Justin McDaniel, el profesor que ha creado un club para lidiar con la desesperación existencial
Desde la Universidad de Pensilvania propone lectura y debate en un curso para saber perder
Uno de los cursos con mayor demanda de la Universidad de Pensilvania, parte de la exclusiva Ivy League —una de las más prestigiosas del mundo—, no promete innovación, ni ventaja competitiva ni enseña a maximizar recursos o tiempo. Consiste en leer novelas tristes durante horas y hablar de ellas en la oscuridad. La clase se titula Existential Despair. Su creador, el profesor Justin McDaniel, lo define sin rodeos: “La desesperación existencial es la que compartimos por el simple hecho de estar vivos”. No alude a un dolor concreto —un divorcio, una ruptura, una humillación—. “Eso es una desesperación causada por algo concreto. La existencial es distinta: viene con la muerte, la vejez, la enfermedad, la soledad. No puedes señalar una causa. No puedes evitarla. No puedes controlarla”.
El curso nació de la frustración. Durante años, McDaniel citó en clase referencias culturales que consideraba básicas y recibió, a cambio, silencio. “Hablaba de una novela famosa, de un Nobel, de una pieza de música, de un cuadro que cualquier adolescente debería conocer. Y me miraban en blanco. Un día me enfadé tanto que les grité y me fui”.
Dos alumnos lo siguieron hasta el despacho. Querían leer. Les propuso una prueba. “Solo lo creeré si leéis un libro delante de mí”, les dijo. Un sábado los encerró en una pequeña biblioteca, les retiró los móviles y les entregó una novela de casi 500 páginas a cada uno. Ocho horas después la habían terminado. “Tuvimos la mejor conversación que he tenido nunca sobre un libro. Eran brillantes. Vieron cosas que yo no había visto”.
Hoy el curso recibe centenares de solicitudes. Cada semana, los 45 estudiantes admitidos descubren esa misma tarde qué libro leerán. “No quiero que investiguen el libro ni que traigan notas”, apunta McDaniel. Leen durante cuatro o cinco horas. Después apaga las luces. “Hablamos en completa oscuridad”.
Su defensa del curso y de las humanidades va en contra de un entorno cada vez más orientado hacia STEM (enfoque pedagógico que integra ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas a favor del aprendizaje práctico y aplicado). “No tengo problema con la educación práctica”, aclara. “Pero yo no lo llamo educación; lo llamo entrenamiento. La educación no tiene respuestas. No te da un libro de instrucciones para vivir”.
McDaniel sostiene que la eficiencia, convertida en valor supremo, deja fuera una parte sustancial de la experiencia humana: “Si de verdad quisiéramos ser eficientes, lo seríamos. Pero nadie come perfecto, ni duerme perfecto, ni elige pareja de manera óptima. Nuestra existencia no la define la racionalidad; sino la irracionalidad”. Para él, la literatura no promete redención, pero sí reconocimiento: otros han transitado el desamor, la enfermedad, la vergüenza o la pérdida. Otros han pensado antes lo que nosotros apenas empezamos a formular: “Si mandamos jóvenes al mundo para ser neurocirujanos o banqueros, también deberíamos prepararlos para ser emocionalmente sofisticados. Yo deseo que mis estudiantes tengan vidas bonitas, pero sé que no estarán libres de sufrimiento (…) Y quizá no tendrán recursos. Pero hay millones de novelas, películas, obras de arte y piezas musicales que exploran estas experiencias con complejidad. Podemos enseñar las maneras en que otros han intentado construir significado a lo largo del tiempo: cómo fracasaron, cómo lo lograron, o cómo se quedaron a medias. Esos ejemplos te muestran que no estás solo”, concluye
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