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Gurruchaga está cabreado: “Vivimos unos tiempos autoinquisitoriales terribles”

‘Showman’ incansable de la escena, el cine y la televisión, el fundador de la Orquesta Mondragón celebra con una gira los 50 años de la banda. Y aprovecha para insistir en una de las cosas que mejor se le dieron siempre: no callarse

Javier Gurruchaga, fotografiado la semana pasada en el Museo Reina Sofía de Madrid.Jacobo Medrano

Al final, no fue ni el empleado de banca que querían sus padres ni el estudiante de Filosofía y Letras que quería él. Pero como ya con cuatro añitos contaba chistes en público, como se ve que el escenario lo quería y como su ama venía de una familia de txistularis y le obligó a estudiar solfeo, Javier Gurruchaga (San Sebastián, 68 años) iba a acabar ganándose la vida algo más que decentemente con la música. Con el show. En 1976 fundó junto con varios amigos la Orquesta Mondragón, un disloque creativo y transgresor a medio camino entre el rock and roll, el circo… y el manicomio. No por casualidad en Mondragón estaba el psiquiátrico de Santa Águeda, célebre en el habla popular de los guipuzcoanos: “¡Tú estás como para que te lleven a Santa Águeda!”.

Gurruchaga, Popotxo Ayestarán, Jaime Stinus y los demás parieron, desde una contrastada calidad musical que bebía de fuentes como Elvis Presley, John Lennon, Lou Reed y la música negra, sucesivos himnos al cachondeo. Sus títulos: Viaje con nosotros, Ellos las prefieren gordas, Corazón de neón, Ponte la peluca, Bésame, tonta… Todo ello, sin olvidar la vis interpretativa en el cine, el teatro y la televisión de un Javier Gurruchaga que marcó un antes y un después en la historia de los programas televisivos de entretenimiento con sus intervenciones en espacios como La bola de cristal, Viaje con nosotros o algún otro como el descacharrante Especial Nochevieja de 1988. La Mondragón celebra este año sus bodas de oro con una gira cuyas próximas citas serán este viernes 20 en el Circo Price de Madrid, el 26 de abril en Bilbao y el 7 de mayo en San Sebastián.

Otra vez en la carretera. Otra vez en el escenario. ¿No puede vivir sin él? ¿Hay un síndrome escenario?

Sí, sí, yo no puedo estar sin subirme a uno. Empecé a hacerlo con 12 años como presentador de un concurso de cuentos infantiles en la Biblioteca Municipal de San Sebastián, así que imagínate. Bueno, con cuatro ya contaba chistes en público en las Escuelas Nacionales del barrio de Amara y enseguida vi que la gente se descojonaba. Además, yo era buen estudiante, y un chaval guapito. Uno se da cuenta muy pronto de si tiene capacidad de seducción. Lo del escenario es adrenalínico. Yo, cuando acabo un concierto, tardo varias horas en bajar, y en coger el tono para poder dormirme, que, por cierto, me gusta dormirme muy tarde.

¿Es como que cuesta incorporarse a la vida normal?

Sí, yo no sé si es la serotonina o qué otra otonina o qué, o el hecho de estar con el público, esa química…, hay como una relación amorosa con el público, hay como unos rayos eléctricos que fluyen, es una ceremonia, ¿cómo no te va a gustar eso? Y es mutuo. Y eso lo ves desde arriba.

¿Porque usted lo ve, ve las caras y los gestos del público?

Lo veo, lo veo, aunque tengo que confesar que me ha ayudado bastante mi astigmatismo miópico, porque así he vencido un poco mi timidez. Si hubiera visto siempre las caras de la gente, probablemente me habría asustado. Como las veo desenfocadas, pues me lanzo más.

¿Y eso tiene fecha de caducidad?

Je, je, je, hay gente que me dice: “¿Qué, cuándo te vas a jubilar?”. Pero yo he tenido la suerte de haber elegido una profesión en la cual no soy ningún numerito que dependa de ningún ente. No. Yo soy señor y dueño de mi propia historia. Y tengo ejemplos maravillosos de gente que no quería jubilarse de esto: Sinatra, Aznavour…

… Mick Jagger, que tiene 82. Usted, solo 68. Aún le queda.

