Los viajes de Putin.
Vladímir Putin, presidente ruso electo por las urnas después de haberlo sido por su antecesor y padrino, Borís Yeltsin, ha hecho su primera visita a Occidente. Ha tomado el té nada menos que con la reina de Inglaterra. No puede quejarse. Han sido muchos los honores y parabienes recibidos en esa vieja cuna de la democracia que es Londres por un aparatchik del KGB que ha llegado al poder gracias a la fuerza movilizadora del odio a los chechenos y las ansias de autoestima de este pueblo tan vapuleado y humillado, el ruso. No es un sarcasmo menor que Londres reciba con semejante pleitesía al "carnicerito de Gozny" mientras la Unión otorga trato de paria o criminal a un Estado miembro, Austria, que no ha violado ni un solo principio democrático y es, pese a las baladronadas de Jörg Haider, un Estado de Derecho impecable.Pero Putin no es sólo un espía jubilado y ascendido a mayores glorias. Confirma la tradición de ilustración y sangre fría de los hombres formados en la gran casa de la Liubianka. Sabe escuchar y asesorarse. Ha hecho un viaje productivo para su imagen y para recuperar cierta capacidad de maniobra de Rusia en la escena internacional. No era fácil. La sangría de Chechenia ha sido rentable antes de las elecciones. Pasadas éstas, los daños del conflicto superan las ventajas, tanto en el exterior como en el interior, especialmente por el goteo -o chorreo- de muertos entre las tropas rusas. Matar civiles y contar muertos propios no es una ordinariez, puede ser una inconvenciencia además.
Antes de ir a abrazarse con un Tony Blair, que debería explicar a sus aliados ese supino entusiasmo por tan especial relación emergente, Putin había conseguido en el Parlamento ruso la ratificación del tratado STARTII, eso sí, con condiciones que pueden convertirla en mero gesto. La Duma parece querer arrogarse el derecho a vetar el desarrollo tecnológico norteamericano en sistemas de defensa antimisiles. No parece probable que Washington vaya a acatar decisiones del Parlamento ruso. El tratado ABM está condenado porque la proliferación nuclear avanza. Se sabe. En parte porque Rusia ha cedido tecnología a países que son enemigos de EEUU y además imprevisibles.
Washington -especialmente su Senado - tiene gran parte de la responsabilidad de lo que sucede. La obsesión de la mayoría republicana por humillar a su tan odiado presidente Clinton negándose a ratificar el Tratado de Prohibición de pruebas nucleares, ha dado la iniciativa a unas autoridades rusas convencidas de que pueden compensar, aliviar u ocultar el desastre permanente en que vive su población con arengas de potencia nuclear.
Por eso no ha sido una sorpresa el hecho de que, días después del afable paso de Putin por el Reino Unido, el Kremlin anunciara su nueva doctrina militar, que ya no renuncia al primer golpe nuclear "en los casos en que todos los demás medios se muestren ineficaces". ¿En qué escenarios?, cabe preguntarse. Un sistema antimisiles norteamericano jamás neutralizaría todo el potencial nuclear ruso y por tanto no atenta contra la mutua disuasión. Está además claro que las mayores agresiones que han sufrido y sufren los rusos son las cometidas por sus propios poderes, por la corrupción, las mafias instaladas en las instituciones y las camarillas que mandan a morir a los jóvenes rusos a Chechenia para recuperar o conseguir privilegios, impunidad en el expolio e influencia.
Cuando Borís Yeltsin dijo en la cumbre de la OSCE en Estambul que Rusia es, como potencia nuclear, inmune a las críticas a sus bárbaras actuaciones en el Cáucaso, no estaba soltando uno de sus chascarrillos etílicos. Ahora, la nueva doctrina nos dice que el Kremlin juzgará cuándo "los otros medios" no son suficientes para "arreglar la situación". Y amenaza con utilizar armas nucleares en conflictos no nucleares. ¿Dónde? ¿En qué circunstancias? ¿También si países soberanos bálticos deciden unirse a la Alianza Atlántica? ¿O si Moscú cree que el control de toda la zona geoestratégica del sur del Cáucaso merece un pulso, quizás violento, con Turquía? De momento, todo son palabras. Pero las palabras revelan y forjan a un tiempo los talantes. Y Vladímir Putin, más allá de Londres, viaja hacia talantes que no merecen muchos brindis. Ni siquiera con té. Todos habrían de darse por enterados.
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