Las primeras
Detrás de la construcción de algunos de los personajes más emblemáticos del cine hubo unas manos que crearon sus peinados y maquillajes

Circula por ahí un vídeo de Fran Lebowitz en el que afirma que “un libro no debería ser un espejo, sino una puerta”. Y yo le añado: las películas, también. Pensaba esto mientras veía por enésima vez El bazar de las sorpresas, la comedia de Ernst Lubitsch que es reconfortante y aparentemente fácil como un plato de lentejas. Indagando quién hizo qué en ella encontré el nombre de Sydney Guilaroff (1907-1997) y se abrió una puerta. Entré. Guilaroff fue el primer peluquero superstar y el primero en aparecer con nombre y apellidos en los créditos de una película. Él fue arte y parte de muchas de las imágenes del siglo pasado que guardamos en la retina. Le cortó el flequillo a Claudette Colbert, tiñó de pelirroja a Lucille Ball. Peinó a Elizabeth Taylor, Barbara Stanwyck y Greta Garbo. Esta puerta me condujo a un salón bien amplio, con cierto aroma a laca, en el que encontré datos curiosos: fue el primer hombre soltero que adoptó un niño en Estados Unidos. Añado algo de salseo real: Guilaroff fue el peluquero de cabecera de Grace Kelly y el autor del peinado de su boda con Rainiero de Mónaco.
Guilaroff me invitó a abrir otras puertas y yo salté, como una Alicia que se cuela en el agujero de un árbol o, mejor, de un libro y una pantalla. Allí encontré el nombre de Dorothy Dottie Ponedel (1898-1979), la primera maquilladora que trabajó en la industria del cine, allá por los años treinta. Ella fue la responsable de los rostros, tal como los conocemos, de Marlene Dietrich, Mae West, Carole Lombard, Paulette Goddard y Judy Garland; sobre todo de Judy Garland porque colaboraron durante 25 años. Fue Ponedel quien, con Guilaroff, “crearon” su imagen: ella redondeó su labio inferior, delgado, y destacó sus ojos. Cuando comenzó a trabajar, su puesto se llamaba makeup man y el sindicato de maquilladores estaba compuesto solo por hombres. Mae West y Marlene Dietrich defendieron a esta mujer para que la incluyeran. No tuvieron más remedio que aceptarla (cualquiera le chistaba a esas dos estrellas), pero intentaron expulsarla. Ponedel no se achantó. En 1942 dirigió una carta a los señoros que lo componían que comenzaba así: “Caballeros, me han informado nuevamente de que existe un movimiento para expulsarme del sindicato por el delito de ser mujer”. Esta mujer valiente me condujo a otra, además, contemporánea suya: Nellie Manley (1894-1976). Pensemos en el maquillaje de Kim Novak en Vértigo, esencial para contar la historia, o en el de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, que tan bien construye al personaje. Son dos ejemplos en la carrera longeva de esta mujer que no lo tuvo fácil; aunque Bernadine Anderson lo tuvo peor: ella es negra. Esta mujer, que aún vive, fue la primera maquilladora de color en trabajar en Hollywood. En 1967, presentó una demanda por discriminación laboral, la ganó y comenzó a trabajar en la Warner Bros. Se retiró en 1994 tras trabajar con Stevie Wonder, Angela Bassett y otras superestrellas. La industria ha reconocido su trabajo con premios y homenajes. En el Museo Nacional de Historia y Cultura Norteamericana del Smithsonian de Washington se puede ver su kit de maquillaje.
Coda: Escribo estas líneas en Cannes, muy cerca del lugar donde se conocieron Grace Kelly y el príncipe Rainiero. Fue en el hotel Carlton, el 6 de mayo de 1955 y, debido a que ese día una huelga cortó la luz de la ciudad, no pudo secarse el pelo. Ese día se peinó ella.
*Anabel Vázquez es periodista. ¿Sus obsesiones confesas? Las piscinas, los masajes y los juegos de poder.
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