“Hoy el ‘te quiero’ pierde sentido desde el momento en que se dice”: cómo declaramos nuestro amor en 2026
Desde Cyrano de Bergerac hasta la actualidad han pasado muchas cosas, pero las declaraciones de amor se mantienen atascadas entre lo cursi, lo osado, lo desesperado, lo literario o lo vulgar


Pessoa escribió que todas las cartas de amor son ridículas. Raúl Zurita dijo que todo amor es urgente porque nos vamos a morir, aunque esta cita se ha traspapelado y se ha vuelto viral con una forma algo distinta: “toda declaración de amor es urgente”. Y, en cualquier comedia romántica, la declaración es la escena de mayor tensión y contenedora de frases lapidarias. Está claro que las declaraciones de amor no son solo una parte central del discurso amoroso, sino que también funcionan como catarsis que libera la tensión acumulada en películas contemporáneas y en obras de teatro, al menos desde el Renacimiento. Además, tanto las fórmulas y expresiones utilizadas, como la gravedad o la ligereza con la que se lanzan permiten asomarse a la psicología social de cada momento histórico y conocer cuáles eran entonces las ideas y los mitos dominantes respecto al amor.
Pero, sobre todo, la declaración es un problema íntimo y un ritual que atormenta a quien está enamorado y todavía no sabe si es correspondido. Estamos ante una urgencia con implicaciones variadas: logísticas, en el caso de los amores a distancia; económicas, si queremos que la declaración llegue acompañada de un buen regalo; ideológicas, cuando nos oponemos a poner nombre y por tanto reglas a un vínculo; y estéticas, porque asumimos que una parte del resultado de la declaración depende de la habilidad y la elocuencia con la que se enuncie.
Esto último constituye el núcleo argumental de Cyrano de Bergerac, un clásico del teatro francés escrito por Edmond Rostand en 1897. Cyrano, soldado de gran ingenio pero acomplejado por su fealdad, está enamorado de Roxana, a quien también pretende su bello amigo Christian. Cyrano le escribe algunas cartas a Christian, que se las envía a Roxana haciéndolas pasar por propias. Roxana queda cautivada, pero, cuando comprueba que en persona él no es capaz de describir sus sentimientos con la misma elegancia que en sus supuestas cartas, le dice con sequedad: “¡Id a capturar vuestra elocuencia que ha huido!” y le cierra la puerta en las narices. Tras varios enredos y confusiones, el destino de los personajes de Cyrano es trágico. Pero quedan en el aire las preguntas sobre si tan importante como la honestidad de un sentimiento y la densidad del deseo es la capacidad para verbalizarlos o sobre si nuestras palabras nos retratan más que nuestro aspecto o nuestros actos.

Alrededor de 2005, un siglo y algunos años más tarde del estreno de aquella obra, esas preguntas seguían siendo actuales y quienes ahora tenemos entre 30 y 40 años apurábamos las horas de chat en Messenger (entonces chatear era una acción acotada que empezaba y acababa cuando se encendía y se apagaba el ordenador) improvisando giros para transmitir nuestro amor adolescente. A distancia, las declaraciones entre dos individuos protegidos por las pantallas iban del simple “me gustas” a los discursos más alambicados. Eso sí, cuando la respuesta no era la esperada, siempre se podía escribir que “era broma” y reforzar la excusa con un XD, emoticono más pasado de moda que el amor cortés.
Un salto sin red
En esa especie de Biblia del amor millennial que es Gente normal de Sally Rooney, Connell le dice “te quiero” por primera vez a Marianne justo cuando ella le ha confesado algo que la hace sufrir, y añade: “No lo digo por decir, de verdad te quiero”. Más tarde, él recuerda que las palabras le salieron de forma instintiva, “como cuando uno retira la mano de algo que quema”. Como afirma el filósofo Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, los “te quiero” o “te amo” son palabras-frase irreprimibles e imprevisibles. No encierran ningún significado o “depósito de sentido”, sino que tienen un valor “performativo”, es decir, en el instante en que se pronuncian, tienen efecto sobre la realidad (en este caso, sobre la relación entre quienes hablan). Por eso, no basta con que la respuesta a un “te quiero” sea un simple “yo también” o unas palabras cualesquiera, sino que el hechizo solo habrá funcionado si, de vuelta y tan pronto como sea posible, se recibe un “yo también te quiero” o un gesto.
