Peter Neumann, filósofo: “Sin la idea de progreso, solo queda la resignación”
El pensador alemán recorre en ‘El largo siglo de las utopías’ la utilidad de los proyectos políticos que aspiraron a reinventar la sociedad, pese a que terminaran en un inevitable fracaso


El filósofo alemán Peter Neumann (Neubrandenburg, 38 años) recorre en El largo siglo de las utopías (Tusquets, traducción de Lorena Silos Ribas) los sueños y las decepciones de los proyectos políticos que aspiraron a reinventar la sociedad en el siglo XX, así como su utilidad pese a que terminaran siendo inevitables fracasos. En su libro anterior, La república de los espíritus libres, Neumann se detuvo en la efervescencia filosófica de la Alemania de 1800, marcada por un clima de optimismo intelectual. En este nuevo ensayo, en cambio, el hilo conductor es el sentimiento de catástrofe que atravesó todo el siglo pasado, pero también la insistencia en imaginar salidas, que lleva al autor a recorrer el arco temporal que va de Nietzsche a Susan Sontag, pasando por Sigmund Freud, Walter Benjamin, Hannah Arendt y Salvador Dalí.
A ese vaivén entre desastre y esperanza, y a sus ecos en el presente, se refirió este joven y brillante pensador —además de periodista cultural del diario Die Zeit— durante una entrevista a mediados de diciembre en un restaurante de su barrio, en el oeste de Berlín.
Pregunta. En su libro, el siglo XX se abre con la erupción del volcán Krakatoa, al este de Java, en 1883 y se cierra con la aparición del coronavirus en Wuhan, en 2019. ¿Por qué usar ese marco tan alejado de la cronología convencional?
Respuesta. Esas catástrofes me servían para explorar la relación entre cultura y naturaleza. Hay una inspiración: Walter Benjamin publica en 1936, en el exilio, una antología titulada Gente alemana, una compilación de cartas escritas por sus compatriotas entre 1783 y 1883, usando otra cronología atípica. A partir de ahí, relata el auge y caída de la sociedad liberal como un presagio del fascismo, de lo que estaba ocurriendo en Alemania desde principios de los años treinta. Tras la pandemia, ante la innegable degradación del mundo en los últimos años, sentí una necesidad parecida de volver a recorrer ciertas ideas ignoradas u olvidadas, pero que quizá necesitamos para mirar hacia adelante.
P. ¿Por qué el siglo XX fue tan propicio para el pensamiento utópico?
R. Es un siglo en que se producen situaciones terribles y, al mismo tiempo, las ideas se hacen más grandes, tal vez como reacción. Lo demuestra, por ejemplo, la proliferación de los ismos. Vivir situaciones extremas empujó a los pensadores del siglo XX a mirar hacia el futuro e imaginar alternativas al desastre. Un ejemplo: en 1945 sucede Auschwitz como catástrofe moral absoluta, pero también la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Incluso en los momentos más oscuros han surgido ideas salvadoras. Tal vez hoy también necesitemos algo así.
P. ¿Las utopías nacen de las crisis o, al contrario, acaban conduciendo a ellas?
R. Las dos cosas. Hasta 1800, la utopía es sobre todo espacial: la idea de un lugar perfecto, como en Platón o Tomás Moro. A comienzos del siglo XIX, esas utopías espaciales se convierten en temporales: dejan de imaginar lugares y empiezan a imaginar futuros posibles, a menudo como respuesta a las crisis. Pero esas ideas también pueden convertirse en crisis por sí mismas cuando sus preceptos fracasan. Es un flujo permanente entre esos dos polos.

P. En el libro compara a Hannah Arendt y Susan Sontag. ¿Qué las une?
R. Recuerdan, cada una en su tiempo, que existe una herencia del pensamiento europeo en momentos de crisis: Arendt en 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, y Sontag en 2003, en plena invasión de Irak. Y esa herencia importa para pensar qué debería ser una sociedad liberal, en un momento en que sus valores están siendo golpeados. Trump viene a decir que Europa no está en su radar: sigue ahí, pero ya no cuenta. Y lo mismo sucede en Europa con los partidos de extrema derecha. Arendt y Sontag recuerdan esa herencia, que procede de la Revolución Francesa y de una tradición intelectual muy europea. Mi intención es ponerla en primer plano: recordarla, defenderla y reactivarla.
P. ¿Le preocupa la rapidez con la que, en los últimos años, se ha desmantelado ese legado?
R. Sí, ha habido un giro cultural. Viene del auge del populismo de derechas, pero también de ciertos movimientos de izquierdas. Hay una crítica muy pertinente a la Ilustración europea: fue demasiado blanca, masculina y eurocéntrica. Pero una cosa son esas ideas en abstracto y otra es cómo se aplicaron en ese tiempo. Yo quiero volver a las ideas puras y preguntarme cómo preservarlas, sin negar las críticas que sean necesarias. Justamente porque están bajo presión me parece urgente defenderlas: no como una reliquia, sino como algo vivo y útil.
P. Si escribiera un libro sobre las utopías del siglo XXI, ¿giraría sobre todo en torno a la tecnología, Silicon Valley y la nueva carrera espacial?
R. Sí, es muy posible. Hay un regreso de la utopía tecnológica que ya conocemos desde la revolución industrial y comienzos del siglo XX. Piense en Metrópolis, de Fritz Lang… Lo que pasa es que hoy adopta formas más libertarias, incluso de derechas. Aun así, también existen utopías de izquierdas. Por ejemplo, el poshumanismo: la idea de no colocar al ser humano en el centro del mundo, sino reconocer que existen otras formas de vida con igual dignidad y que nuestra relación con ellas debe replantearse.
P. ¿Y qué pasa con el movimiento LGTBI?
R. También es una idea utópica. Está conectado con enfoques queer y con cierta tradición del feminismo. Hay, por decirlo así, una ontología que entiende la identidad como algo fluido: se trata de cuestionar las fronteras artificiales. Empieza por la potestad sobre el cuerpo propio: “Mi cuerpo, mi decisión”. A partir de ahí se extiende el argumento: muchos de esos binarismos deben olvidarse o superarse.
P. En el imaginario popular, las utopías están condenadas al fracaso. Usted dice, sin embargo, que incluso esos fracasos dejan una especie de guía para el futuro.
R. Las utopías tienen que fracasar, porque eso forma parte de lo que las hace utopías: que no puedan realizarse por completo. Pero, aun así, dejan una especie de plano para otros pensadores y otras sociedades del porvenir. Al mirar atrás, uno puede detectarlos en otra época histórica y resucitarlos en aras del progreso. Las utopías son útiles incluso cuando fracasan estrepitosamente.
P. ¿Todavía cree en el progreso, otra noción bastante denostada?
R. Sí, me parece imprescindible. Solo podemos entendernos como seres morales, libres y razonables si admitimos algún tipo de progreso. Sé que suena anticuado, pero creo que, sin progreso, lo único que queda es la resignación. Con todo, no creo que sea tan simple como elegir entre progreso o regresión. Me gusta más otra imagen: el vórtice, el torbellino que te arrastra hacia abajo y del que tienes que salir. En ese remolino, avance y retroceso están entrelazados. Y, aun así, si miramos el último siglo, sería absurdo decir, pese a la actualidad, que no ha habido progreso: hay más salud, más seguridad y más derechos democráticos. Sin minimizar los costes, porque los ha habido para el planeta y para partes de su población, prefiero vivir ahora que en 1925.
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