Los votantes de Vox también quieren gobernar
A medida que el partido expande su electorado, el perfil de sus votantes está cambiando: el voto protesta disminuye en favor de un voto más ideológico


En la política, como en la vida, la impaciencia es una mala compañera para las decisiones. Si un político quiere negociar con otro y expresa un gran interés en que el acuerdo sea rápido, su interlocutor ganará poder en la negociación. Solo hay que esperar a que el primero se desespere a medida que pasa el tiempo para conseguir un acuerdo más ventajoso. Donald Trump, sin ir más lejos, ha sido víctima de su impaciencia en diferentes ocasiones. Anunció que acabaría con la guerra de Ucrania “en un día” y que la de Irán terminaría “muy pronto”. Obviamente, Putin y los líderes iraníes tomaron nota de su ventaja.
El Partido Popular ha sido hasta ahora la parte impaciente en la negociación de los acuerdos de legislatura con Vox en Extremadura y Aragón. Los populares tenían prisa por negociar: querían llegar a un acuerdo enseguida y comenzar a gobernar en coalición con el partido de Abascal. Por su parte, Vox no tenía mucho interés en cerrar la negociación. Su salida de los gobiernos autonómicos no parecía pasarle factura. Así que el partido optó durante meses por alargar los tiempos, desesperando al PP en la negociación en Extremadura.
Sin embargo, algo cambió tras las elecciones en Castilla y León. Vox, aun mejorando sus resultados, no cumplió expectativas. El resultado puede deberse a que el voto protesta tiene un límite. A medida que el partido expande su electorado, el perfil de sus votantes está cambiando: el voto protesta —más reactivo, emocional y menos exigente con la acción de gobierno— disminuye en favor de un voto más ideológico, más interesado en gobernar. Estos dos electorados —protesta e ideológico— conviven en Vox y quieren cosas distintas.
El voto protesta ha sido clave en el auge del partido de Abascal. Lo integran individuos enfadados y frustrados con la política, con el Gobierno de España y con las instituciones, pero también descontentos con la situación económica. Una de las explicaciones de por qué Vox resistió bien tras las divisiones internas o su salida de las instituciones es precisamente que este tipo de voto es menos evaluativo. Al ser el voto una forma de expresión del descontento, las valoraciones sobre lo que el partido haga en los gobiernos son menos determinantes a la hora de decidir su apoyo. Estos votantes apoyan el discurso antiestablishment de Vox y su posición confrontacional, fuera de las instituciones. Cuanto menos perciban en Vox ese carácter rupturista, más se sentirán atraídos por formaciones aún más radicales, como Se Acabó la Fiesta.
No obstante, junto al voto protesta, Vox también atrae a ciudadanos de derechas, votantes que muestran posiciones ideológicamente coherentes en temas como la inmigración o el feminismo, posiblemente más atentos a que el partido traduzca su programa en políticas públicas. Para estos votantes ideológicos, la estrategia de Vox de mantener principios inmaculados desde fuera de las instituciones y sin comprometerse en los gobiernos no es atractiva.
La paradoja es que el partido de Abascal empieza a ser víctima de su propio éxito. Cuanto más crece el partido, más se transforma la composición de su electorado, reduciéndose la proporción de quienes le apoyan como una forma de protesta ante la situación política y aumentando la de un votante menos dispuesto a que el partido siga sin asumir responsabilidades de gobierno. Esta evolución varía entre comunidades autónomas.
En Castilla y León, el ensanchamiento del electorado de Vox ya se había producido en 2022, cuando el partido aumentó su representación en 12 diputados. Mientras una parte de los votantes depositó entonces su confianza en él como forma de canalizar su frustración, otro sector lo hizo con la esperanza de ver sus propuestas en un programa de gobierno. Vox frustró la aspiración de este último grupo en el verano de 2024, cuando abandonó todos los gobiernos autonómicos en los que participaba por orden de la dirección nacional. Puede que en Castilla y León el peso del voto protesta en el apoyo a Vox fuera menor que el voto ideológico. También es posible que una parte de quienes simpatizaban con Vox en esta comunidad se sintieran finalmente menos tentados a apoyarle ante la ambigüedad de Vox sobre su disposición a gobernar en Extremadura o Aragón, lo que explicaría que obtuviera unos resultados distintos a los esperados.
En Extremadura y Aragón, en cambio, la expansión de Vox ha sido más reciente y los votantes en las últimas elecciones se han encontrado en una situación similar a la de los castellanoleoneses en 2022. Algunos eligieron al partido para canalizar su protesta; otros, para llevar su programa ideológico a las instituciones. Estos últimos acaban de ver su deseo hecho realidad en Extremadura con la firma del acuerdo de gobierno entre el PP y Vox. Veremos si Vox supera su impulso de protesta y se mantiene en el poder.
En definitiva, la estrategia antisistema de Vox tiene seguramente un techo electoral, que es el límite de su voto protesta. A medida que Vox crece está más expuesto a algo poco sorprendente para cualquier partido político: que sus votantes quieren que gobierne cuando tiene la oportunidad de hacerlo.


























































