. Todos tenemos algo de los cuatro. Se trata de ponerlos en la mesa y que el público se vea en el espejo y planteen: “¿Cómo pueden actuar así?”. No es a favor de ellos, ni son ejemplo. Son perdedores, y las vencedoras suelen ser ellas. Pero hay gente que no se aclara, que no entiende la ironía. Damos la vuelta a lo que contamos y creo que es superacertado. Los hermanos Caballero tienen una facilidad brutal para desangrar la realidad social.

P. ¿Es difícil hacer ese humor asentado en la realidad en un mundo polarizado?

R. Vamos a peor en eso, pero yo esperaba más críticas desde ambos extremos. Me parece un milagro lo mínimo que es. A la gente muy machista y derechosa le flipa la serie. Y asociaciones feministas nos dicen que la usan en sus talleres de ejemplo. Hay otros que se descojonarán, y que quizás ni habían oído la palabra micromachismo. Se les quedará, lo hablarán con sus colegas… y en la pareja se pegan codazos diciendo: “Tú también lo haces”. Eso es la leche, un logro. Si además de divertir, aprenden la deconstrucción de la masculinidad tóxica, metemos un golazo.

P. ¿Por qué cree que gusta a ambos espectros?

R. Porque no es un panfleto. Los Caballero no quieren hacer un alegato, sino plasmar los personajes, con dudas y cagadas, desde un lugar neutro. La comedia es un canal muy interesante para hablar de cosas serias. Luego hay muchas lecturas según lo que opinas. Y es un tema universal. En Latinoamérica también se vuelven locos con Machos alfa. La comedia, si está bien escrita, viaja bien. Los primeros que me reconocieron por la serie fue en Panamá.

P. ¿Usted ha aprendido con la serie?

R. Estoy aprendiendo mucho. Descubrí gente muy peligrosa cuando hablamos del fenómeno incel, representado en mi personaje. Nos adelantamos a Adolescencia. También de los clubs de pajilleros heterosexuales. Y muchos tipos de relaciones y familias que ahora podemos trasladar. Va pegadísima a la actualidad, usamos incluso leyes y debates en los medios. Este año sumamos los campamentos de virilidad, y flipamos al ver el vídeo real. La realidad supera a la ficción.

P. Cuando descubrió los incel, ¿qué pensó?

R. Que hay parte de la sociedad que está muy mal de la cabeza. Y las redes ayudan. Se creen que la vida es esa, y no es una broma. Es muy peligroso. Su concepto de la mujer es terrible, y todas las mierdas mentales que cargan contra ellas. El machismo es una de las cosas que más mata, mueren asesinadas decenas de mujeres en nombre de la superioridad machista. Muchas lo viven en su rutina, y hablar de eso está bien.

P. ¿Cómo lo ve en las nuevas generaciones?

R. Es preocupante. La extrema derecha polariza al maltratar a la mujer, al inmigrante, al pobre… y las redes sociales y bots lo acrecientan. Mucha gente se maleduca con ese tipo de gentuza, de líderes en las redes que son un peligro.

P. Al hacer de padre, trabaja con actores jóvenes. ¿Es distinto ahora empezar?

R. Ves actores instagrameros. Yo estoy ahí porque hay que estar. Cuento viajes y algo de curro, pero me cuesta. Y sigo muy activo en Twitter, retuiteando y expandiendo cosas que no salen en los medios. Lo uso de oasis de información. Yo empecé con 18 años en Goenkale, y pienso: ¿Cómo me citaban para un rodaje sin el móvil? Me dejaban una nota los aitas y ya. Es otro mundo.

P. ¿Cómo vivió esos inicios en Goenkale?

R. Era un fenómeno social. En zonas vascoparlantes tenía hasta un 40% de audiencia. La repetían tres veces, y era la segunda serie más longeva de toda Europa. Yo hacía bailes vascos desde txiki, y bailaba en bodas el aurresku. De repente, me empezaban a mirar más a mí que a los novios porque me reconocían. Fue la escuela total, porque en una serie diaria hay que resolver a toda leche y ponerse las pilas. Mientras, me sacaba la carrera de psicología, donde conocí a muchos colegas, el pincho de tortilla estaba muy rico y me pegué buenas partidas de mus. Pero sobre todo me sirve mucho para mi curro y la vida.

