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Muere Irene de Grecia, la princesa de las mil caras: hermana de la reina Sofía, arqueóloga, concertista, animalista y ufóloga

La princesa ha muerto a los 83 años en Madrid. Hija, hermana y tía de reyes, siempre se mantuvo en un segundo plano, aunque tuvo una vida fascinante. Nació en África y vivió el exilio en El Cairo, Roma y Madrás

Irene de Grecia y Dinamarca, hermana pequeña de la reina Sofía, ha muerto este jueves 15 de enero a los 83 años en Madrid. “Sus Majestades los Reyes y Su Majestad la Reina Doña Sofía lamentan comunicar el fallecimiento de Su Alteza Real la Princesa Irene de Grecia a las 11.40 de hoy en el Palacio de la Zarzuela de Madrid. El departamento de Comunicación de la Casa de S.M. el Rey informará de las ceremonias que se organicen para su velatorio en España y el posterior traslado del féretro a Grecia para su entierro en el cementerio de Tatoi”, se lee en la nota con la que se ha comunicado su fallecimiento. Según diversas fuentes, llevaba tiempo sufriendo un grave deterioro cognitivo. De hecho, doña Sofía canceló esta semana algunos actos de su agenda. La última vez que Irene de Grecia se dejó ver en público fue en febrero de 2025, cuando viajó a Atenas para asistir a la boda de su sobrino Nicolás de Grecia y Chrysi Vardinogianni. Hasta ese momento, era una habitual en los veranos que la Familia Real española disfrutaba en Palma, posando junto a ellos en las salidas por las calles de la ciudad. Fue en el verano de 2024 la última vez que viajó a la isla, donde ya se le pudo ver en silla de ruedas.

Nieta de reyes, hija de reyes, hermana de reyes y tía de reyes, la princesa era uno de los miembros con más “sangre azul” de la realeza europea. En su árbol genealógico había cinco soberanos helenos, dos emperadores alemanes, ocho monarcas daneses, cinco suecos, siete zares de Rusia, un rey y una reina de Noruega y una de Inglaterra. Pero también era uno de los personajes más excéntricos del Almanaque de Gotha. Era tan singular que sus ocho sobrinos, incluido Felipe VI, la llamaban “Peculiar” o “tía Pecu”. No recibía una asignación económica oficial, no tenía grandes posesiones, no lucía joyas, ni ropa de firmas de lujo. Tampoco quiso tener marido o hijos, lo que le permitió tener una libertad inusual para una mujer de su posición y vivir varias vidas. Fue aprendiz de arqueóloga y concertista casi profesional, alumna avanzada del hinduismo, filántropa, animalista, entusiasta del esoterismo, aficionada a la ufología y al mundo paranormal.

Nada en la vida de Irene de Grecia fue muy convencional. Nació el 11 de mayo de 1942, en plena II Guerra Mundial y lejos de Grecia, el país que le daba nombre a su apellido. Su madre, Federica de Hannover, nieta del último emperador de Alemania, la trajo al mundo en una casa a las afueras de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, mientras huían del nazismo. Su padre, el rey Pablo, quinto monarca heleno de la Casa de Glücksburg, la misma que hoy sigue reinando en Dinamarca y Noruega, era todavía príncipe heredero y se encontraba en El Cairo, donde su hermano el rey Jorge II radiaba mensajes al pueblo heleno en apoyo al Gobierno griego en el exilio.

En medio de esos tiempos de guerra, la reina Federica bautizó a su hija con el nombre de Irene, que en griego significa “paz”. La finca donde vivían, propiedad del general Jan Smuts, primer ministro de la Unión Sudafricana, también se llamaba Irene. Allí pasó sus primeros años de vida, rodeada de animales y junto a sus dos hermanos mayores, el príncipe Constantino —fallecido en enero de 2023— y la princesa Sofía. No tuvo una infancia privilegiada, pero sí llena de cuidados, con una niñera escocesa que le enseñó a hablar en inglés y un cocinero zulú.

