Ir al contenido
_
_
_
_

Silvia Herreros de Tejada: “Uno solo es verdaderamente adulto cuando es consciente de su mortalidad”

En el ensayo ‘Juvencolía. Sobrevivir al hechizo de la juventud eterna’ la autora expone la mediana edad como una reordenación del relato y analiza cómo reponernos al sentir que nuestra esencia de va perdiendo con la edad

La escritora Silvia Herreros de Tejada. Olivia López

“La juvencolía es una especie de tristeza suave que aparece cuando te das cuenta de que quizás no eres el adulto que soñabas. Cuando lo descubres, por un lado surge la obstinación por permanecer en ese cuerpo juvenil para que no parezca que te has hecho mayor. Por otro, emerge un anhelo muy ferviente de no perder lo que construía tu verdadera esencia. A veces pensamos que nuestra verdadera esencia se pierde con la edad”, explica Silvia Herreros de Tejada, autora de Juvencolía. Sobrevivir al hechizo de la juventud eterna (Debate, 2026).

En este ensayo la escritora y profesora de la especialidad de Guion en la Escuela de cine de Madrid habla acerca del deseo de abrazar la eterna juventud elaborando un abecedario de tintes pop. Al comienzo, el escrito iba a versar sobre la invención de la juventud como mito cultural. Sin embargo, la irrupción del cáncer de mama obliga a la autora a mirar el cuerpo sin filtros, y Herreros de Tejada lo hace con absoluta honestidad al abordar temas como el deseo, la vergüenza y el miedo en su empeño por dejar atrás a la culpa que emerge ante la eterna negociación con el tiempo y de la performación de la juventud.

¿Cómo cambió la enfermedad el enfoque del libro?

El libro surgió por una anécdota dando clase. Una alumna se empezó a quejar de que se le estaba echando encima el tiempo. Comentó que acaba de leer una entrevista a una escritora súper joven en Vogue y yo, orgullosa, le dije que también había salido en esa revista con mi última novela. Me dijo que le había consolado saber que se puede salir en Vogue siendo mayor. El libro surgió de ahí: ¿Cómo me podía estar diciendo que yo soy mayor, cuando soy una profesora joven y cool? Siempre me sentía más cerca de los alumnos que de los otros profesores, tenía un desfase de edad. Fue entonces cuando me di cuenta que había pasado de vivir una juventud biográfica a vivir una juventud performativa.

La idea original era hablar de la invención de la juventud como mito cultural. Pero me diagnostican un cáncer de mamá. ¿Lo primero que pensé? ‘¿Cómo es posible? ¡Si soy muy joven!’ Por eso el libro es una mezcla de dos cosas, un ensayo bastante híbrido sobre la juventud como un mito cultural y sobre la juventud como una experiencia vivida dentro de un cuerpo que de repente, es consciente de su finitud. Tras el diagnóstico, el libro cambió muchísimo. No habría querido escribir este ensayo jamás, pero me fue devorando; el libro me salvó de la enfermedad. Fue un refugio absoluto y un espacio de pensamiento. Me lamentaba porque se me estaba cayendo el pelo y me sentía mal por estar perdiendo mi cuerpo juvenil, tenía una sensación de fracaso ante la enfermedad.

Y le daba miedo parecer superficial por lamentarse por perder el pelo y por la mastectomía.

Sentí que no había leído al respecto lo suficiente. El cáncer de mama es una enfermedad obviamente femenina. Antes del diagnóstico no sabía que el cáncer de pecho suele venir en torno a los 50 años por los cambios hormonales de la menopausia, por lo que coincide con la mediana edad. De repente, te arrancan todo a lo que te has agarrado toda tu vida como tus símbolos de identidad, de atractivo y de belleza. Tenía dos elementos identitarios muy presentes. Uno era esa especie de vitalidad, de despreocupación y casi de juventud. El otro es que yo tenía una melena larguísima, llevaba dos trenzas y mi pelo configuraba mucho mi identidad. Y de repente, te quitan una teta y te quedas calva. Por si fuera poco, me siento culpable, porque mi diagnóstico siempre fue bueno. Lo importante es curarse, no es el pelo, no es la teta…

La crisis de la mediana edad fue un privilegio masculino durante años.

De hecho, se acuñó como una afección masculina y por si fuera poco, existe una épica de la crisis de la mediana edad masculina. A las mujeres no se nos había permitido esa crisis de la mediana edad. De repente llegamos al fin de la edad fértil, que ha definido nuestra condición de ser deseadas. Es entonces cuando supuestamente, dejamos de ser deseables, los hijos han crecido, nos enfrentamos al nido vacío, la pareja probablemente no termina sexualmente como antes… Y te planteas y ahora, ¿qué pasa conmigo? Surge ese espacio que creo que estamos obligadas a rellenar. Todavía tenemos fuerza, energía y deseo y de repente, ¿somos invisibles? Pienso que era importante darle un espacio, igual que al cáncer, a la menopausia… El tema de perder el pelo se ha silenciado mucho, como cuando te hacen una mastectomía y te dicen que no pasa nada porque se te reconstruye el pecho. Es como si estéticamente, se supliera ese hueco. Pero es una amputación en toda regla. Hablo de la peligrosa fantasía de la reconstrucción: desde fuera, parece que estás bien porque tienes dos pechos, pero tú sabes que no los tienes. Te conviertes en una mujer amputada. Al final, el libro tenía que ser así, aunque me siento expuesta. Hay una mezcla de autobiografía y de autoficción. Sentí que la exposición era necesaria para acompañar a otras personas que quizá, se silencian a sí mismas por vergüenza.

