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De defender Mariupol a purgar cuatro años en penales rusos: “Me siento como una piedra”

Dos de los últimos prisioneros de guerra ucranios liberados por Moscú relatan su experiencia entre torturas de todo tipo

Mijailo (en el centro, con una bandera rosa sobre los hombros), el 5 de marzo tras regresar a territorio ucranio.

La batalla en la que fuerzas rusas se hicieron con la ciudad de Mariupol en mayo de 2022 ha sido probablemente de las más sangrientas de la ofensiva de Moscú sobre Ucrania. Las autoridades locales estiman los civiles muertos en más de 20.000 y fueron varios miles los soldados hechos prisioneros. Algunos todavía hoy siguen en penales del Kremlin. Poco a poco, gracias a los intercambios que van acordando las partes, otros van quedando en libertad. EL PAÍS ha entrevistado a dos de los que regresaron a su país el 5 de marzo. Ambos reconocen que se acabaron entregando junto a sus compañeros a las tropas invasoras siguiendo las órdenes del presidente Volodímir Zelenski. Tanto el grupo de uno como el del otro acabaron rodeados, bajo fuego enemigo, sin escapatoria, sin munición y sin alimentos. Hoy tratan de rehacer su vida tras cuatro años que describen plagados de todo tipo de torturas.

Vasil, de 28 años, parece sumido en un pozo del que le va a costar un largo periodo salir. Mijailo, de 46, afronta más decidido esta nueva etapa de su vida. No olvida que vio la muerte muy de cerca en Mariupol. De hecho, muestra algunos vídeos que se grabó a sí mismo bajo el fuego ruso en los que se despidió de su familia, especialmente de sus dos hijas, antes de entregarse al invasor el 17 de mayo de 2022 con un balazo en el brazo izquierdo.

A mediados de febrero, Rusia mantenía a unos 7.000 ucranios y Ucrania a unos 4.000 rusos, según datos ofrecidos por Zelenski. Hasta entonces, y mediante unos 70 intercambios de presos, habían regresado a casa unos 7.450 ucranios, de los cuales más de 7.000 son soldados. Hay que sumarles los 500 que retornaron el 5 y 6 de marzo junto a Vasil y Mijailo.

“Me siento como una piedra”, concluye el guardia de fronteras Vasil con la mirada perdida, el tono de voz medio apagado y evidentes secuelas a nivel mental que él mismo no oculta. En el hospital en el que es atendido le han recetado antidepresivos. “Mis padres han venido a verme. Había estado esperando ese momento durante los cuatro años. Pero el encuentro ha tenido lugar lejos de cualquier ilusión. Nada. Incluso tras el intercambio no siento ninguna emoción”. Vasil no es capaz de plantearse todavía el futuro que tiene por delante.

Lejos queda el ardor guerrero trufado de cierta decepción con la que describe el momento en que, el 12 de abril de 2022, pusieron fin a la resistencia en la acería Illich, un gigante propiedad del mayor ucranio, Rinat Ajmetov, que habían estado protegiendo: “Entre el 10 y el 11 de abril tratamos de romper las líneas enemigas y huir. No funcionó. Caímos bajo intenso fuego de artillería y de la aviación y comprendimos que no podíamos salir”. Horas después, los jefes del grupo, integrado por en torno a un millar de efectivos, negociaron con los rusos. “La única opción que nos quedaba era rendirnos”, rememora Vasil.

Divididos en grupos y ayudando a los heridos, avanzaron hasta posiciones donde los rusos les esperaban acompañados por sus reporteros para dar cuenta de la derrota de las fuerzas ucranias. Apilados en camiones, maniatados y con los ojos tapados, comenzó la ruta por un rosario de centros de detención y penales en la Ucrania ocupada y en Rusia que ha durado hasta marzo de 2026.

En la cárcel de Olenivka (región ucrania de Donetsk) fueron metidos unos 900 prisioneros en barracones con plazas para unos 200, describe Vasil. Las palizas fueron constantes desde el primer momento, igual que la pobre alimentación, la falta de agua y de acomodo, pues estaban obligados a dormir en el suelo.

De allí fueron internados en Taganrog (región rusa de Rostov) y de allí, en avión, a la región de Briansk. “Las inspecciones con golpes eran cotidianas, de día y de noche. Una situación muy estresante. Se reían, parecía que ese era su entretenimiento”, rememora Vasil. Antes de cada interrogatorio eran instruidos a la fuerza sobre qué debían declarar. Esa instrucción iba acompañada de golpes y descargas eléctricas mientras, en ocasiones, permanecían desnudos. “Nos preguntaban por mercenarios extranjeros, por nuestros comandantes, por integrantes del batallón Azov, sobre fascismo o sobre si habíamos apoyado la revolución en Maidán” (plaza, en ucranio), donde en sucesivas ocasiones la capital ha acogido levantamientos prodemocráticos.

Finalmente, Vasil fue encarcelado en la región de Tula, donde pasó cerca de tres años hasta quedar en libertad en unas condiciones similares a los encierros previos. Cada noche solían despertarlos un par de veces; eran obligados a permanecer de pie. “Querían acabar con nosotros física y mentalmente”, sostiene. El aislamiento era casi absoluto, salvo una breve llamada a su madre mediante la aplicación Viber en 2023. Casi al salir le entregaron dos cartas. Todo ocurrió sin previo aviso. Un buen día, fueron trasladados a territorio bielorruso, régimen aliado y cómplice de Moscú, donde los montaron en autobuses en dirección a la frontera ucrania. Hilando en los últimos días, ha llegado a la conclusión de que los avances de sus compañeros en el frente o los logros de Kiev venían acompañados de los periodos más duros de confinamiento en la cárcel.

