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Tribuna

El ojo de Furio Giunta contra la inteligencia artificial

La cultura de los expertos en arte se ha deteriorado con el tiempo, pero aflora en sitios tan insospechados como el elenco de ‘Los Soprano’

Cinta Arribas

El museo del Wadsworth Atheneum de Hartford (EE UU) conserva una de las joyas de la pintura española barroca, el San Serapio que pintó Francisco de Zurbarán en 1628. A modo de trampantojo, un gran hábito blanco ocupa buena parte de la composición. Detrás de la tela, la cabeza del santo expira con la boca abierta mientras sus manos de obrero permanecen atadas en esta gran obra maestra del martirio y la empatía humana, sin el artificio de la sangre. Hace unos años el conservador del museo se comprometió a prestar el cuadro a una exposición temporal en Europa. Antes quiso restaurarlo para que luciera mejor, sin saber que la mano derecha del santo había sido repintada por completo durante una mala restauración del siglo XIX, por lo que, al eliminar el repinte, despareció. Ya decía Goya que los cuadros, más allá del agua o del fuego, no los arruina el tiempo, sino los malos restauradores; ¡cuánta razón tenía!

Durante tres meses, el restaurador estadounidense intentó rehacer la mano, sin éxito: todos los ojos se iban hacia la mano nueva, que era mecánica sin la vida de su pareja original. La fecha de entrega se iba acercando y los responsables del museo estaban desesperados. Tuvieron una idea: encargar la restauración a un gran pintor realista que ya les había ayudado en el pasado e intentar, en tiempo récord, conseguir una mano creíble. Resulta que el pintor era además actor y estaba rodando una película en Bélgica. Lo contactaron, lo recogieron en un avión privado y en una semana convirtió el muñón en la bella mano de un santo: eligió un modelo para que posara como el santo y pintó una mano tan próxima al original que, paradójicamente, dejó de atraer las miradas.

Supe esta historia en la feria de Maastricht hace un año cuando me la contó Gabriele Finaldi, director de la National Gallery de Londres. Pocas horas antes, yo había conocido a Federico Castelluccio, el actor y pintor en cuestión, cuando mi hijo, fan de la serie Los Soprano, lo reconoció mientras visitaba nuestro estand. No me costó recordar su papel de Furio Giunta en la serie, el guardaespaldas de Tony Soprano al que envían a su Nápoles natal cuando empieza a flirtear con la mujer del capo. Me contó que era pintor y me enseñó en su móvil algunas vanitates notables, de un realismo flamenco, pero no me habló de su éxito con el Zurbarán. Tampoco me contó que en 2010, en una subasta celebrada en Fráncfort compró por 50.000 euros un cuadro de San Sebastián atribuido a un pintor anónimo del siglo XVIII porque intuyó que, detrás de la capa amarilla de barniz, se escondía uno de los grandes maestros italianos del siglo XVII, Giovanni Francesco Barbieri, Guercino. Su intuición se reveló acertada cuando todos los expertos en el artista validaron su atribución, algo insólito, y se expuso en una muestra en el museo de Princeton. Hoy el cuadro está valorado en más de 10 millones.

Federico Castelluccio es un hombre fuerte como un toro, de ojos nipones. Nació en Nápoles en 1964 y con sólo tres años se trasladó con su familia a Paterson (Nueva Jersey, Estados Unidos). Dotado de una gran facilidad para el arte, en 1982 pasó a Nueva York donde se licenció en la Escuela de Artes Visuales e incluso pintó un cuadro para el actor George Burns. Su vida oscilaba entre la interpretación y el arte hasta que se inclinó por la primera sin acabar nunca de dejar el segundo. Interpretó algunos papeles pequeños en series y películas hasta que le llegó su gran éxito cuando en 2000 lo contrataron para la segunda temporada de Los Soprano. Apareció en 28 episodios como un miembro clave del núcleo duro del equipo de matones de Tony Soprano. La serie gira, como se sabe, en torno a este capo de la mafia, maravillosamente interpretado por el malogrado James Gandolfini, que logra crear un personaje entre criminal y tierno, que lucha por resolver, a su manera, los problemas que tiene tanto en la calle como en casa.

Desde entonces, la imagen pública de Federico Castelluccio quedaría unida para siempre a su personaje de Furio Giunta. Pero detrás de esta proyección social hay un verdadero connoisseur, es decir, un ojo capaz de reconocer las obras perdidas de los maestros antiguos. Desde que Giovanni Morelli se inventó a mediados del siglo XIX un método basado en el análisis comparativo de los pequeños detalles morfológicos que hay en los cuadros y que no son fáciles de imitar, el ojo del connoisseur se afila en busca de los maestros que hay en obras que han perdido su lugar en la historia. A esos cuadros, en inglés los llaman slepeers. El método morelliano es una manera de aplicar la ciencia al arte e incluso hoy, cuando tenemos herramientas de identificación mucho más potentes como la IA, es válido. Así, por ejemplo, el pintor gótico catalán Bernat Martorell siempre pinta las orejas de sus figuras de la misma manera, forzando el lóbulo como una voluta, o a Ribera le gusta que sus santos tengan las uñas sucias. La inteligencia artificial no logrará superar al ojo del connoisseur porque no se trata solo de almacenar imágenes sino de comprenderlas. Y la experiencia del connoisseur las comprende y las relaciona; por eso es muy difícil conocer bien el arte siendo muy joven.

Una atribución es una sugerencia, una tesis. Y se hace por comparación estilística con ejemplos parecidos del mismo pintor a la manera morelliana. La cultura del connoisseur recorrió la historia del arte durante más de cuatro siglos, los que van de Giorgio Vasari a Roberto Longhi, especialmente en Italia, pero hoy languidece por dos motivos. El primero es que ha dejado de interesar en las universidades, donde se hace una Historia del Arte sin obras de arte: se estudia el contexto, pero se ha dejado de mirar a las obras. La segunda es que el mercado ha abusado de los connoisseurs, y algunos historiadores del arte, en asociación con profesionales sin credibilidad, confundieron el atribucionismo riguroso con el mercantilismo del certificado, con un modus vivendi basado en emitir opiniones, y cuando los profesores devienen oráculos, se corrompe todo. Admiro a los historiadores del arte que han dedicado la vida a estudiar un artista y opinan con conocimiento de causa y eficacia. No confío en los que pretenden abarcarlo todo: ya sabemos lo que dice el refrán, y los errores que legan estos tuttologi perjudican al mundo del arte al convertirlo en algo pantanoso y opaco, poco fiable, una imagen que nos persigue como la peor de las sombras a los que queremos trabajar bien.

¿Dónde están los connoisseurs hoy? La mayoría, en el mercado del arte porque viven de ello, y en nuestro país tenemos ojos muy buenos. Algunos quedan aún en las universidades o academias, sin haber sucumbido al vellocino de oro: siguen prefiriendo el arte a las bibliografías. Y otros, en lugares insólitos, a priori insospechados, como la televisión, como Federico Castelluccio, el ojo fino, inteligente y afilado de Furio.

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