Dos mentiras de época
Una de ellas es que los jóvenes ya no creen en nada; la otra, que vivimos en una época individualista


Hay frases que sobreviven a todo porque nadie se toma la molestia de comprobarlas. Una de ellas es que los jóvenes ya no creen en nada. La otra, que vivimos en una época individualista. Se repiten con una solemnidad agotadora, como si describieran la realidad y no fueran un diagnóstico obsoleto y nostálgico.
Lo de los chavales descreídos lleva medio siglo funcionando como consuelo generacional. Siempre hubo una última generación seria y formal que miraba a la siguiente con preocupación pedagógica. Pero basta escuchar cinco minutos cualquier conversación universitaria o digital para advertir lo contrario: los jóvenes creen, y creen mucho. A veces demasiado. La densidad moral con la que sostienen sus posiciones resulta incluso desconcertante. Y no importa el bando: la intensidad es simétrica.
Una feminista convencida y un tradicionalista militante pueden discrepar en casi todo, pero comparten algo importante: ambos están seguros de qué significa la justicia y consideran que tienen una relación con la verdad. La guerra cultural no nace del vacío moral, sino de su saturación. El viejo relativismo, ese en el que todo dependía del punto de vista, ni siquiera fue derrotado, simplemente dejó de interesar. Lo inquietante no es la falta de creencias, sino su dureza y la dificultad para vivirlas sin convertirlas en una frontera excluyente que nos atrape con nuestros prejuicios dentro.
Algo parecido ocurre con el individualismo. Fue real a finales del siglo pasado, cuando el éxito consistía en no necesitar a nadie y el modelo del éxito era el yuppie de Manhattan. Hoy sucede lo contrario: incluso quienes predican libertad absoluta acaban organizándose en comunidades, foros, o identidades compartidas. El entusiasmo por pertenecer atraviesa desde la política hasta internet. El retorno de los nacionalismos o la obsesión por la identidad no son otra cosa que la añoranza de un vínculo y de unas raíces.
En el fondo, no estamos más solos ni más vacíos. Estamos más juntos y más convencidos. Y ahí está la cuestión. Creer y pertenecer son necesidades humanas, pero ambas admiten dos versiones: una razonable y otra peligrosa. Las certezas orientan, pero también pueden ordenar; la comunidad cuida, pero también vigila. El problema no es que las convicciones vuelvan, porque ya han vuelto, sino qué haremos con ellas. Y la pregunta no es si volveremos a creer y a pertenecer: la verdadera incógnita es si sabremos hacerlo sin sacrificar la libertad que tanto nos costó conquistar.
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