¡Jagger, claro! ¡Y Aznavour estuvo actuando hasta los 94! Esta profesión no se puede dejar, quieres seguir ahí, quieres que te quieran, quieres entretenerlos. Es lo que he sido yo, un entertainer.

¿Qué queda de los inicios? Recuerdo un concierto de la Orquesta Mondragón en el teatro Príncipe de Donosti, en 1980 o 1981. La gente estaba fumando porros. Usted paró el show y dijo: “Queridos amigos, el teatro se puede quemar”. Un numerito.

No. Se puede quemar, no. Es que empezó a quemarse. Se quemó parte de la cortina, hasta que alguien apareció con un extintor. El Príncipe era todo de madera. Aquello podía haber ardido entero. Pero fue un concierto mágico, lo recuerdo.

Uno salía de ver un concierto de la Orquesta Mondragón y pensaba: joder, esto es distinto a todo.

Éramos conscientes de que salíamos de una dictadura, de que había temas tabú y de que nosotros nos saltábamos bastante los tabúes. Aquello era un disparate, yo vestido de novia con un oso de peluche y repartiendo pollitos teñidos de colores, cantando en inglés macarrónico, Popotxo en una silla de ruedas, los enanos, la ambigüedad hombre-mujer. Era todo muy Fellini. A mí el cine me ha influido muchísimo: Fellini, los hermanos Marx, Charlot… Igual que los Beatles, los Rolling Stones, Elvis, el jazz… Pero repito, eso no se había visto en España, y yo diría que ni en Europa.

¿Vería alguno de aquellos conciertos de la Mondragón el subteniente Maeztu, que le inició en el saxofón en la mili?

Aaaah…, te sabes lo del subteniente, ¿eh? ¡Qué buen hombre! Yo fui voluntario a la mili. Estaba en el cuartel de Loyola, llevaba el pelo largo y hacía muchas tonterías, y aquel hombre se fijó en mí, claro. Me metió en la banda de música y no hacíamos guardias, éramos unos enchufadetes. Él vio maneras en mí. Creo que nunca me vio actuar.

Empezó de botones en un banco, pero, de repente, la música. ¿Cómo? ¿Por qué?

Mi madre quería que estudiara solfeo y me llevó al conservatorio con siete años. Quería que estudiara txistu o acordeón, porque ella era hija de txistularis. Además, yo cantaba en el coro de niños de la iglesia de San Vicente en la Parte Vieja de San Sebastián, y aquello me fascinaba.

O sea, que en parte debemos su carrera musical al Ejército y a la Iglesia…

Pues… sí. Y nada, de ahí a terminar el bachiller, de ahí al banco, de ahí al Ejército, y de ahí, ¡ladies and gentlemen!, la Orquesta Mondragón. En todo tuvo mucho que ver, claro, el Festival de Jazz que teníamos en San Sebastián y la influencia de la música negra, que en mí fue enorme. El soul, el blues…, yo pude ver a Ella Fitzgerald, a Sarah Vaughan, a Sidney Bechet, a Count Basie, a Ray Charles…, y entonces empecé con el saxo. Pero vi que otros tocaban mejor, y entonces ya me dediqué a cantar.

¿Sigue siendo el saxo su instrumento favorito?

Sí, ese y el piano. Pero el saxo es una continuación de uno mismo, del cuerpo, del esófago, es como si la música te saliera del estómago. Es una prolongación de uno mismo, más que cualquier otro instrumento. Es como si acariciaras una trompa de elefante que tienes en casa.

Y todo aquello pasaba en San Sebastián, una ciudad que algunos consideran pija y ñoña, pero donde siempre hubo buenos tugurios y mucha movida musical: la Mondragón, Puskarra, Derribos Arias, 21 Japonesas, Duncan Dhu, La Oreja de Van Gogh…

Brakaman, Jaime Stinus… Es increíble el microcosmos musical que se creó en esa ciudad y, en general, el microcosmos cultural. En los años cincuenta ya había un festival de cine, en los sesenta un festival de jazz… Puede quedar un poquito feo que lo diga yo, pero fuimos unos adelantados con respecto al resto de España. Una ciudad muy cosmopolita y sí, a veces muy pija. Pero como mi familia era de clase trabajadora y yo fui un chaval de la calle, conocí otra ciudad, muy distinta a la oficial, un mundo más urbano, más abierto, más real, y eso forja carácter.

