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Isabelle Huppert: “La riqueza genera muchas fantasías en el ser humano, la miseria solo provoca pena”

La actriz francesa estrena ‘La mujer más rica del mundo’, sobre la curiosa relación entre la anciana dueña del imperio L’Oréal y un fotógrafo, mientras acaba en Madrid sus representaciones del monólogo ‘Bérénice’

Isabelle Huppert, este lunes en Madrid, en una imagen cedida.Diego La Fuente (Caramel Films)

Este lunes Isabelle Huppert (París, 73 años) se ha levantado con buen pie. El mito del cine europeo ha estado tres días en Madrid en el teatro protagonizando el monólogo Bérénice, una versión libérrima del clásico de Jean Racine concebida y dirigida por el italiano Romeo Castellucci. Por supuesto, tras cada función, público puesto en pie y gritos de “bravo, bravo”. Además, este próximo viernes estrena en España La mujer más rica del mundo, una aproximación a la historia de Liliane Bettencourt, dueña del imperio L’Oréal, que al final de su vida regaló cientos de millones de euros al fotógrafo François-Marie Banier, a quien la familia de la anciana empresaria acabaría acusando en los tribunales de aprovecharse de ella de forma abusiva. El escándalo-culebrón finalizó en un acuerdo extrajudicial en septiembre de 2017, pocos días antes de la muerte de la millonaria a los 94 años. Huppert está contenta con el resultado. Y a Cannes irá con Historias paralelas, el nuevo rodaje francés del iraní Asghar Farhadi.

A la leyenda europea de la interpretación, que empezó en el teatro y que ha acumulado un currículo asombroso y una colección de premios impresionante (ha ganado dos veces en Cannes y otros dos César del cine francés tras 17 candidaturas; tiene los premios de honor de Venecia y Berlín, ha obtenido Globos de Oro, un Bafta, tres premios del cine europeo y ha sido candidata al Oscar por Elle), nada parece resistírsele. Ha trabajado con los grandes cineastas franceses y con directores de todo el mundo como Michael Haneke (fue su intérprete fetiche), Andrzej Wajda, Hal Hartley, Raúl Ruiz, los hermanos Taviani, David O. Russell, Wes Anderson, Paul Verhoeven o Hong Sangsoo. Puede que solo se le resista su admirado Pedro Almodóvar por la diferencia idiomática, aunque fue la presidenta del jurado que otorgó el León de Oro de Venecia a La habitación de al lado. Al inicio de su carrera, su rival era Isabelle Adjani; hoy solo le mira de tú a tú Juliette Binoche. Todo eso, sin abandonar las tablas.

Sentada en un salón del madrileño hotel Ritz, con la profesionalidad como arma de destrucción, la francesa se muestra más simpática de lo habitual. Si en Bérénice actúa constreñida por un texto en versos alejandrinos y un escenario que la separa del público con un telón translúcido, en La mujer... son la riqueza y el vestuario de empresaria-guerrera los que acorazan al personaje. “Nunca me lo había planteado así. Para mí, la puesta en escena de Castelucci no es un límite, sino que aporta libertad ante el verso alejandrino. Y mi millonaria de cine toma su libertad en su encuentro con el fotógrafo. Se aleja del poder del dinero. En la toma de libertad sí que veo un paralelismo entre ambos trabajos”.

Ambas interpretaciones muestran a dos mujeres envueltas en desafectos amorosos. Bérénice es la princesa judía que se iba a casar con Tito, hasta que el Senado le obliga a escoger: el amor o el nombramiento como emperador. Y con Antioco, el amigo íntimo del romano, también enamorado de la oriunda de Cilicia, el triángulo sentimental está servido. Bettencourt encontró en el fotógrafo homosexual un amigo que le abrió a nuevos mundos, que le permitió, pasados sus ochenta años, una diversión postrera. “Son, efectivamente, amores contrariados. Esas relaciones ponen en peligro equilibrios en los sistemas en los que habitan, se alejan de las razones de Estado que han regido sus existencias. Las dos tienen que renunciar”.

Son, también, ejemplos de mujeres renunciando porque los poderes masculinos les obligan. Un clásico de la historia de la humanidad. “Desde luego, aunque lo que es interesante es que en la obra Tito es tan víctima como Bérénice, porque ella decide irse. Y en la peli, ella no se muestra como víctima hasta el final. Al menos, no se mueren, lo que ya es un avance [carcajada de Huppert]”.

El camino de una actriz se expresa más por lo que una rechaza que por lo que una elige"

¿Por qué cree Huppert que a la humanidad nos atraen los retratos de poder y de la riqueza? “Bueno, en el arte también nos interesa la miseria humana, la soledad... Aunque sí, la riqueza genera muchas fantasías en el ser humano, y la miseria solo provoca pena”. Inconsciente o conscientemente, casi todos los humanos ansían poseer poder y/o dinero. “Curiosamente, provocan muchos interrogantes. Son casi tan inalcanzables, que quienes los tienen son sospechosos de forma automática”.

Asegura el mito francés que, para ella, el trabajo emocional no cambia, sea su actuación en cine o en teatro. “Obviamente, en el resto de los detalles, no tienen nada que ver. Dentro de una puesta en escena de Castellucci, que aparenta tanta limitación, la libertad es infinita, o al menos mucho mayor que en el teatro realista. Cada día interpreto a Bérénice de manera distinta; me lleva a terrenos inagotables. Lo he hecho ante todo tipo de público, y el resultado siempre es extraordinario. Los grandes formalistas me ofrecen muy a menudo la posibilidad de encontrarme conmigo misma, mi sueño más preciado”.

En el escenario, nadie me controla"

También es cierto que una intérprete de teatro controla lo que ofrece emocionalmente, mientras que una actriz de cine crea a expensas del vaivén del posterior montaje. “Uf, sí, es la etapa más complicada, y le puedes guardar rencor al montador [risas]. En el escenario, nadie me controla”. Huppert entiende que la película no le “pertenece”, pero sí le gusta ver sus trabajos acabados. “En un filme siempre hay varias películas: la que tienes en la cabeza, muy íntima; la que haces; la del director y la que se estrena. Muchas veces veo mis largometrajes y los reconozco, aunque no sean exactamente lo que yo imaginé”. Y vuelve a Castellucci: “Comprende que hay un personaje y a la vez la realidad de una actriz viviendo un drama. Por eso, al final de la obra, en un momento dado, en vez de decir ‘Bérénice’, suelto ‘Isabelle”.

El mito se suelta. Prefiere reflexionar sobre engranajes de su profesión antes que circunscribirse a un cuestionario sobre un filme. “Digo mucho que no a películas y obras de teatro. Mucho más que sí. Y eso que no paro. Cuidado, es formidable tener el privilegio de responder que sí”. ¿Y por qué razones acepta un proyecto? “Es un conjunto. Principalmente, me guía la intuición, y es una buena pregunta a la que no puedo contestar de manera clara. El camino de una actriz se expresa más por lo que una rechaza que por lo que una elige. Raramente me he equivocado aceptando proyectos”.

Al acabar la entrevista, Huppert sigue deshojando la margarita de su salto a la dirección. “Admiro demasiado a los directores, albergan mucho aguante y valentía. Por otro lado, me divertiría aceptar dirigir algo para poder confirmar que no soy capaz de hacerlo”. Y apostilla: “Me gusta pasármelo bien. Por eso echo de menos a Claude Chabrol [con quien rodó siete películas], porque era un disfrutón. La situación actual es desesperanzadora, aunque seguro que Claude, con su enorme inteligencia e ironía, tendría mucho cine que aportar”.

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