‘El arquitecto’: solo para expertos y profesionales de la arquitectura
Imagino que están dándome una clase, pero paso mucho de la historia que me están contando. Me aburro, como los niños dispersos y caprichosos


No me importa la profesión que tengan los personajes de las películas, incluidos aquellos oficios que pertenecen al exotismo o a la ordinariez, a condición de que entienda, me interese o me fascine lo que les ocurre en sus vidas, que además de que me proporcionen datos sobre su profesión, sus existencias, sus relaciones, sus problemas, me despierten interés, intriga, conmoción.
Tengo grata memoria de películas excelentes protagonizadas por arquitectos. Cuentan que El manantial, dirigida por King Vidor, que adaptaba una novela de Ayn Rand, se inspiraba parcialmente en Frank Lloyd Wright. En cualquier caso, poseía mucha fuerza aquel exaltante y apasionado cántico al individualismo, narrando la historia de un arquitecto genial e insólito que no cede a las infinitas presiones que sufre por parte del sistema, también las sentimentales, si a cambio debe renunciar a los inquebrantables principios que defiende en sus creaciones. Lo interpretaba el Gary Cooper más apuesto. Y le acompañaba la muy enamorada Patricia Neal, clase y credibilidad. Y hace poco tiempo se estrenó la admirable The Brutalist. De esa corriente arquitectónica tenía alguna idea, pero lo que más me fascina son las cosas que le ocurren al protagonista, ese judío que logra huir del exterminio y que intenta sobrevivir y seguir creando su arte al servicio de un millonario que envidia y odia su talento. En ambas películas ocurren muchas cosas, independientemente del oficio o el arte de sus protagonistas. La trama te engancha. No son un curso intenso y exclusivo sobre la arquitectura. Son personas con problemática exaltante o trágica muy bien narrada.
El arquitecto está dirigida por Stéphane Demoustier y cuenta la historia real de un desconocido arquitecto danés que fue elegido por una comisión, y adorado por el presidente François Mitterrand, para construir en París el Gran Arco de la Defense para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa. A este político, extrañamente, le interesaba el arte y poseía bastantes conocimientos sobre él. El proyecto era complicado, simbólico, largo y, al parecer, muy caro. Pero también generaría negocio, un montón de dinero. Describe las intrigas políticas y el peso de la burocracia para ponerle trabas al complejo edificio de ese creador visionario obcecado en ser fiel a su obra.

Y no tengo dudas de que esta película despertaría infinita atención y discusiones si se proyectara en escuelas de arquitectura, entre profesionales de ese trabajo o arte. Pero en mi condición de espectador de cine me aburro cantidad. Incluso, aunque el pastilleo me proporcione un sueño largo y profundo en las noches percibo que se me abre la boca y siento pesadez en los ojos durante su visión a las 10 de la mañana: me están hablando interminablemente de los materiales y el funcionamiento de la arquitectura, u ofreciendo infinitos datos técnicos, incluyendo las propiedades y las diferencias entre todo tipo de mármoles y con especial dedicación al de Carrara (allí se desarrollaba la secuencia más escalofriante de The Brutalist), hablan y hablan, imagino que con propiedad, pero yo no me entero de casi nada. Imagino que están dándome una clase (y ni en el colegio presté atención a ellas, tal vez por exceso de malos profesores), pero paso mucho de la historia que me están contando. Me aburro, como los niños dispersos y caprichosos.
Sí le presto relativa atención a un actor con presencia muy sólida, conmovedor en algunos momentos, que se llama Claes Bang. El resto no logra interesarme.
El arquitecto
Dirección: Stéphane Demoustier.
Intérpretes: Claes Bang, Sidse Babett Knudsen, Xavier Dolan, Swann Arlaud, Michael Fau.
Género: drama. Francia, 2025.
Duración: 104 minutos.
Estreno: 13 de marzo.
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