Irse de Madrid a buscar el verano perfecto (o para siempre)
Enamorarse del lugar de vacaciones es normal si la ciudad en la que uno vive se ha vuelto hostil, aunque lo que realmente sentimos allí es el placer de no trabajar


A estas alturas del verano, es probable que todo el que tenga vacaciones las haya consumido, al menos parte de ellas. Puede que haya planeado unas vacaciones perfectas para olvidar rápida y eficazmente el estrés del día a día. Si de paso las fotos que nos echemos sirven para arañar unos me gusta en las redes sociales, mejor aún. Otro argumento para buscar unas vacaciones ideales es, como comentó hace unas semanas Guillermo Alonso en el A Vivir de la Cadena SER, superar los “veranos memorables y superlativos” de la infancia. Contó que, para él, “cada verano es una promesa” y no se enfrenta “al estrés continuo de tener que comparar todos mis veranos actuales con aquellos”, ya que durante su niñez no vivió grandes vacaciones.
Quizá algunos se enamoren del lugar que han visitado e incluso hayan imaginado cómo sería su vida si decidiesen mudarse o pasar allí una temporada. Puede deberse a que no se sienten cómodos en el lugar donde viven o que este ha pasado a ser hostil por la falta de lazos, el alto coste de la vida o el excesivo turismo, por poner tres ejemplos comunes. Esta idealización de lo visitado en vacaciones le sucede sobre todo a quienes están inmersos en las redes sociales, pues ven constantemente imágenes y vídeos de espacios idílicos, sea en una ciudad de playa o en un pueblo de campo o perdido en las montañas. Hoy, en algunas plataformas solo cabe la perfección, en internet no se suelen mostrar las desventajas de nada.
En medio del abecedario de fracasos amorosos que comprenden Too Match (Plaza y Janés), Inma Benedito habla de esa “generación de jóvenes urbanitas que sueñan con un exilio en el campo”. Explica que son aquellos que se han hartado (o están en proceso) de las grandes ciudades que los explotan y en las que no pueden permitirse más que sobrevivir. Quizá creen que fuera de la gran ciudad serán más felices o, al menos, vivirán mejor. La escritora resume la causa en “la combinación perversa del trauma del alquiler en Madrid [o en cualquier ciudad grande] y de ver demasiadas veces Call Me By Your Name” y destaca que el sueño consiste en “comprar una casa a punto de derrumbarse en medio de la nada y gastar en la reforma lo mismo que en la entrada de un piso para, con suerte, terminar como la protagonista de Un amor”. En realidad, estos jóvenes lo que quieren es tener dinero y no estar precarizados, porque cuando uno se puede permitir un alquiler a precio de mercado, le importa menos la masificación turística y el ruido de los bares.
El caso es que un barómetro del grupo Mutua Propietarios que analiza la satisfacción con nuestro lugar de residencia indica que el 75% de los residentes de Madrid —a saber, tierra de oportunidades y por donde hay que pasar sí o sí en el caso de que uno quiera prosperar académica o profesionalmente— cambiaría de comunidad autónoma si pudiera. “Madrid es una ciudad cada vez más hostil. Mientras se llena de gente, se vacía de identidad, y eso erosiona el sentimiento de arraigo. Los datos apuntan a ello”, tuiteaba el codirector de El Orden Mundial, Eduardo Saldaña, hace unas semanas enlazando el estudio. Para que esto sea posible sería importante garantizar oportunidades laborales para todos los perfiles —o para una gran variedad de ellos— fuera de las grandes ciudades para que no sea obligatorio vivir en ellas para desarrollar una carrera o no sea un suicidio profesional irse a vivir al campo o a una ciudad pequeña.
Sea como sea, es necesario tener vacaciones y muy importante disfrutarlas al máximo, fuera o dentro de casa —lo que alguien con mucho morro ha bautizado como staycation—, pero más relevante es, si cabe, tener en cuenta el aviso del cómico Adrián Melero en un vídeo de @alpilpiiil: en estos días de descanso laboral no es que nos encontremos espiritualmente ni nos enamoremos de una nueva ciudad, lo que sentimos es pura ausencia del trabajo. Yo me dispongo a disfrutar de esa sensación.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma
