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Somalilandia, el país que quiere existir aunque el mundo le dé la espalda

El territorio del Cuerno de África se autogobierna con éxito desde hace tres décadas, pero no figura en los mapas oficiales ni es reconocido por ningún otro Estado salvo Israel, cuyo reciente gesto ha reavivado el debate sobre la autodeterminación de los pueblos

Vista de Hargeisa, capital de Somalilandia, en 2022.Claudio Accheri (Fundación Thomson Reuters)

El espacio aéreo de Somalia se ha convertido en un campo de batalla diplomático. La aerolínea israelí Arkia anunció a finales del pasado enero la modificación de algunas de sus rutas hacia Asia tras no recibir la renovación de los permisos de sobrevuelo que concede Mogadiscio. La decisión llegó después de que a finales de 2025 Israel reconociera oficialmente a Somalilandia, un territorio del Cuerno de África que se autogobierna desde 1991, pero que no figura en los mapas internacionales. El mensaje ha sido inequívoco: aquel gesto no iba a quedar sin respuesta.

Durante más de tres décadas, Somalilandia celebra elecciones, cambia de presidente en las urnas, imprime su propia moneda y controla sus fronteras. Sus cinco millones de habitantes tienen bandera, pasaporte, banco central y ejército propio. Pero hasta ahora ningún país soberano del mundo —Israel ha sido el primero— la reconocía como igual. El paso dado por el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha roto ese tabú y ha activado una reacción en cadena que va mucho más allá de la disputa aérea con Somalia.

Desde entonces, Somalilandia ha irrumpido en escenarios que hasta hace poco le estaban vedados. Ha participado en el último Foro Económico Mundial de Davos, y el territorio ha surgido en la última tanda publicada de los papeles de Epstein como objeto de interés político y empresarial.

La secuencia —un reconocimiento diplomático, una represalia aérea y una cierta visibilidad en foros de poder global— ha colocado a este país sin Estado en un foco inesperado. Y ha devuelto a la agenda internacional una pregunta incómoda: ¿cómo puede un país existir durante 30 años sin ser reconocido?

Somalilandia no es Somalia para quienes viven en Hargeisa, su capital, donde las campañas electorales se disputan voto a voto y los cafés se llenan de discusiones políticas. Tampoco lo es para Hamsa M. Jama, nacido en Alemania de padres somalilandeses, y con una vida a caballo entre dos continentes. En Somalilandia fundó Hargeisa Debates, una plataforma civil que fomenta el diálogo y la democracia. “Somalia y Somalilandia son completamente distintos”, explica por videollamada. “No compartimos moneda, ni instituciones, ni fuerzas de seguridad; es como España y Portugal. No hay odio hacia Somalia, somos hermanos; pero no queremos volver a ese sistema”.

La historia, sin embargo, pesa. Somalilandia fue un protectorado británico; el sur, una colonia italiana. Ambos territorios obtuvieron su independencia en 1960 con pocos días de diferencia y decidieron unirse para formar la República Somalí. Aquella unión nunca fue ratificada jurídicamente y pronto derivó en frustración política. Durante la dictadura de Mohamed Siad Barre, el norte fue bombardeado, causando decenas de miles de muertos. En 1991, tras la caída del régimen, Somalilandia no declaró una independencia nueva, sino que —según su propio relato— reafirmó la soberanía que ya había existido brevemente en 1960.

Mohamed Abdirahman Hassan, director general del Ministerio de Exteriores de Somalilandia, insiste en que ese matiz es clave. “No somos simplemente una región secesionista; recuperamos el estatus independiente del que disfrutamos en junio de 1960, cuando el antiguo protectorado británico fue reconocido por más de 35 gobiernos y se unió a Naciones Unidas. La unión posterior con Somalia nunca fue ratificada legalmente ni proporcionó estabilidad”, explica también en una videollamada desde su despacho en Hargeisa.

Desde entonces, Somalilandia ha seguido un camino propio pese al aislamiento internacional. En 2001 celebró un referéndum en el que el 97% de los votantes apoyó la independencia. En 2003 adoptó un sistema multipartidista y ha logrado una alternancia pacífica en el poder —el actual presidente, Abdirahman Mohamed Abdullahi, fue elegido en noviembre de 2024—, algo poco habitual en una región marcada por conflictos armados y regímenes autoritarios. “Como cualquier democracia joven, hay margen de mejora”, reconoce el número dos de Exteriores, y menciona los desafíos en cuanto a derechos de las mujeres, representación de minorías y desigualdad.

