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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Ser felices en un mundo que arde

Cerca de la treintena, nuestros sueños son parecidos a los de las protagonistas de ‘Sexo en Nueva York’, pero, si la protagonizásemos nosotros, la serie se llamaría ‘Precariedad en València’

Empecé el año en Logroño junto a mis amigos de toda la vida, entre pinchos, risas y copas de buen Rioja. Fueron unos días que, con el paso del tiempo, te hacen decir aquello de que éramos felices y no lo sabíamos. Pero aquel oasis de tranquilidad duró poco. Tras la injerencia en Venezuela y la amenaza de anexionarse Groenlandia, me di cuenta de que Donald Trump es un ruido de fondo que ya no podemos seguir ignorando.

2026 ha llegado como un suspenso en un examen que creías haber hecho bien en el instituto, y nos ha dejado fuera de juego; como si alguien hubiera cambiado la contraseña de acceso al mundo y, de repente, hubiésemos perdido el control por completo.

Desde que empezó el año, miro a mi alrededor y la apatía y la desesperanza parecen apoderarse de muchas de las personas que me rodean; y no es para menos, porque las pocas certezas que configuraban nuestras vidas parecen estar saltando por los aires. La hora de los depredadores, de la que habla Giuliano da Empoli en su libro, ha llegado. Por eso, como hacía Carrie Bradshaw en sus columnas en The New York Star, no puedo dejar de preguntarme: ¿Cómo podemos ser felices en un mundo en llamas? ¿Cómo podemos seguir adelante con nuestras vidas en esta era de la crueldad en la que vivimos? Cerca de la treintena, nuestros sueños, aspiraciones y anhelos son parecidos a los de las protagonistas de Sexo en Nueva York, pero tengo la impresión de que, si la protagonizásemos nosotros, la serie se llamaría Precariedad en València.

Un día, el fotógrafo napolitano Ciro Pipoli hizo una foto que le cambió la vida. En ella —digna de la Parthenope de Paolo Sorrentino— se ve a un anciano de los Quartieri Spagnoli de Nápoles, sin camiseta y luciendo un buen bronceado, con el lema vital tutto passa tatuado en su pecho, unas Ray-Ban negras y una gorra con el eslogan “not from Paris, madame”. De fondo, un altar que mezcla elementos religiosos con otros de la cultura popular, de esos que montan los napolitanos en sus casas y que tanto te sorprenden cuando llegas a aquella ciudad, decadente y llena de belleza al mismo tiempo. Això també passarà, escribió una niña valenciana en una pancarta que colgaba de su balcón durante la pandemia del COVID-19. Y no se me ocurre mejor metáfora: al igual que se fue la pandemia, también se irá Donald Trump y nos iremos nosotros —aunque mi madre me dijera siempre que ella y yo no nos íbamos a morir nunca.

También Séneca nos dijo, hace más de 2.000 años, que la libertad es no ser esclavo de ninguna cosa, de ninguna necesidad y de ningún azar. Creo que, más allá de que decida invadirnos o no Donald Trump, lo más importante es asumir que nunca vamos a encontrar el manual de instrucciones de la vida y que no hay descubrimiento más grande que aprender a disfrutar del camino y los lugares a los que nos lleva.

¿Qué os deseo para el 2026? Que no dejéis que los César Borgia en potencia que quieren gobernar el mundo os arrebaten al niño que lleváis dentro. Como escribió hace unos años en estas páginas Manuel Vicent: “Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina”. 2026: allá vamos. Que nadie nos robe la belleza.

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