“Me parece muy interesante cómo el te quiero se desvaloriza y pierde su carga en el momento que se enuncia. Pasamos de darle muchísima importancia a integrarlo y naturalizarlo en el lenguaje con el otro. Somos nosotros los que otorgamos tantísimo poder a la expresión”, observa la ensayista e investigadora Andrea Proenza, autora de Cartografías del deseo amoroso (ediciones en el mar, 2025). Además del habitual pánico al rechazo, Proenza detecta dos miedos contemporáneos más entre quienes sopesan si declararse o no. Por un lado, hay quien teme que sus palabras generen determinadas expectativas y se interpreten como una formalización del vínculo o un deseo de oficializar la relación, en lugar de una simple expresión de gozo. Por otro, siempre existe un recelo paradójico a que, si acabamos consiguiendo aquello que deseamos, entonces dejemos de desearlo y se rompa la fantasía.

“Es muy difícil vivir el te quiero en el momento presente sin asociación a otras cosas”, comenta la autora. “Eso nos lleva a pensar si no sería más interesante que cada cual buscara sus propias fórmulas. De hecho, en las relaciones de cualquier tipo se forma un microcosmos de lenguaje que termina por emanar mucho más afecto”, continúa. La poeta y filóloga María Limón está de acuerdo y añade un cuarto riesgo, que se suma al miedo al rechazo, al compromiso y al desenamoramiento: “Experimentamos cierta aversión a decir algunas cosas por primera vez en contextos románticos porque nos muestra vulnerables. Al decir ciertas palabras nos mostramos transparentes y entregamos un poder que quizá no queremos que tengan sobre nosotros; además, su uso no implica necesariamente que luego vaya a haber un cuidado, un trato, o que ese sentimiento se entienda de la misma manera”.
Con todo, el también poeta y filólogo Jesús Pacheco, de 26 años, sí que está a favor de las declaraciones de amor, aunque propone una estrategia para el control de daños: “Declararse es una forma de constatar, de definir y de delimitar. Estoy a favor de ellas siempre y cuando se hagan con la certeza de la correspondencia (para ello, preguntaría a amigas o amigos, porque muchas veces quien se declara no lo ve claro o, por el contrario, lo ve demasiado claro cuando no lo es). El mayor riesgo que al declararse está en la ruptura total de la relación, la pérdida de una amistad tras el salto al abismo para quedarse en nada, en menos de lo que había antes”, advierte.
Esta forma de declararse sobre seguro tal vez no encaja del todo en el guion que hemos asimilado, puesto que para que el mito del amor romántico aparezca completo, debe existir incertidumbre hasta el último momento. De hecho, en Usos amorosos de la postguerra española (Anagrama, 1987), Carmen Martín Gaite explica que la declaración de amor, que ningún hombre podía evitar, significaba someterse a una especie de examen donde a uno le podían suspender. Además, añade la escritora, “el derecho a decir que no, o que todavía no, o que quizá-quizá-quizá era la mayor manifestación de libertad y rebeldía, la única situación donde la chica de postguerra, sin sentir la condena de la sociedad, podía tener la sartén por el mango, inventar algo, dar rienda suelta a su sed de aventura”.
De los requiebros al hardballing
En la escala que va desde el artificio barroco hasta la transparencia más cruda, el requiebro ocuparía el extremo del virtuosismo, mientras que el hardballing se situaría en el de la sinceridad casi cruel. Baltasar Gracián escribió en el s. XVII que “la verdad, cuanto más dificultosa, es más agradable” y el arte del requiebro fue la aplicación de esta máxima al campo del cortejo. Del otro lado, el hardballing es una técnica muy usada en las apps de citas que consiste en ser muy directo desde el primer momento sobre lo que se busca en una relación para no perder el tiempo, rompiendo con el juego tradicional del flirteo.