¿Por qué nuestra relación con los años depende de cuestiones históricas, pero también es a la vez una experiencia íntima, corporal e imaginaria?

Nuestra relación con la juventud depende de cuestiones históricas porque la juventud como tal es un invento del siglo XX. Creo que en el siglo XIX se acuñó el concepto de infancia y en el siglo XX surge por primera vez el concepto de la adolescencia y después, de la juventud. Entonces se crea un mito de la juventud que tiene que ver mucho con las dos guerras mundiales, donde muere una generación entera de jóvenes y se crea una especie de pacto global de favorecer a esta edad que de repente, ha desaparecido. Se crea un mito como concepto, como rebelión, como idea de autenticidad. Como si uno fuera verdaderamente auténtico cuando es joven, que es una idea que sería también del romanticismo. En el siglo XXI lo hemos heredado de una manera brutal. Y ahora, con la mediana edad, parece que lo que tenemos que hacer es prolongar la juventud. Y por eso creemos en lo que yo llamo midorexia. Como ya es imposible parecer joven, al menos puedes aspirar a una edad indeterminada durante el resto de tu vida. Es como si estuviéramos disimulando la edad. La juventud es muy performativa. La primera vez que no me sentí joven fue con la enfermedad, cuando me vi sin pelo.

Porque, ¿cuándo se es verdaderamente adulto?

Hablo en el libro de stalkearme a mí misma en Instagram, donde lo que hacía era fingir que tenía una vida súper guay. Estaba performando juventud. Es a lo que nos está llevando la cultura de redes sociales, la exposición absoluta. El sociólogo Frank Furedi habla de la evanescencia juvenil en la que somos chicos y chicas perdidos en el precipicio del mundo adulto. No somos los adultos que eran nuestros padres. Ahora para algunas cosas me siento adulta: tengo la responsabilidad de un niño pero tengo todavía seis trabajos. Nunca tengo el mismo sueldo al mes. ¿Cuándo nos hacemos adultos ahora mismo? Creo que tiene más que ver con los ritos de paso que con el tema material. Pensé que hacerse adulta consistía en casarse. No me sentí así. Luego, pensé que me sentiría adulta al ser madre, pero tampoco. Luego pensé que lo sentiría al morir mi madre. En realidad, creo que uno se hace verdaderamente adulto cuando es consciente de la mortalidad de su propio cuerpo. Pudiera parecer que si mantenemos la promesa de la juventud, no nos va a tocar sufrir ni morir. Estamos en ese nunca jamás.

¿Qué ocurre con el deseo cuando el cuerpo cambia, tanto por el paso del tiempo como por la enfermedad?

Se tiende a la desexualización de la mujer enferma, y encima parece que se te arrebatan todo aquello que te hace deseable, como si perdieras el privilegio de ser deseada. Me sorprendió que yo sentía un deseo brutal, una voracidad sexual parecida a la que sentía estando de Erasmus. Creo que en la enfermedad se vive una experiencia de fragilidad y vulnerabilidad. El cuerpo se enciende de una manera completamente inesperada; es hermoso de vivir y es algo que nadie me había contado nunca. El cuerpo, al estar enfermo, desea más que nunca y necesita esa afirmación de belleza. Quería hablar del deseo como fuente de salvación, con un cuerpo enfermo, distinto y ya no normativo. Nos han vendido unos discursos oscuros, sobre todo cuando se acerca la menopausia y el fin de la fertilidad. Con la quimioterapia me decían que iba a tener la menopausia inducida, que iba a perder la libido para siempre, que iba a tener sequedad vaginal…Todo era un castigo. ¿Por qué nadie te cuenta la otra posibilidad? Yo he sentido que he florecido absolutamente después del cáncer. Mi idea era hacer un libro luminoso.

¿Ha aprendido a amar su nuevo cuerpo?

Sí. Es cierto que todavía me veo en el reflejo de un escaparate y no me reconozco, sobre todo por el pelo. No te cuentan lo muchísimo que tarda en crecer. Me he reconciliado mucho con mi cuerpo. Lo amo y me siento muy sexy. Pero con el pelo corto me veo como la señora que era mi madre, es decir, me he visto más mayor. Creo que te conviertes en otra persona después de una enfermedad tan grave, una persona a la que hay que abrazar con quien hay que aprender a vivir.

En el libro hay bastantes pinceladas de humor, como cuando su hermana, cuando usted se le cae el pelo, le dice: ‘¿Y si hacemos del drama un look?’

Me daba miedo quedar como una mujer frívola pero he querido ser completamente honesta con cómo me sentí. Hay una culpa que se nos impone a las enfermas de cáncer. No puede ser que yo me sintiera culpable por llorar porque se me había caído el pelo. Parece que no te puedes quejar del tema estético porque lo importante es que te vas a curar. Vale y después, ¿quién voy a ser? Una mujer me dijo en el hospital que si el cáncer de mama fuera masculino, habrían encontrado la manera de que no se cayera el pelo.

'Juvencolía'

Silvia Herreros de Tejada
Debate
19,85 euros

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_