El bosque incendiado
El problema de la enseñanza musical en España es bien antiguo y sólo los mal informados podrán sorprenderse de que cuando se convocan oposiciones a plazas de nuestras primeras orquestas los aspirantes sean pocos y los resultados decepcionantes. Adolfo Salazar, en sus trabajos sobre la organización de la música en España, preparados para uno de los últimos Gobiernos de la Monarquía a instancias del profesor García Morente y reavivados con el advenimiento de la República, mostraba preocupaciones que -al menos en parte- podrían tener validez. "Es un movimiento natural el éxodo de nuestros mejores estudiantes, quienes, después de agotar lo que aquí se les ofrece, van a continuar una extensión de la asignatura allí donde aquélla es una enseñanza normal", publica el crítico de El Sol en abril de 1931. Quizá la corrección a efectuar hoy es que muchos estudiantes renuncian a las enseñanzas de los centros nacionales y desembocan en la emigración y el autodidactismo.Para remediar la situación hicieron proyectos, en una u otra fecha, Manuel de Falla y Óscar Esplá; se trazaron planes en diversas ocasiones, como durante el ministerio de Joaquín Ruiz-Giménez; batallaron maestros situados en el centro de la refriega, como Conrado del Campo, Julio Gómez o el padre Otaño. Se celebraron reuniones y congresos, sesiones de estudio y debates, como el de la la II-Decena Musical de Sevilla, 1970, cargado de interés, pero sin otras repercusiones que la redacción de unas "conclusiones que se elevaban al mismo poder que patrocinaba el festival y la reunión controvertida". Batalla ahora el ISME, un ejemplo de actividad responsable. Lo cierto es que el problema está ahí, vivo y amenazante. Ni sucesivas reformas de la enseñanza y reformas de las reformas han sido capaces de aclarar la situación y menos aún de solucionarla. Quizá porque en la cuestión confluyen una serie de factores muy varios: la delimitación de los niveles de enseñanza; el funcionamiento real de la enseñanza musical en la EGB; la ausencia de un bachillerato radiofónico, siempre pedido; la burocratización de los centros y la masificación.
Si pensamos que Gaspar Cassadó pudo enseñar en Colonia, pero no en España, por el régimen de burocrática dedicación que se le exigía; que Victoria de los Angeles o Domingo, Caballé, Carreras o Kraus son vitoreados, pero no cumplen función de magisterio; que un Luis Galve no tuvo acceso al conservatorio madrileño porque, tras una larga carrera internacional, debía someterse a oposiciones; que Antonio Brosa, León Ara, Eduardo del Pueyo, Enrique de Santiago, la desaparecida Rosa Sabater, María Orán, Jordi Savall y otros muchos transmitieron y transmiten cuanto saben a estudiantes suizos, belgas, alemanes o ingleses, hay más que sobrados motivos para descorazonarse.
Lo verdaderamente urgente es la enseñanza porque no nos dará resultados inmediatos, sino a largo plazo. Si no se hace, hasta el mejor festival o la más multitudinaria convocatoria brillará como un bosque incendiado. Nadie negará al fuego hermosa grandiosidad, pero cuando se apaga deja por herencia campos yermos y tierras calcinadas.


























































