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COLUMNA
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El Concierto de Año Nuevo de Nézet-Séguin y la democracia cultural

Ojalá RTVE haya visto que personajes como Nézet-Séguin barren de un golpe la caspa solemne y todos los prejuicios culturetas sobre la música clásica

He empezado este año a lo tribal, embriagado por el entusiasmo de la masa, como un hooligan que festeja la victoria de su equipo. Me he rendido al encanto descacharrante de Yannick Nézet-Séguin en el Concierto de Año Nuevo, y es una sensación extraña y vivificante por desacostumbrada: me suelo quedar en minoría en estos asuntos. Mi sitio natural está con los escépticos y los gruñones en tono menor, que tampoco quieren aguarle la fiesta a nadie, pero no encuentran incentivos para levantarse del rincón desde el que observan el entusiasmo ajeno y participar de él.

Esta vez lo he hecho, y he abandonado a mis amigos melómanos suspicaces y a los groserísimos guardianes de las esencias (con los que tampoco me junto nunca, líbrenme los dioses paganos y bastardos de ello) para sacar a hombros a este director canadiense que ha conquistado a millones de personas que nunca se acercan a un auditorio de música clásica.

Lo aúpo y lo vitoreo por las mismas razones por las que algunos vomitadores lo han llamado “mamarracho” o “payaso” —con una muy mal disimulada homofobia— desde su caverna con forma de columna de periódico: porque brilla, entiende el espectáculo y desborda carisma escénico sin dejar de ser por ello un grandísimo director de orquesta, un músico de primer nivel, profundo y comprometido con su repertorio.

Ojalá José Pablo López, presidente de RTVE, haya visto la retransmisión de Martín Llade en la cadena que preside, si la cacofonía y el mal gusto de las galas de Nochevieja no le embotaron la percepción con una resaca típica de año nuevo. Ojalá haya visto que personajes como Nézet-Séguin barren de un golpe la caspa solemne y todos los prejuicios culturetas sobre la música clásica. Ojalá le haya dado que pensar sobre la responsabilidad que una radiotelevisión pública tiene en esta materia, y compruebe que se pueden programar contenidos exigentes sin infantilizar al púbico o tratarle como idiota, que es la tendencia habitual cuando se intenta hablar de cultura en la tele e incluso en la radio generalista. Basta con transmitir el gozo, la vocación disfrutona, la pulsión vitalista de placer que promueve cualquier expresión artística.

Con sus uñas pintadas y su pelo oxigenado, y desde el podio de uno de los escenarios más elitistas del mundo, Nézet-Séguin es un democratizador cultural de primer orden cuya estela deberían seguir todas las radiotelevisiones que aún recurren a la retórica del “servicio público” para justificar su existencia. Ojalá los aplausos no resuenen en vano.

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Sobre la firma

Sergio del Molino
Es autor de los ensayos La España vacía y Contra la España vacía. Ha ganado los premios Ojo Crítico y Tigre Juan por La hora violeta (2013) y el Espasa por Lugares fuera de sitio (2018). Entre sus novelas destacan Un tal González (2022), La piel (2020) o Lo que a nadie le importa (2014). Su último libro es Los alemanes (Premio Alfaguara 2024).
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