La maestría del pianista Orozco
Festival de Otoño
Rafael Orozco, pianista. Obras de Liszt, Chopin y Albéniz. Teatro Monumental. Madrid, 26 de octubre.
Hemos asistido el sábado en el Monumental a una admirable actuación del pianista Rafael Orozco (Córdoba, 1946), representante español dentro de la excelente generación pianística de los Pollini, Lupu, Argerich, Barenboim y Perahia. Orozco, desde el primer momento de su carrera, acusó, junto a sus dones, una fisonomía personal capaz de combinar el rigor y la fantasía, la autenticidad andalucista y la universal. Todo ello a partir de una técnica poderosa -¡esas octavas weissenbergianas!- forjada día a día que alcanza ahora el gran premio cum laude que es la más brillante resolución de la Iberia albeniciana.Acaba de registrar los cuatro cuadernos de la suite y ahora nos ha ofrecido, para finalizar su programa, el último cuaderno, plagado de dificultades pero todas ellas puestas al servicio de la idea musical. En ellas, como escribe el propio Albéniz a Malats, puso los cinco sentidos y el otro, "ese que se pone o no se pone y que siempre se presenta, cuando se presenta, de manera absolutamente inconsciente". Es, en suma, el más de la genialidad.
La poética Málaga, que esencializa el aire de Juan Breva que el gran lsaac empleara en la Rapsodia española de su juventud; las sevillanas de Eritaña, que él calificaba de "aflijías", pero que son en realidad melancólicas, nonchalantes, por utilizar un término que le era muy querido, o la transpiración, en Jerez, de los cantes matrices se resuelven desde el paradójico impresionismo realista de Albéniz y sientan las bases de un piano modernísimo escaso de precedentes y consecuentes.
El grandísimo triunfo de Orozco es vencer en su totalidad los problemas técnicos para expresar las ideas musicales con frescor y gracia, como si de la Suite española o de los Cantos de España se tratara. Brava, bravísima versión que se amplió, ante el éxito, con el maravilloso El puerto, que resuelve el quiebro de danza en lejano pregón.
Pianismo trascendente
Antes, Orozco nos había sumergido en el pianismo trascendente de Franz Liszt -a quien Albéniz persiguió hasta lograr que le escuchara- Dos sonetos de Petrarca ('Benedetto sia'l giorno e'l mese e l'anno' y 'Pace non trovo, e mon ho da far guerra'), del segundo álbum de Años de peregrinaje y la Sonata en si menor (Weimar, 1853). No cabe una más profunda prospección por las secretas galerías de esta música de Liszt que la llevada a cabo ante nosotros por Rafael Orozco, que inmediatamente hubo de suavizar las tintas para cantar tres nocturnos de Chopin.
Nuestro pianista se encuentra en la madura plenitud de su talento, su técnica y su estilo; es un maestro del plano en toda la extensión del concepto y, por lo mismo, sus versiones resultan exactamente aleccionadoras.


























