¿Podríamos decir que la mezcla de Donosti y Madrid, más el tiempo que vivió en México, moldean el carácter de Javier Gurruchaga?

Sí, bueno, cuando fui a Madrid ya tenía otro estatus, claro. Viví primero en la zona de Ópera, al lado del Teatro Real, que me encantaba, soy superfán del rey Felipe IV, ¡quién me iba a decir a mí que años después yo sería su valido en el cine, el conde-duque de Olivares, que además hasta me parezco, ¡esa nariz, esa caída de ojos! Empecé a vivir en hoteles, iba a las librerías de viejo de la calle del Arenal, empecé a aficionarme mucho a los libros antiguos y…

… ¿por qué en hoteles?

Es que vivir en hotel siempre me ha gustado. Te lo hacen todo y tú puedes concentrarte en lo tuyo. No tienes que ponerte a fregar, yo no soy de eso.

Pero acabó comprando un piso en la calle de la Libertad, en el barrio de Chueca.

Sí, buscando localizaciones para una película, encontré ese piso en la calle de la Libertad. No me lo podía creer. El edificio había sido un convento de monjas.

¡Otra vez la Iglesia en su vida!

Sí, yo entraba allí y me imaginaba las películas de monjitas, de santa Teresita del Niño Jesús, y luego averigüé que era un edificio de 1780, ¡o sea, que yo vivo en una casa que es de cuando Napoleón! También fue una academia de baile. Es de las casas más viejas de la calle de la Libertad, una calle en la que hubo iglesias, capillas, conventos, cabarets, teatros, tabernas…

¿De cuándo estamos hablando?

De 1981. Primero lo alquilé y cinco años después lo compré. Vivo ahí desde hace 45 años. En ese piso rodó Pedro Almodóvar ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y La ley del deseo, y Luis García Berlanga París-Tombuctú, y se grabaron muchos programas de televisión de La bola de cristal. Me hace gracia vivir en un sitio que es como un plató. ¿Me estoy enrollando mucho?

Qué va. Desde aquellos tiempos, ¿cuántas veces se ha reinventado usted? ¿Y cómo se reinventa?

Es que todo está inventado ya.

Uf, esa frase nos da un poco de bajón, ¿no?

Pues sí. Cuando te vas dando cuenta de eso, te cuesta más hacer todo. También componer, buscar temas.

A lo mejor puede hacer otra canción sobre o contra Donald Trump. Ya lo hizo en 2018 con el single ¡Que viene Trump!

No hay nada que me horrorice más que dedicarle el más mínimo minuto a ese señor, que es un espanto, un horror, un nuevo Hitler. Es malo, pero incluso malo entre comillas, ese malo de los cuentos de los hermanos Grimm. Los músicos, los escritores y los científicos se están yendo de Estados Unidos, no hay quien viva allí, es una sociedad dirigida por un millonario que hace lo que quiere, que declara guerras sin consultar con el Congreso, que insulta a las mujeres, a los hombres. Estamos ahora mismo en un momento durísimo, y ante ese panorama es muy difícil trabajar y componer. Pasa un poco lo que pasó en la pandemia, que yo no tenía ninguna gana o inspiración para componer nada, estaba pensando solo en no morirme.

Esas tragedias modernas —pandemia, Trump, Putin, Netanyahu, guerra…— ¿han acabado por desmoralizarlo o sigue en la trinchera como cuando escribió en 2022 la canción ¡No dispares más!?

No, yo no me echo para atrás, trato de seguir disparando. Pero la verdad es que no encuentro ahora mismo en los políticos elementos divertidos como para parodiar, para reír, para componer. Y cuando digo eso, hablo de la clase política internacional y de la propia, claro. No son atractivos, son vulgares, son mediocres. ¡Un portero de discoteca hortera, presentador de concursos sin estudios, es el que gobierna el mundo y el que está bombardeando la antigua Persia, que estaba ahí antes que los griegos y los romanos aunque mucha gente no lo sepa! Estoy mitinero, ¿eh?

