La arriesgada jugada política de la primera ministra de Japón
Sanae Takaichi se someterá a las urnas el 8 de febrero tras solo tres meses en el cargo y con los sondeos a su favor, pero los mercados cuestionan la sostenibilidad de sus políticas económicas


Desde que irrumpió en la escena global, la primera ministra japonesa, la ultraconservadora Sanae Takaichi, ha dado muestras de que tiene casi tanto de estrella del rock —tocó en una banda en su juventud— como de líder política. Calibra la comunicación, cuida cada imagen, se defiende en los tiempos brevísimos que exige la trituradora mediática de nuestra era.
En octubre, cuando se convirtió en la primera mujer en ser investida al frente de un Gobierno en Japón, las viejas fotografías de ella, de joven, tocando heavy metal a la batería y a lomos de motos de gran cilindrada dieron la vuelta al planeta. Un primer aviso de que se siente cómoda cuando la adrenalina se dispara, y un complemento idóneo a su aspecto de política de línea dura.
Esta semana, tras solo tres semanas como primera ministra, se lanzó a la ofensiva y convocó elecciones anticipadas para el 8 de febrero con la intención de consolidar su mandato. “Me juego mi futuro político como primera ministra en estas elecciones”, asumió. “Quiero que el público juzgue directamente si me confía la gestión de la nación”. Takaichi, que llegó al cargo sin haber pasado por las urnas, tras la dimisión de su predecesor, Shigeru Ishiba, necesita esa legitimidad.
El movimiento no es nada raro en la volátil política japonesa, pero a nadie se le escapa que también hay algo de extraordinario en él. Con solo 16 días entre la disolución del hemiciclo, el pasado viernes, y la jornada de las elecciones, este será el período de campaña más corto de la posguerra. Tampoco se había disuelto en los últimos 60 años la Cámara al inicio de la sesión parlamentaria ordinaria, como esta vez, según recoge la agencia Kyodo.
Se sabe, porque lo ha dicho ella hasta la saciedad, que Takaichi es una devota de la histórica primera ministra británica Margaret Thatcher, la dama de hierro; a menudo emula hasta su atuendo: traje de chaqueta azul añil, visible collar de perlas. Esta semana, sin embargo, tras sufrir su primera tormenta financiera, algunos analistas comenzaron a preguntarse si el mandato de Takaichi no se parecerá más al escueto calvario que vivió en 2022 la entonces premier británica, Liz Truss.
“¿Se está creando Takaichi su propio momento Liz Truss?”, se preguntaba esta semana el economista Marcel Thieliant en un artículo para Capital Economics. Acosada igualmente por la furia de los mercados, Truss cayó como primera ministra del Reino Unido antes de que diera tiempo a que se echase a perder una lechuga fresca: duró 49 días en el cargo.
Takaichi, de momento, se acerca a los 100 días, y los sondeos muestran un apoyo popular históricamente alto. Su índice de aprobación se situó en el 62% en una encuesta publicada la semana pasada por la cadena pública nipona NHK; otra de Japan News Network lo eleva al 78,1%; Nikkei le concede un 75%. Hay una curiosa disociación entre su figura y la formación que dirige, el Partido Liberal Demócrata (PLD), cuyo índice de aprobación no rebasa el 30%.

Takaichi busca consolidar en las urnas el poder de un gabinete cojo. El PLD gobierna actualmente en coalición, con una exigua mayoría en la Cámara baja y sin alcanzar ese umbral en la alta. Es el resultado de un mapa electoral que se ha ido fragmentando y escorando a la derecha, con un auge de partidos populistas y ultras con ecos trumpianos, que prometen hacer a Japón grande de nuevo y tienen especial tirón entre los jóvenes.
Deuda por las nubes
Entre los asuntos candentes en la campaña estará el de cómo hacer frente a las achacosas finanzas japonesas, tocadas desde hace años por una mezcla de crecimiento débil, inflación, salarios estancados y deuda por las nubes. La primera ministra ha prometido una “expansión fiscal responsable”, a base de recortes de impuestos y gasto expansivo. El día en el que anunciaba las elecciones generales confirmó que pretende sacar adelante una suspensión temporal del impuesto a los alimentos, para aliviar el coste de la vida. Y esto fue lo que alertó a los inversores.
