No papá; no es King África
Cada vez más versiones de canciones que nos gustan son simples montajes de IA, muestra de lo que se nos avecina


Cuando mi padre supo la verdad, quedó desolado. Totalmente hundido. Como si su último refugio, el que creía inconquistable, hubiese sido saqueado. Aquel cantante de blues al que llevaba un mes escuchando cada noche en YouTube para desconectar no era real, sino una diabólica creación de la inteligencia artificial (IA). “Entonces... ¿Qué va a pasar ahora?“, suspiró en su sillón.
Lo cierto es que tardamos unos 20 minutos en descubrir que era un invent. El vídeo no advertía de que era falso, y la mayoría de los comentarios valoraban la canción como si fuese la de una nueva estrella del género. Rastreamos la Red hasta que encontramos al autor del engaño, un ingeniero. Las canciones, sin embargo, eran un éxito, con millones de reproducciones; maravillosas, pero creadas al final por un superprograma informático y no por un músico del delta del Misisipi. Yo conocí este tipo de contenidos creados por IA unos meses antes de darle la fatídica noticia a mi padre, gracias a un colega que me pasó un perfil de YouTube con el ingenioso nombre de Radio Mandanga. Es una cuenta dedicada a versionar digitalmente canciones de artistas conocidos con estilos diferentes. Sí, acojonante.
Tuve que ser sincero y confesar a Julio padre que estaba enganchado a esa movida. Pinché la app de YouTube en mi móvil y le puse la que para mí es la obra maestra del canal: Bomba, de King África, definida como 1960’s Motown Soul IA Cover. No exagero. Era como si James Brown hubiese resucitado para grabar la canción y difundirla por las romerías de toda España. Seguí pinchando más temas para que escuchara más material: Torito, de El Fary (también Motown Soulfar); Soy minero, de Antonio Molina (estilo reggae); Enter the Sandman, de Metallica (rollo rumba de Peret). Todas ellas superan en calidad a muchos de los singles que este año han llegado a la lista de éxitos.
Estas canciones son, sin duda, la punta del iceberg de lo que se nos viene encima. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decía este jueves en su intervención en el plenario de la Global AI Impact Summit que España cree “en la IA para el bien”, en que la tecnología “debe guiarse por los valores humanos”, “ampliar la libertad” y no socavarla. No explicó qué considera “el bien” y qué “el mal”. Claramente, el grueso de la sociedad sabe lo dañina y delictiva que está siendo la inteligencia artificial para crear bulos, generar pornografía infantil y mil atrocidades más. Pero claro, lo que para algunos (los empresarios sin escrúpulos de las tecnológicas) es el progreso, para otros (los trabajadores) supone la ruina. “El mundo está en peligro”, dijo la semana pasada Mrinank Sharma, un investigador de seguridad de IA, sobre las nefastas consecuencias que traerán los últimos modelos de inteligencia artificial y los posibles despidos masivos.
Lo que para mí era un descubrimiento divertido, para mi padre suponía una tristeza absoluta. Más allá de la cuestión de los derechos de autor, del impacto negativo para los artistas (que ya sufren una tremenda precariedad) y del incierto futuro del mercado musical, se esconde algo más profundo. Sin importar el género (blues, flamenco, folclore, techno...), la magia siempre ha estado en que alguien, a través de unas melodías, canalizaba sus sentimientos o un mensaje para que otras personas lo recibieran. La música es mucho más que una expresión artística; es una herramienta de lucha social, de libertad para expresar ideas prohibidas, el papel fotográfico donde imprimir los recuerdos de una vida, la palanca para levantarse cuando uno está solo.
Si queremos que la IA alcance todo su potencial, debemos afrontar sus riesgos.
— Pedro Sánchez (@sanchezcastejon) February 19, 2026
España defiende que la IA amplíe la libertad, la democracia y los derechos humanos, y no los socave. pic.twitter.com/8q9JL5WUnl
El recio de Howlin’ Wolf, músico estadounidense fallecido en 1976, se abrió en canal durante un concierto en un club de Newport para explicar qué era verdaderamente el blues, la música que le ayudó a escapar de las plantaciones de algodón con 13 años y caminar descalzo más de 140 kilómetros para buscarse un futuro en Chicago. “Cuando no tengas dinero para pagar tu alquiler o comprarte comida, aún tendrás el blues”. Lo dijo en 1966, hace seis décadas. Hoy, lamentablemente, personas con trabajo siguen sin tener dinero para pagar el alquiler o tienen que hacer malabares para llegar a fin de mes. Pese a ello, afortunadamente una canción les podrá sacar durante unos minutos de ese hoyo. Hay quien busca cada noche en YouTube nuevos artistas que le hagan olvidarse de los zarrios, los inútiles, que le amargan el día a día. Un refugio, un arma, una voz propia... ¿Seguiremos teniendo ese amuleto dentro de 60 años con la mandanga que nos trae la inteligencia artificial?
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