Aun así, al compararse con su entorno, ve su país como “una excepción democrática”. Ocupa el puesto 43 de 100 en el último informe de Freedom House, que la califica como “parcialmente libre”. The Economist la definió en 2017 como “la democracia más fuerte de África Oriental”.

Ese argumento es central entre quienes defienden su reconocimiento. Elsa Aimé, doctora en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos por la Universidad Autónoma de Madrid, lo resume así: “Somalilandia funciona como un Estado desde hace más de 20 años. Celebra elecciones, hay alternancia política y un respaldo social fuerte a la independencia”.

¿Por qué, entonces, nadie se moja? Aimé apunta a un cóctel de principios e intereses: el dogma de la integridad territorial —reconocer Somalilandia implicaría romper con Somalia, un Estado frágil pero reconocido— y el miedo al precedente. “El Cuerno de África está atravesado por movimientos nacionalistas”, advierte. Reconocer una secesión podría abrir una caja de Pandora.

En ese tablero regional, la geografía importa. Somalilandia se asoma al estrecho de Bab el Mandeb, uno de los corredores marítimos más estratégicos del mundo, por el que transita alrededor del 25% del comercio marítimo global. Su puerto de Berbera, modernizado con inversiones extranjeras, es codiciado por actores regionales y globales. Israel lo sabe. Para Aimé, el reconocimiento no se entiende sin el contexto de Oriente Próximo: Gaza, los hutíes en Yemen, la seguridad del mar Rojo. “Desde Berbera a Yemen hay unos 250 kilómetros. Todo está conectado”.

El vínculo de Puigdemont

El gesto israelí ha resonado incluso en el independentismo catalán. Carles Puigdemont, expresidente de la Generalitat de Cataluña y líder de Junts per Catalunya, celebró el reconocimiento desde la red social X y lo vinculó al derecho a la autodeterminación, interpretándolo como una posible vía para otros casos sin respaldo internacional como la causa independentista catalana.

Más allá de ese apoyo simbólico, la decisión de Israel ha generado más críticas que respaldos. Arabia Saudí, Turquía, la Liga Árabe y la Unión Africana se han pronunciado en contra. La UE evitó condenarlo explícitamente, pero reiteró su apoyo a la unidad territorial de Somalia. Estados Unidos no ha reconocido a Somalilandia, pero tampoco ha criticado el gesto israelí. Para Aimé, ese silencio es significativo: “Abre una puerta que antes parecía cerrada”.

La cuestión del estatus de Somalilandia incomoda desde hace años. En 2005, una misión de la Unión Africana reconoció que el caso era “único”, pero el informe quedó archivado. “Es una falta de voluntad política”, concluye Jama. “No de argumentos”.

Para muchos ciudadanos, el problema no es geopolítico, sino cotidiano. El pasaporte somalilandés solo es reconocido por unos pocos países, viajar resulta complicado y, en ocasiones, recibir atención médica fuera del país también. Muchos se ven obligados a usar documentación somalí, lo que convierte cualquier desplazamiento en un proceso largo y costoso.

La cuestión palestina

El reconocimiento israelí provocó celebraciones en Hargeisa y protestas en Mogadiscio, donde se pisotearon fotografías de Netanyahu. También abrió debates incómodos. “Muchos se preguntan cómo podemos relacionarnos con un Estado acusado de atrocidades contra los palestinos”, admite Jama. “Pero es una cuestión de supervivencia política; no significa que hayamos dejado de sentir empatía por Palestina”.

Esa estrategia se escenificó en Davos, donde el presidente Abdullahi defendió a su país como un ejemplo de estabilidad e inversión fiable y se reunió con líderes internacionales, incluido el presidente israelí Isaac Herzog.

En otro imprevisto giro de guion para un territorio tan habitualmente tan silenciado en la agenda internacional, Somalilandia ha aparecido en decenas de documentos vinculados a Jeffrey Epstein, en los que se mencionan oportunidades de negocio en el territorio, desde proyectos financieros hasta iniciativas de agua, reciclaje o estudios de cine.

En un limbo entre la invisibilidad diplomática y la hiperexposición estratégica, este país que no existe para la ONU pero sí para sus ciudadanos se abre camino. El reconocimiento de Israel no resuelve el estatus de Somalilandia, pero ha roto un tabú. Y en el convulso Cuerno de África, eso ya es mucho.

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