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Cartas al director

Los datos secuestrados

El artículo La lengua secuestrada, de Jon Juaristi, se sitúa, en parte, en el cultivo del insulto personal y la metáfora de la ironía -no tan garbosa, no obstante, como la umbraliana- para distorsionar referentes a la lengua vasca desde su constante acusación de victimismo a gran parte del nacionalismo. Tal literatura resulta cochambrosa, al final, cuando se distorsionan aspectos de nuestra cultura, o se lee deliberadamente mal nuestro artículo. Lo de asombroso referido a hijos de emigrantes, por aprender el euskera, sólo es "hipocresía racista" en la imaginación calenturienta de Juaristi. Parece zafarse de nuestro artículo por pedir un cultivo de "ambas" culturas del País Vasco al emigrante, legítimamente llegado al mismo.Juaristi dice: "¿Qué ventajas materiales o espirituales se derivarían para inmigrantes adultos... del aprendizaje de un idioma que ni los va a sacar de un modesto ir tirando...?", y se queda tan campante nuestro literato. O sea, de inculturación en el país o territorio que le acoge a uno, nada de nada... El acusar esa exigencia de victimismo rancio (o jebismo puro) para él no está en las antípodas de la ética. Eso es, precisamente, lo que hizo en las Américas el grancastellano... Reírse de una inculturación vasca desde unos datos sesgados resulta más que chocante. Lo que fue legítimo con emigrantes a Alemania o Francia resulta horrendo en Vasconia, y suma y sigue la farándula de ironías sobre la precariedad del euskera. Como decíamos, Bizkaia y Gipuzkoa no eran mayoritariamente castellanófonas en la Edad Media, ni mucho después, según datos de Ladislao de Velasco hacia 1868. Eso valdría para Álava, en parte. Tampoco fue tan malo, según Juaristi, el franquismo, que hasta llamó Arancha a la nieta del dictador... Hacia 1972 conocimos la Academia de la Lengua Vasca de Gipuzkoa reuniéndose, casi, en un cuarto escobero, y su asignación no pasaba de las 50.000 pesetas... Durante siglos se le negó al euskera el pan y la sal para sobrevivir, aunque nuestro interpelante se burle de ello. Y, cuidado, yo no puse en mi artículo en el mismo parangón la violencia de ETA y la precariedad obligada del euskera. Hablé, más bien, de "frustraciones" obligadas que conducen a cierta "violencia". No se puede vivir en el País Vasco de espaldas a una de sus culturas -esto es, a la euskérica-; los bilingües estamos atentos a ambas realidades, los monolingües castellanos, a menudo, no. Sin apenas "asumir" la cultura vasca uno no puede situarse en la perpetua ironía hacia el más débil. La cultura del grancastellano ha tenido poca ética con las culturas de la periferia.- Profesor de la UPV.

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