Tras la derrota de las Potencias del Eje y el final de la II Guerra Mundial, la familia real griega se trasladó a Alejandría. Fue el preludio de su regreso a Grecia. Allí Irene y sus hermanos compartieron tardes de juego con los hijos del rey Faruk de Egipto. En 1946, después de cinco años de exilio, los Grecia volvieron a Atenas. Casi el 70% de los griegos votó en un referéndum a favor de la restauración de la monarquía. Pablo y Federica, príncipes herederos, y sus tres hijos se instalaron en una villa en el barrio ateniense de Psykhikó. “En aquel tiempo ya sabíamos que pertenecer a la realeza no era algo para divertirse”, contó la princesa a su biógrafa, Eva Celada, en la biografía Irene de Grecia, la princesa rebelde, publicada en 2005.

Tras los pasos de Sofía

La vida de la familia real griega cambió tan solo seis meses después de haber regresado del exilio. El 1 de abril de 1947 fallecía el rey Jorge y el príncipe Pablo, padre de Irene, se convertía en el nuevo rey de los helenos. Los hijos del nuevo monarca, Constantino, Sofía e Irene, tuvieron una niñez y adolescencia acomodada entre el palacio real de Atenas y el de Tatoi, a las afueras de la capital, rodeados de música, literatura y naturaleza. Pasaban los veranos en Mon Repos, en la isla de Corfú, y los inviernos en Falken, en Austria. Durante el año visitaban a sus parientes de otras dinastías en el Reino Unido, Dinamarca, Noruega y Suecia.

La hermana de la reina Sofía empezó a tocar el piano por la admiración que sentía a músicos como Menuhin y Rostropóvich. La famosa concertista griega Gina Bachauer fue una de sus maestras. En esos años también cultivó su pasión por la arqueología bajo la tutela de Teofanas Arranitopoulou. Participó con su hermana en el descubrimiento de piedras y otros objetos arqueológicos. De esos hallazgos nacieron dos publicaciones, Cerámicas en Decelia y Miscelánea arqueológica.

Cuando la princesa Sofía se fue a estudiar al estricto internado de Salem, en Alemania, su hermana pequeña la siguió. En 1951, con solo 10 años, entró en este exclusivo boarding school dirigido por el profesor Kurt Hahn. Salem se regía por un sistema de enseñanza basado en la doctrina filosófica de Platón. Allí todo giraba en torno a la idea de dar responsabilidades a los niños. Las princesas y el resto de las alumnas tenían que levantarse a las seis y media de la mañana, hacer sus camas y salir al patio a correr y hacer ejercicio físico. Se duchaban con agua fría, iban a clase y luego realizaban tareas comunitarias como lavar los platos, servir las mesas o pelar patatas.

La mayoría de edad de la princesa Irene fue más turbulenta. En 1962, su hermana se casó con Juan Carlos de Borbón y abandonó Grecia. Dos años después, su padre, el rey Pablo, falleció a causa de un cáncer de estómago. En abril de 1967, su hermano, Constantino, el nuevo rey, apoyó el golpe de los Coroneles. Meses después, el joven monarca protagonizó un contragolpe fallido y la familia real tuvo que huir del país.

Con solo 25 años, Irene volvió al exilio con lo puesto. Esta vez se instaló en Roma. “La princesa utilizó una de sus pasiones, la música, como vía de escape a la situación de desarraigo que le tocó vivir”, cuenta su biógrafa, Eva Celada. Siguió formándose con el violinista y director de orquesta Yehudi Menuhin y se convirtió en una concertista casi profesional, tocando por Europa y Estados Unidos. También empezó a pasar temporadas en Madrás, en el sudeste de la India, con su madre. La reina viuda y su hija pequeña practicaban la meditación y el yoga y estudiaban la filosofía hindú. “Cuando tienes que salvar tu alma, no te importa mucho lo que piensan los otros”, diría Irene años después.

La muerte de su padre y la vida en Madrás la llevaron a abrazar el veganismo y las causas animalistas. “Cuando mi padre murió, tuve experiencias espirituales muy fuertes. Era una gracia de Dios, a pesar de su muerte, tener ese consuelo. Pensamos que si Dios puede consolarnos a nosotros en un momento tan grave, ¿por qué nosotras no podíamos dar ese consuelo a los animales y permitirles vivir?”, explicó a Celada.

