Un piano desbordante
El piano flamenco tiene hoy un nombre indiscutible: David Peña Dorantes, que éste es su segundo apellido y lo usa como nombre artístico. Un gitano de aspecto tímido que pudiera parecer UN estudiante de Oxford un tanto distraidillo. Pero sale al escenario como pidiendo perdón, se sienta ante el piano, inclina la mirada miope hacia el teclado y aquello empieza a sonar.¡Y cómo suena! Aquí no hay discusión posible, no creo que David Peña pensara alguna vez hacer fusión al uso o algo de este tipo. Lo que oímos es flamenco / flamenco, sin aditivos ni colorantes, como dicen ciertas publicidades. Flamenco en el que la voz cantante la lleva un piano jondo. Y no podemos olvidar que este instrumento es, sin duda, el que más se acerca a la guitarra para expresar el sentimiento flamenco.
Dorantes
Piano: David Peña Dorantes, con Jerry Guerra, Javier Fernández y Rafael Fernández (violines); Mery Coronado (chelo); Ángel Peña y Ronny D"Assis (percusiones); Pedro Peña y Malena Alba (cantes); Joselito Fernández (baile); Antonio Peña (palma). Círculo de Bellas Artes, Madrid, 30 de noviembre.
Familia lebrijana
No podía ser de otra manera si tenemos en cuenta que Dorantes nació en el seno de una familia lebrijana profundamente arraigada en el pasado y en el presente del cante. Él nació con este arte rodeando su cuna, lo mamó, creció con él y lo ha mantenido siempre vivo en su corazón, aunque la vocación pianística le llevara al conservatorio. Estoy convencido de que Dorantes no abdicará jamás de su flamencura original. Este concierto que le oímos en el madrileño Círculo de Bellas Artes, basado fundamentalmente en su disco Orobroy (Pensamiento), ofrece un extenso repertorio de palos flamencos, desde la nana a las bulerías por soleá, pasando, entre otros muchos, por alegrías, a las que Joselito Fernández puso una oportuna pincelada de baile.Otro de los temas más bellos de los que interpretó Dorantes fue el que da título al disco, pese a que en esta ocasión no trajera el coro de niñas gitanas que le acompaña en la versión original.
Dorantes, además, ha sabido rodearse de un grupo de músicos espléndidos, que ha sabido entender muy bien lo que de ellos podía esperarse. Un cuarteto de cuerda irreprochable, en perfecta sintonía con el piano protagonista, y dos maestros de las percusiones, entre cuyas virtudes no fue la menor la discreción con que supieron estar sin hacerse notar demasiado. Malena Alba cantó con sentimiento, brillando especialmente en la nana, y Pedro Peña lo hizo con una enorme emoción en la nada fácil tarea de cantar para su hijo.
No sé si la gitanería flamenca del pasado de Utrera, de Lebrija -las largas dinastías cantaoras de Popá Pinini y los Perrate, de los Bastián y los Funi- se sentiría identificada con el sonido de este piano de la última generación de los Peña, pero sé que este piano tiene mucho que decir en el flamenco del futuro.
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