Los buenos amigos de Julio Iglesias
Ahora descubrimos que lo oscuro y lo chungo estaba en las melodías banales del sonido Costa Fleming


Cuando Julio Iglesias remató su comunicado confesando que nunca había sentido tanto odio parecía aludir a las mujeres denunciantes o a los comentarios desatados en la opinión pública por la noticia de sus presuntos abusos sexuales, pero a mí me gusta pensar que se refería a las defensas de sus amigos en la tele. Yo, desde luego, hacía tiempo que no veía tanto odio en figuras como Ramón Arcusa, Isabel Díaz Ayuso o Ana Obregón, e incluso en astros muy menores del firmamento rancio-melódico, como José Manuel Soto. Vaya adalides que le han salido a Julio. Qué atrocidades sobre violaciones, consentimientos y ellas-sabían-a-lo-que-iban.
Ramón Arcusa expresó su defensa en modo tertuliano, con clichés de opinólogo tajante como “guste o no”: si te violan una vez y vuelves a que te violen una semana tras otra, eso ya no es violación, sino “una relación”. Guste o no, dijo, y no aclaró a quién ha de gustarle, si a los espectadores o a las denunciantes.
Menos mal que Julio Iglesias va a tener un proceso judicial con garantías, con fiscales, abogados, pruebas y posibilidades de recurso, porque si su inocencia dependiese solo de sus amigos y admiradores, podía darse ya por muerto y enterrado. Qué manera de despedazarlo y de arrastrar sus despojos por el barro. Quién iba a decir que los cantantes melódicos, tan profesionales del eufemismo, del ripio, de la inanidad poética y del estribillo pegadizo y blandurrio, podían soltar tantas burradas cuando hablan en prosa ante una cámara y sin guion.
Yo me crie con rock ratonero y tonadas punkis de La Polla Records. Aunque me tocó una versión ya muy domesticada y socialdemócrata de aquello, el mundo adulto seguía fingiendo que se escandalizaba por el mal gusto de la música y la violencia explícita de las letras que berreábamos, como sucede hoy con el reguetón menos presentable y sus satélites. Ahora descubrimos que lo oscuro y lo chungo estaba en el easy listening, en las melodías banales del sonido Costa Fleming, en los trajes a medida y en los playbacks de las galas del sábado de José Luis Moreno. Nosotros, con nuestros pogos, nuestros collares de perro, nuestro calimocho y nuestras voces roncas y desafinadas éramos angelitos danzantes. Tirábamos litronas al escenario y el cantante escupía al público, pero nunca vi salir de la boca de nadie palabras tan sucias y violentas como las que he escuchado esta semana en la tele.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma





























































