‘Islas’: la rotundidad de Ana Belén no sostiene el retrato de una diva en decadencia
Película conceptual más que realista, marcada por una evidente y constante inverosimilitud, el filme no pasa de ser una fallida buena idea


Cuenta Carlos Heredero en su magnífico ensayo Iceberg Borau. La voz oculta de un cineasta, que uno de los proyectos más ambiciosos y, por desgracia, frustrados del futuro director de Furtivos fue una película que pretendía recuperar para el mejor cine a Imperio Argentina, antigua estrella de la Segunda República (y posteriormente durante la Guerra Civil y parte de la primera posguerra). Corría el año 1964 y la intención de José Luis Borau era componer una historia en la que la diva se interpretara a sí misma, “una especie de película dentro de una película, intercalando pasajes de viejos filmes de Imperio”, pero que también hablara del presente de la industria y de la creación, y de sí mismo, pues el antagonista era un director recién salido de la escuela de cine “angustiado por no poder emprender una carrera personal”.
La idea de Borau, tan semejante en algunos aspectos a la mítica El crepúsculo de los dioses, en la que Billy Wilder rescató a la estrella del cine mudo Gloria Swanson, es también, en muchos sentidos, la misma que la que ha ejecutado la argentina afincada en España Marina Seresesky con Islas, su quinto largometraje. El regreso de Ana Belén al protagonismo absoluto de un proyecto (en La reina de España, de 2016, hacía un secundario en un relato coral), desde que hace 21 años protagonizara Cosas que hacen que la vida valga la pena. La actriz y cantante, sin un gran éxito desde la excelente racha entre 1994 y 1996 con La pasión turca, Libertarias y El amor perjudica seriamente la salud, no se interpreta a sí misma en Islas, pero casi, pues en su personaje hay no pocos guiños a su carrera, e incluso a su presente metalingüístico: su condición de niña prodigio; su sobrenombre (el verdadero es María del Pilar Cuesta), y, sobre todo, esa tentativa de regreso en la ficción que parece la misma que está ejercitando en la realidad.

El verdadero sentido de la película, como el de tantas otras tantas anteriores que también hablaron del regreso desde un pasado glorioso a un presente más imposible que incierto, tanto en el cine como en la música o incluso el deporte (Ha nacido una estrella, La rosa, El luchador, Birdman, Maps to the Stars, ¿Qué fue de Baby Jane?, The Artist, JCVD…), es articular un retrato acerca de la decadencia. Aquí, como en buena parte de los títulos anteriores, en toda su extensión. No solo de la decadencia física, personal y profesional del personaje principal, una diva del cine español que regresa al hotel en el que se celebraron algunos de sus grandes triunfos, sino también de un modo de vivir el estrellato, del concepto de la fama, y de lo efímero de la existencia en la élite. Islas es una película acerca del ocaso de una estrella, pero también del de un hotel semivacío en el que ahora solo duermen cuatro turistas despistados, en el que las autoridades han “alojado” (si le puede llamar así) a los africanos llegados en patera que no caben en los centros de acogida, y en el que sus fiestas son aún más fantasmales que las del Overlook de El resplandor.
Película conceptual más que realista, marcada por una evidente y constante inverosimilitud que no tendría por qué perjudicarla, Islas no pasa, sin embargo, de la fallida buena idea. Y eso, siendo condescendientes, quizá por lo que a pesar de todo demuestra su estrella. Ana Belén, rotunda, dolorosa y graciosa, sigue calando como siempre, como en aquellas películas de los noventa, como en las mejores de los ochenta (La corte del faraón, Demonios en el jardín, La colmena), y como en su más luminosa etapa, la de los años setenta de Españolas en París, El amor del capitán Brando y Tormento. Pero el conjunto no se sostiene.
A Islas, algo así como Norman Desmond en la soledad de las Canarias, le falta frescura y le sobra falsa densidad (la inmigración, la integración, los prejuicios raciales, los suicidios, la enfermedad, la represión de la homosexualidad, la violencia de género…). La directora Seresesky juega aceptablemente con el formato estrecho en 4:3, con los espacios vacíos y las líneas rectas de las localizaciones del hotel (parece haber estudiado Fuerza mayor, de Ruben Östlund, y Langosta, de Yorgos Lanthimos). Pero la guionista Seresesky (al revés de lo que pretendía Borau con Imperio) equivoca todo lo relacionado con el joven antagonista masculino interpretado por Manu Vega, que parece haber nacido para hacer de Luka Doncic en una película sobre su vida. Ni se entiende ese personaje anodino y sin sustancia, ni aún menos las razones para enfrentarlo al divismo de un mito en decadencia.
Islas
Dirección: Marina Seresesky.
Intérpretes: Ana Belén, Manu Vega, Eva Llorach, Jorge Usón.
Género: drama. España, 2025.
Duración: 90 minutos.
Estreno: 27 de febrero.
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