Cambiemos de tercio. Se ha solido autorretratar como “un gran tímido”, también en esta entrevista. ¿No es pose? ¿Es verdad? Cuesta creerlo de un showman así.

Sí, sí, sí…, pero es que… es que como bien está escrito en el Orlando de Virginia Woolf, la persona es muchos yoes. Mi yo básico es tímido. Soy hijo único, siempre con miedos, siempre prudente. Pero precisamente por eso yo creo que me gusta esta profesión, porque me hace vencer los miedos, y con el pretexto de ser otros yoes interpreto otros personajes que son yo y no son yo, o sea, son también yo, pero más extrovertidos que el original. Por eso me gusta disfrazarme, camuflarme.

¿El showman es la careta de Javier Gurruchaga?

Sí, y yo creo que la careta de cualquier actor y actriz. Es como Jekyll y Hyde. En el fondo, todo es un juego y a mí la profesión de entertainer me permite jugar. Y si la cosa sale bien, engatusar al público. Y eso es maravilloso.

¿No cree que, si no hubiera sido el showman y el actor que ha sido, le habrían valorado más en lo musical?

Estoy bastante de acuerdo con eso. Yo, cuando empecé, era un cantante de rock duro. Lo que pasa es que, con el tiempo, uno intenta llegar al mayor público posible. No es que te vendas, es que quieres agradar a cuanta más gente mejor. Yo me abrí poco a poco a estilos más melosos, más comerciales, pero sin dejar de hacer rock. Los que critican son gente que no conoce bien lo que es la Orquesta Mondragón y lo que yo he hecho con la Mondragón. “Es que Gurruchaga hace de señora, es que Gurruchaga solo sabe disfrazarse”. ¡Pues no, señor, además te canto un rock que te la pone dura! Yo soy muchos yoes. La vida es una ocasión única, vamos a desaparecer, hay una duración, como en los relojes, y de repente el reloj se avería y se para. Y antes de que eso pase hay que sacar todas las potencialidades y todos los personajes que lleva uno dentro, y cantar, y soñar. No dejan de ser intentos de escapar. Todo son intentos de escapar.

Ya, pero muchos de los intentos de escape que usted practicó en los setenta, los ochenta y los noventa hoy no son posibles.

Ya…

Aquellas letras de Eduardo Haro Ibars, de Luis Alberto de Cuenca…

De Joaquín Sabina, de Moncho Alpuente…

“Ellos las prefieren gordas”, “La mujer barbuda nos sirve de puta”, “El hombre de los caramelos”, o el actor enano que se parecía a Felipe González [Hervé Villechaize], o el brutal Especial Nochevieja de 1988…, nada de eso sería posible hoy.

No. ¿Quién nos está puritanizando? ¿De dónde vienen esas corrientes? ¿De Estados Unidos? ¿Del woke? ¿De dónde?

No lo sé, pero antes los puritanos eran siempre de derechas y ahora no, ¿no?

No, ahora muchos son de izquierdas.

¿Y qué opina?

¿Quieres saber de verdad lo que opino? Opino que estamos retrocediendo en muchos aspectos. Que la creación artística está siendo golpeada por censuras que vienen de todas partes. Que estamos volviendo a siglos pasados, casi diría que, en algunos aspectos, al Medievo. Que es muy triste que a la hora de componer esté siempre pensando mal por si acaso, por si acaso alguien hace una lectura trastornada de eso. Y así pasa con todo, con las películas, con las fotos, con los reportajes, con el arte. Supongo que dentro de poco prohibirán ir a ver a los maravillosos enanos que pintó Velázquez, o los desnudos de la Capilla Sixtina. Acabarán en los almacenes de los museos. Prohibirán a Rubens. Prohibirán el Nana, de Zola, una novela que trata de una prostituta. Estamos viviendo unos tiempos autoinquisitoriales, terribles. ¿De dónde vienen? No sé. Pero esta no es la sociedad ni la vida de libertad, de defender derechos y de decir gamberradas que teníamos en los ochenta y en los noventa, desde luego. Vivimos un tiempo en el que se aplauden, por un lado, las dictaduras y los fascismos, y por otro, el prohibir, el prohibir y el prohibir. Tiempos raros y oscuros.

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