Si para hablar de declaraciones de amor es importante mencionar el teatro barroco es porque, en muchas ocasiones, las confesiones románticas y su codificación son el principal combustible para sus tramas y para sus alardes expresivos. “El miedo al rechazo es, en realidad, el mejor amigo de la literatura de aquella época”, explica Félix Blanco, profesor de la Universidad de Valladolid y especialista en Lope de Vega. “Lo que subyace en muchas obras, sobre todo en la tragedia calderoniana pero también en la comedia lopesca, es que la declaración de amor es un salto al vacío. El miedo al rechazo es lo que paraliza al personaje y lo que hace que la obra se dilate. Si se declarasen en la primera escena, no habría obra. Ese miedo al rechazo es el motor de la acción y, a la vez, lo que permite que el lenguaje poético se desarrolle. Porque, al no poder decir te quiero de manera directa, tienen que buscar rodeos, metáforas y juegos de palabras y ahí es donde surge la belleza literaria del Siglo de Oro”, continúa.
Frente a toda esta complejidad, el hardballing actual quiere decir las cosas claras. Si aplicaciones como Tinder, Grindr o Bumble han fomentado las conexiones rápidas, simultáneas y efímeras, el hardballing apuesta por expresar desde el primer momento qué es lo que quieres y qué buscas en la otra persona para optimizar los recursos y que no surjan expectativas engañosas en ninguna de las partes. “Estoy totalmente en contra de que el lenguaje empresarial colonice los afectos y que todo pase a medirse en forma de eficiencia. Son muchas las tendencias que están surgiendo en esta línea como el hardballing o el intentional dating”, comenta Proenza. “Todo debe hacerse con intención, saber lo que quieres y comunicarlo para que ni tú ni la otra persona perdáis el tiempo, y nada rompa con tu armonía. Para mí, eso es el wellness del amor. Termina por tener un enfoque muy individualista en el que se busca el beneficio propio”, lamenta.
Decir lo imposible
Barthes señala una paradoja en la declaración: cuanto más se intenta nombrar la singularidad del deseo por el otro, más se cae en palabras vacías o estereotipos. Esta insuficiencia es un límite universal: el lenguaje no basta para expresar la fascinación que produce el objeto amado y no es necesario ser filósofo para haber experimentado algo así (de ahí viene la expresión “me quedo sin palabras”).
Ante esta ausencia de palabras, muchas veces el silencio resulta más significativo que un discurso lleno de clichés. Otras llega impuesto por alguna circunstancia externa que, además de los miedos íntimos, impide que el amor sea declarado o provoca una declaración velada. Es lo que ocurre en Call me by your name, la película de Luca Guadagnino donde Elio (Timothée Chalamet) dice: “Si supieras lo poco que sé de las cosas que importan” y Oliver (Armie Hammer) le pregunta a qué se refiere. Cuando Elio responde: “Sabes perfectamente a qué cosas me refiero”, Oliver lo entiende de inmediato y le advierte que no deberían hablar de esas cosas, reconociendo, en realidad, el deseo mutuo que sienten.
“Al principio el te quiero estaba especialmente reservado para la pareja. Y no cualquier tipo de pareja, sino la tradicionalmente aceptada: la heterosexual. Por lo tanto, que personas a las que históricamente no se les ha permitido estar juntas se dijeran te quiero era algo muy revolucionario, porque estaban participando de los guiones del amor romántico”, explica Proenza. “Luego es una fórmula que se ha ido extendiendo a otras formas de vínculos, como las amistades, pero creo que solo vamos moviendo poco a poco el límite de algo muy acotado”, continúa.
Afortunadamente, hoy estamos acostumbrados a leer y escuchar declaraciones de amor de las formas más diversas. El abanico se ha ampliado, también en cuanto a la forma. Por eso, no hay un consejo único que se pueda dar para abordar ese momento, aunque, como señala Jesús Pacheco, lo más divertido es intentarlo con gracia, recuperando el espíritu del barroco: “Si ya has dado el paso y las consecuencias, en caso de negativa, serán las mismas, ¿por qué no haces el intento de nombrar lo inefable? Las mejores metáforas pueden brotar ahí, en el nervio, la ilusión y el miedo”.
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