P. Y luego llegó Vaya semanita, con la que explotó.

R. Lo veía todo el mundo. Nunca se había hecho humor así político y social en Euskadi. Los programas de zapping los hacían al 70% con nuestros sketches y se veían en toda España. Compitiendo con Cuéntame y Gran Hermano hacíamos un 40% de audiencia. Se juntaban en sociedad para verlo, se hablaba en el trabajo al día siguiente, se disfrazaban del Pelanas… Desde entonces salgo poco, que te reconozcan es lo que menos me gusta del curro, pero es el precio. Y fue muy loco. Fue un regalo. Pero soy de relativizar los éxitos y fracasos.

P. Porque luego llegó a Madrid y fracasó la adaptación en Made in China ¿Por qué no se pudo trasladar a toda España?

R. He tenido varios fracasos estrepitosos. Este, Saturday Night Live… Hay tantos factores… Nunca puedes pensar que es por ti, soy un tornillo de la maquinaria.

P. ¿Hoy es más difícil replicar el tono de Vaya semanita?

R. Se puede hablar, pero hay consecuencias. Con Vaya semanita hoy tendríamos muchas denuncias en la Audiencia Nacional, boicots… en eso hemos retrocedido décadas. Hay muchos cómicos y cantantes con denuncias de la ultraderecha. Y es terrible que por un chiste te denuncien. Mucha gente acaba autocensurándose, y claudicamos. La comedia te puede gustar o no, pero no puede censurarse, porque acaba siendo solo comedia blanca y absurda, nada transgresora, ni macarra. Se deben poder decir barbaridades.

P. Ustedes se atrevieron.

R. ETA estaba activa y hacíamos chistes del impuesto revolucionario y atentados. Vino desde Otegi a gente del PP, que pidieron en el Parlamento vasco explicaciones de por qué ETB nos dejó marchar. En esa sociedad polarizada, también conseguimos gustar a todo el mundo. Otro milagro en un momento muy duro. Ahora es impensable incluso si el PP habla más de ETA que nunca, es el comodín.

P. ¿Machos alfa lo veías como éxito seguro?

R. No ha habido una serie así, pero ya en los guiones vi que era una maravilla. Viendo los primeros cuatro, vi un pelotazo. La promoción de un monstruo como Netflix ayudó, y la química entre los cuatro. Parecíamos colegas. Yo hay curros míos que nunca los veo, y esta la veo varias veces.

P. En Cuestión de sexo también se trataban los problemas de las relaciones modernas, ¿cómo han cambiado en 17 años?

R. Hay muchos más tipos de relaciones, y se pone foco a la salud mental. Además, todo ha cambiado con las aplicaciones. Entonces era de frikis, y lo anormal hoy es lo contrario. Pero la base sigue siendo igual: celos, relaciones tóxicas (un término que ni existía)… Vamos aprendiendo, pero siempre habrá problemas. Yo por suerte llevo mucho con mi novia, y mi manera de ligar seguía siendo el bar.

P. ¿Y se mantiene el tópico de que, como decía Lendakaris Muertos, el problema vasco es que en Euskadi “no se folla”?

R. Como todos los tópicos, tiene algo de real, aunque se exagere. No somos tan cercanos o fogosos, y nos cuesta mezclarnos fuera de la cuadrilla. Luego hay madrileños que me dicen que, cuando van, ligan mogollón. Quizás son exóticos. Nuestro carácter no es abierto, y cuesta más entrar, pero entras para siempre. Es verdad que cuando llegué a Madrid... No era Sodoma y Gomorra, pero al conocer a más grupitos de gente, ligas más. Tu mundo allí es cerrado. En Bilbao entre semana no había ni dios, como mostraba Pagafantas. Y ahora en Donosti solo salen guiris.

P. ¿Y por qué existe la mitificación del vasco icono sexual al estilo de Jacob Elordi?

R. El pendiente, el flequillo… los tópicos se mantienen. Pero hay un Kortajarena entre un millón.

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Sobre la firma

Eneko Ruiz Jiménez
Se ha pasado años capeando fuegos en el equipo de redes sociales de EL PAÍS y ahora se dedica a hablar de cine, series, cómics y lo que se le ponga por medio desde la sección de Cultura. No sabe montar en bicicleta.
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