Las piernas de Vasil llevan maltrechas a consecuencia de los golpes desde el principio de su apresamiento. Esta es una de las lesiones que los facultativos tratan ahora de curar en un centro de la región de Kiev en el que son atendidos algunos de los exprisioneros. Por el jardín en el que tiene lugar la entrevista deambulan algunos en silla de ruedas, otros amputados y algunos vagan rumiando su soledad a golpe de cigarrillos. Artem, uno de los soldados responsables, reconoce que los hay que están listos para retomar su vida en apenas dos semanas, pero que otros tardan un periodo largo de tiempo.

El exprisionero es un mar de dudas y de respuestas medio vacías. “Ni siquiera sé si quiero volver a casa. Mi familia me lo está pidiendo, pero no sé… No sé, en realidad, qué va a ser de mí en el futuro”, contesta oteando a la nada. La rendición de los hombres como Vasil que mantenían la posición de la factoría Illich fue uno de los prólogos de la caída del último bastión de Mariupol, la factoría Azovstal, cuyos últimos días centraron la atención de medio mundo.

Mijailo, un soldado del cuerpo de marines de 46 años, fue uno de los que se mantuvo en esa acería hasta el final en lo que considera que acabó convertido en una ratonera. “La situación era extremadamente complicada, rodeados por cantidades ingentes de efectivos enemigos por todos sitios: tierra, mar y aire”. Así es como llegó la orden del jefe supremo de las Fuerzas Armadas, el presidente Zelenski.

“Mi querida familia, mis seres queridos, mis amigos, incluso aquellos a quienes no les caigo bien: la situación es durísima. No sé si saldré vivo de aquí. Creedme, estamos haciendo todo lo que podemos para infligir graves daños al enemigo. Pero somos demasiado débiles”, advierte asomándose de cerca a la pantalla de su móvil en uno de los vídeos que dejó grabados a modo casi de epitafio. “No sé si podré volver a veros, a abrazaros. Si alguna vez ofendí a alguien de alguna manera, perdonadme. Con toda mi alma y corazón, estoy con vosotros (…) Os abrazo fuerte, os amo, espero que nos volvamos a encontrar. Si algo sucede de repente, esto es la guerra; por favor, no se olviden de mis hijas. Os amo a todos con locura. No me olvidéis”.

“Si te soy honesto, ya casi no quedaba nada que defender”, así que, como con el grupo de Vasil, acordaron entregarse y tratar de evitar una carnicería. En los días previos, relata, los rusos mandaban de avanzadilla a uniformados prorrusos de Donetsk (la provincia ucrania donde se encuentra Mariupol) como “carne de cañón”, mientras ellos iban resguardados en la segunda línea, viendo cómo iban cayendo los de adelante.

Este capitán, originario de la región de Lugansk —hoy en día en manos del ocupante ruso—, reconoce que muchos de los hombres a su cargo no se habían enfrentado nunca al fuego de artillería. Este tipo de batalla era algo totalmente nuevo para ellos. Pese a todo, cree que salvaron la papeleta con “honor”. “Claro que pasamos miedo, solo un tonto no lo hubiera pasado. Pero teníamos una misión y había que sacarla adelante”, añade. “A uno de los marines le arrancaron un brazo. No sé si sobrevivió tras ser evacuado. Aquello era un infierno”, lamenta.

Su periplo ha sido similar al de Vasil. Su estancia en Olenivka fue, sin embargo, más prolongada, por lo que le pilló allí el bombardeo que acabó con la vida de en torno a medio centenar de prisioneros el 29 de julio de 2022. Kiev y Moscú se acusaron mutuamente de ser responsables. Mijailo, cuyo barracón se salvó del ataque, defiende que fue “un acto terrorista ruso” y asegura que poco después estaban allí sus periodistas grabando pruebas fabricadas.

De Olenivka pasó a Taganrog (Rusia) y de allí a un penal en Kamishin (región de Volgogrado), donde ha permanecido hasta su liberación con 25 kilos menos de los que pesaba cuando fue capturado, de 84 a 59. Otros de Azovstal fueron liberados el mismo año 2022. “Nos han tratado peor que a animales. No éramos humanos. Mi cuerpo tenía el color de la berenjena de los golpes”, detalla. Mijailo ha estado estos casi cuatro años en total aislamiento de la realidad. “Pensaba que habrían acabado con toda Ucrania, que habían destruido mi país, que no quedaba nadie”, describe. No fue hasta enero de este año cuando empezaron a tener acceso a la radio, pero, básicamente, propaganda rusa.

“A diferencia de muchos exprisioneros de guerra, yo probablemente continuaré en servicio”, pronostica. Aprovechando que su título le permite la docencia, le gustaría enseñar en la Academia de la Guardia Fronteriza para que otros saquen provecho de su “experiencia real en combate”. “Quiero que los niños vivan en un país pacífico y que pasen tiempo con sus futuros nietos”, recalca.

Tirando de humor negro, Mijailo, que trabajó a bordo de un pesquero antes de ser militar, casi da gracias al enemigo por haberlo torturado con descargas eléctricas. La herida de bala que sufría en medio de uno de sus tatuajes multicolor del brazo izquierdo no había recibido atención médica. Pero, asegura, fueron esas sesiones las que acabaron reactivando unos nervios que apenas le permitían mover la mano y que, finalmente, resucitaron. Lo cuenta sosteniendo una sonrisa en la boca.

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