Testigo de la Transición

En 1975, tras la restauración de la monarquía en España, Juan Carlos I invitó a la princesa Irene y a la reina Federica a vivir en el palacio de La Zarzuela. Les dio el pasaporte español y el apellido “De Grecia”. La hermana de la reina Sofía decidió quedarse unos años más en la India y se instaló definitivamente en Madrid después de la muerte de su madre, en 1981. Federica de Grecia falleció repentinamente tras someterse a una intervención de párpados. Esa pérdida acercó todavía más a las hermanas. Desde entonces, Irene vivía en el ala derecha de Zarzuela, donde contaba con una habitación y un saloncito. Allí falleció este jueves. La reina Sofía canceló todos sus compromisos y no se movió de su lado hasta el final.

Irene fue testigo de excepción de la Transición. El día del 23-F estaba nadando en la piscina climatizada del palacio cuando le informaron sobre el golpe de Estado. Pasó esa noche con la Familia Real española en un salón contiguo al despacho del rey Juan Carlos. “El golpe fue una experiencia tan fuerte que atenuó un poco el duelo por la reciente muerte de mi madre”, admitió a su biógrafa.

Siempre tuvo una relación cercana con su cuñado, Juan Carlos I. “Los dos somos como hermanos. Le puedo decir lo que quiero, él me gasta bromas… Mi padre decía que Juan Carlos tenía una sensibilidad muy especial en situaciones difíciles, una intuición muy fuerte”, reveló a Celada. Cuando esta le preguntó si el Rey había cambiado desde que llegó al trono, ella respondió: “Él sigue siendo un rebelde”.

Ella también era una rebelde, al menos a los ojos de los de su clase y posición. Nunca echó de menos casarse o tener hijos. “Hay gente que tiene la suerte de casarse y otros que tienen la suerte de no casarse. Yo considero la soltería como mi suerte y mi destino”, decía. “No me quejo por no haber tenido hijos. Yo soy demasiado revolucionaria y me he interesado en muchas cosas”.

Su obra más revolucionaria fue la fundación Mundo en Armonía, que creó para enviar los excedentes de alimentos de la Unión Europea a países en desarrollo. Un día de 1986, mientras estaba en la India haciendo sus estudios de análisis comparativo entre griegos e hindúes, leyó en un periódico que el Gobierno alemán estaba sacrificando vacas porque había remanente de leche. Viajó a Europa y descubrió que se estaba matando a cuatro millones de animales en el continente. Entonces empezó a preguntar si podía llevárselos a la India, donde se podía aprovechar a estos animales para el trabajo en el campo y utilizar su leche. Con la ayuda del rey Juan Carlos, convenció al canciller Helmut Kohl para que Alemania empezara a donar ganado para el primer proyecto de Mundo en Armonía.

Irene de Grecia y Dinamarca, nieta, hija y hermana de reyes, hizo el viaje inaugural de su fundación a Bangalore con cien vacas. Voló durante 14 horas junto al ganado. El insólito proyecto fue un éxito y atrajo la atención de la prensa española e internacional. En los siguientes años convenció a ganaderos de Cantabria, Asturias y de otras regiones de España y Europa para que donaran ejemplares para los proyectos de Mundo en Armonía. En los prolegómenos de la guerra del Golfo, en 1990, las fronteras occidentales de Jordania quedaron cerradas a causa de los preparativos bélicos. Ella consiguió que se transportaran desde la India centenares de vacas con sus crías, cuya leche alimentó a muchos niños jordanos durante los meses que duró el conflicto.

En 2002, sufrió un cáncer de mama y se sometió a un tratamiento de quimioterapia durante seis meses en la clínica Ruber de Madrid. “Ojalá todos los pacientes tuvieran el trato que tuve yo”, reconoció años después en su biografía. Era profundamente religiosa y esotérica, pero también mostraba gran interés por el ocultismo, la quiromancia, los ovnis y todo lo desconocido. Tras superar la enfermedad, explicó a su biógrafa: “Aquella época [la del cáncer] me enseñó que no hay que tener miedo. Las cosas pasan aunque tengas miedo, por lo que es mejor ser positivos, tener fe y aceptar que puedes morir. Hay que estar preparado. Saber que esta vida no lo es todo y que hay otra vida más allá”.

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Sobre la firma

Martín Bianchi
Martín Bianchi Tasso es coordinador de Estilo de Vida en El País Semanal y además colabora con la sección de Gente de EL PAÍS. Fue redactor jefe de la revista ¡Hola!, jefe de Sociedad en Vanity Fair y jefe de Gente y Estilo en Abc.
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