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Retorno al epicentro del Brexit tras una década perdida

Vecinos de Boston, la ciudad británica que más respaldó la salida de la UE, se sienten engañados, cuando se van a cumplir diez años del referéndum y está claro que todo ha ido a peor

Reino Unido

La estatua más célebre de la ciudad de Boston, en la costa este de Inglaterra, está dedicada a un periodista. Quizá radique ahí la causa de todos los males que aquejan a esta villa, que en 2016 se hizo famosa por ser la que más fervientemente respaldó el Brexit en todo el Reino Unido, en aquel referéndum del 23 de junio, del que pronto se cumplirán diez años. Un 75% de la población con derecho a voto apoyó la salida de la UE.

Ironías aparte, los polacos, rumanos, búlgaros o lituanos que pasan por la céntrica Plaza del Mercado desconocen que Herbert Ingram, además de popularizar el periodismo ilustrado con su revista The Illustrated London News, fue un diputado defensor de las reformas sociales e impulsor del “espíritu progresista de la época”, al que los bostonianos apoyaron con entusiasmo. Era a mediados del siglo XIX. En 2025, la ultraderecha de Nigel Farage y su partido Reform UK arrasó en los comicios municipales.

El historiador y museólogo David Worthington reconoce: “Nos presentaron entonces la inmigración como algo incontrolable. No creo que fuera cierto del todo. Es verdad que teníamos en la ciudad un montón de trabajadores extranjeros, pero porque había trabajo para ellos. Es normal que la gente emigre allí donde hay empleo. Creo que la prensa se obsesionó con Boston, y la gente tiende a creer lo que dicen los periódicos. En el caso del Reino Unido, todos sabemos de qué pie cojean la mayoría de los diarios”. Este bostoniano de 63 años recorrió el mundo antes de regresar a su ciudad natal, para hacerse cargo de la vieja Casa Consistorial, el Boston Guildhall, que encierra en sus paredes las glorias de un puerto cuyo comercio de lana lo hizo clave en la Liga Hanseática y segunda ciudad en importancia después de Londres.

A partir de 2004, un flujo incesante de ciudadanos de la UE procedentes de los recién incorporados países de Europa del Este desbordó Boston y sus alrededores. El condado de Lincolnshire produce el 30% de las verduras del Reino Unido y casi el 18% de los pollos que se consumen. Había trabajo de sobra. Según el censo de 2021, la población ha subido en casi dos décadas de 55.000 a 70.500 habitantes. Cuando se celebró el referéndum, Boston era la ciudad británica con mayor población de europeos del Este.

David conoce a los vecinos que apoyaron en su día el Brexit, y sabe de la rabia y frustración que sienten por haber sido engañados. Pero duda de que una segunda votación cambiara las cosas. “Están irritados porque saben que les han tomado el pelo. Todo lo que suponía aquel voto es ahora mucho más aparente. Hasta las pequeñas cosas, como el hecho de que ahora cuando se van de vacaciones a Europa tienen que hacer más colas”, se ríe. “Pero hoy no tendría sentido resucitar ese debate. Hay que esperar al menos diez años más, y ofrecer a la gente una nueva consulta cuando ya hayan entendido lo que votaron”, sugiere.

El acercamiento a Europa que todos desean

Quizá no sea necesario esperar tanto. El Gobierno laborista de Keir Starmer está impulsando de manera cada vez más abierta un acercamiento a la UE, y un alineamiento con sus normas comerciales, algo que hasta hace nada era tabú, por miedo a desatar la ira de los euroescépticos, y que hoy apenas provoca tibias quejas o acusaciones de traición en voz baja de la derecha más recalcitrante. Algún ministro, como el de Justicia, David Lammy, ha llegado a sugerir que se acerca el momento de plantear el reingreso del país en el espacio aduanero de la Unión.

Una tras otra, las encuestas reflejan una opinión pública en el Reino Unido cada vez más arrepentida del Brexit. Un 61% de los británicos se muestra tajante al afirmar que aquella aventura ha resultado un fracaso, según la última encuesta de YouGov. Y un 65% respalda que se busquen lazos más estrechos con Bruselas.

“Yo fui uno de los que votó a favor del Brexit. Y si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, es probable que mi voto hubiera sido otro”, admite John, de 42 años, bostoniano de pura cepa y empleado de la carnicería Carl Dunham, un clásico de la ciudad. Para entender el alma inglesa hay que acudir a estos establecimientos, que exponen con mimo y orgullo sus piezas de cordero, ternera y ave, y mantienen detrás del mostrador la tradición del delantal a rayas, y hasta del canotier de paja en la cabeza. “Sí, pero hay mucha gente como tú que, si hubiera sabido cómo iba a terminar esto una década después, lo que habría hecho es huir de la ciudad”, le corrige su compañero Jimmy, de 34 años. Él es de Essex, y fue el amor a una bostoniana lo que le llevó a la ciudad hace casi ocho años.

“La idea en torno al Brexit era que las cosas iban a cambiar, que íbamos a ser un país independiente y todo mejoraría. Es obvio que en Boston ha ocurrido lo contrario. Todo ha ido a peor. La gente huye de aquí, y los que se quedan tienen miedo de salir por la noche”, dice.

—¿Miedo de qué?

“Si me preguntas a mí te diría que de nada. Pero aquí no estaban acostumbrados a la inmigración, y de la noche a la mañana se les llenó la plaza de gente que no comprenden y que les intimidan. No sé si en estos años ha aumentado o disminuido el número de extranjeros, pero son los únicos que se ven por la calle”, insiste.

Lo cierto es que, muchos de los que ya estaban cuando llegó el Brexit, optaron por quedarse, echaron raíces y sus hijos hablan ya mejor inglés que rumano o polaco. Pero otros muchos se fueron. “Todo es mucho peor. La situación ha cambiado drásticamente. Ahora cualquiera que intente venir —porque trabajo sigue habiendo— debe pasar por muchos trámites burocráticos extras”, se queja Agnes Godzisz, una polaca que lleva 23 años en Boston y dirige una oficina de traducción, transporte, gestión y asesoría legal, tanto para inmigrantes como para británicos.

“Muchos miembros de la comunidad polaca se marcharon después del Brexit. A mí no me ha ido mal, nadie ha sido desagradable conmigo. He trabajado aquí, me he ganado la vida y he criado a mi hijo. Pero tengo muchos amigos a los que les dijeron claramente, después de aquello, que había llegado la hora de que se fueran”, recuerda con amargura.

Poco a poco, los bostonianos han ido asimilando la cruda realidad. Las frutas y las verduras siguen necesitando alguien que las recoja, y las granjas avícolas alguien que las atienda. Y el sueño del Brexit que compraron no incluía una receta mágica que diera la vuelta a esa situación, pero sí la fórmula para que todo lo que pudiera empeorar, empeorara. Hoy la economía de la región se ha contraído, y la falta de mano de obra cualificada ha añadido mayor tensión.

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Sobre la firma

Rafa de Miguel
Es el corresponsal de EL PAÍS para el Reino Unido e Irlanda. Fue el primer corresponsal de CNN+ en EE UU, donde cubrió el 11-S. Ha dirigido los Servicios Informativos de la SER, fue redactor Jefe de España y Director Adjunto de EL PAÍS. Licenciado en Derecho y Máster en Periodismo por la Escuela de EL PAÍS/UNAM.
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