La reacción se sintió enseguida en el mercado de deuda japonesa, y en los del resto del globo: el rendimiento de los bonos del Gobierno nipón escaló el martes hasta batir registros. Un recordatorio de que Takaichi no solo tiene que lidiar con los electores: también se enfrenta a unos inversores que ven con temor un posible desbarajuste en las cuentas de un país en el que la relación entre la deuda pública y el PIB supera el 230%, la más alta entre las economías desarrolladas.
El Gobierno de Takaichi ha apaciguado en parte el nerviosismo, pero el problema podría resurgir. Una situación así “pone en jaque la sostenibilidad de la deuda japonesa”, analiza Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico en Natixis e investigadora principal en Bruegel. “Es muy complicado, para Japón, salir de esta ahora, encima con China metiendo caña...”, dice en referencia a las tensiones entre Tokio y Pekín, uno de los asuntos que han marcado los intensos primeros tres meses del Gobierno de Takaichi.
Desde su investidura, la agenda ha estado cargada. En su primera semana al frente del país ya estaba hablando de acelerar el incremento del gasto militar —es defensora de un Japón con mayor empaque castrense, algo que irrita a China— mientas recibía a Donald Trump con agasajos áureos muy del gusto del magnate estadounidense: sellaron el principio de una nueva “era dorada” entre aliados.
En su segunda semana se fogueó en una primera cumbre internacional, en Corea del Sur: se la vio centelleante entre otros líderes mundiales. Incluso se entrevistó con Xi Jinping, el presidente chino, a pesar de los recelos históricos. Parecía que había ido bien, pero era solo un espejismo.
Para la tercera semana, ya se enfrentaba a su primer incendio geopolítico de calado, tras afirmar que un eventual intento de China de bloquear o apoderarse de Taiwán podría suponer “una amenaza existencial” para su país, lo que justificaría el despliegue de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Pekín montó en cólera. El cónsul chino en Osaka escribió en redes sociales: “El cuello sucio que se mete por todas partes debe ser cortado”, en referencia al pescuezo de la primera ministra, lo que da cuenta del grado de enconamiento (luego borró el comentario).
El rifirrafe ha seguido, con Pekín imponiendo restricciones al acceso de recursos críticos como las tierras raras, cuya producción mundial controla casi en su totalidad. Mientras, Takaichi ha seguido al alza en las encuestas, sin retractarse de sus palabras y generando polémicas, como cuando contó, por ejemplo, que había convocado a sus asesores a una reunión a las tres de la madrugada y confesó que duerme tres horas diarias de media.
La semana pasada volvió a mostrar que se maneja en ese cruce entre la política y el impacto mediático. Durante la visita de Estado del presidente de Corea del Sur, Lee jae-Myung, ambos se sentaron un rato juntos a tocar la batería en un breve ensayo de diplomacia musical. A los pocos días, Takaichi recibió en Japón a la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, y compartieron un selfi en versión anime que Meloni publicó en redes sociales.
Due Nazioni lontane, ma sempre più vicine.
— Giorgia Meloni (@GiorgiaMeloni) January 16, 2026
Amicizia e sintonia con @takaichi_sanae 🇮🇹🇯🇵 pic.twitter.com/LbRlnoeQcZ
“Es tan popular no solo por su política hacia China, sino también por su gran capacidad de comunicación. Nos quedamos impresionados al ver cómo recibió a los líderes de Corea del Sur e Italia”, cuenta por correo electrónico Chiho Kusaka, una instructora de formación empresarial de 57 años que vive en Tokio y ve con buenos ojos las políticas migratorias de Takaichi, un asunto que se ha vuelto candente en Japón con el ascenso de partidos ultra minoritarios.
En los comicios, Takaichi tendrá que enfrentarse a una renovada oposición, tras la alianza entre su viejo socio de gobierno durante 26 años, Komeito, y el principal partido opositor, el progresista Partido Constitucional Democrático (PCD). El nuevo bloque, bautizado como la Alianza Reformista Centrista, también ha prometido el recorte permanente del impuesto sobre los alimentos, y aboga por mantener los llamados “tres principios antinucleares” de Japón: no poseer ni producir ni permitir la entrada de armas nucleares en el país, una cuestión que la primera ministra quiere someter a revisión. Uno de sus líderes, Yoshihiko Noda, describía esta semana los comicios como una competición entre el “yo primero” de Takaichi y su propia propuesta: “La gente primero”.
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