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Josele Santiago (Los Enemigos) se enfrenta a sus memorias: “Mi problema es la adicción”

El músico publica su historia en un libro sincero donde describe sus adicciones, la corajuda carrera de su grupo y su supervivencia económica tras no poder actuar por pánico escénico

Josele Santiago el pasado 29 de enero en el barrio de Malasaña, Madrid. Jaime Villanueva

Josele Santiago vive bajo una gran incertidumbre: no sabe cómo reaccionará al enfrentarse de nuevo a un escenario para ofrecer un concierto y ejercer su oficio, el de músico. Su último recital data de octubre de 2024. Subió las escaleras, pisó la tarima instalada en la Plaza de Toros de Caravaca de la Cruz (Murcia), “y fue como estar en otro planeta”, explica. “Estaba tocando y no escuchaba la música. Oía ruido y veía luces, pero no sabía dónde me encontraba. Una cosa terrible. Yo quería seguir, y entonces se acercó Fino [Oyonarte, bajista de Los Enemigos], vio cómo estaba y, con buen criterio, me dijo: ‘Vámonos, Josele, vámonos”. Al día siguiente, Los Enemigos publicó un comunicado en el que anunciaba que se cancelaban todas las fechas de la gira. “Josele está lidiando con una serie de problemas de salud cuyo tratamiento está afectándole física y sobre todo mentalmente más de lo esperado”, informaron.

Sentado en un bar del centro de Madrid, su ciudad, aunque vive desde hace 16 años en Cataluña (“Cosas del amor”, indica), Josele (60 años) saca esa retranca seca tan suya que permea los muchos episodios dramáticos de su vida y algunas de las 200 canciones que ha compuesto: “Sabiendo mi historial, la gente debió pensar: ‘Este qué se habrá metido…’. Pero nada de eso. Se trata de pánico escénico. A mi edad...”. El año 2025 fue difícil para el bravo músico: sin ingresos por no poder actuar, ha tenido que vender 20 guitarras de su colección. Solo se ha quedado con tres o cuatro, “las invendibles”. “Con ese dinero, un adelanto que pedí a autores y un bocado que le di a un pequeño colchón económico que tenía, he ido tirando”, concede. Creativamente, sin embargo, conformó un periodo fructífero: ha compuesto y grabado el nuevo álbum de Los Enemigos, que se publicará en septiembre, y ha escrito sus memorias, Desde el jergón (mismo título que una de las canciones más populares de Los Enemigos; editorial Contra, a la venta el 25 de febrero), un libro que se devora porque está escrito con humor, pasión y drama. También porque cuenta la corajuda historia de Los Enemigos, un grupo con cuatro décadas de existencia, de gran influencia cultural y emocional y con clásicos del rock español como Septiembre, Desde el jergón o La cuenta atrás; y porque sin pretenderlo Josele ha descrito en el libro a una generación que pasó su adolescencia y juventud en los ochenta en los barrios de las ciudades, unos chicos y chicas apasionados por la música que tuvieron que lidiar con la incomprensión de sus progenitores, las primeras crisis económicas en democracia y la lacra de la heroína.

Así se describe Josele en sus memorias en la primera mitad de los años noventa: “Me encanta ir al Revólver [célebre sala de conciertos/discoteca de Madrid] y escuchar a Nirvana, a Sugar, a Pearl Jam, a Mudhoney o a Soundgarden a toda hostia desde el centro de la pista y bailar puesto de caballo hasta las orejas… La adicción ha conquistado el baluarte de tus prioridades. Tu último baluarte, por cierto. Me siento atraído por cualquier cosa que me haga daño. Me autolesiono con cigarrillos y me doy de cabezazos contra las paredes”. Llegó a pesar 50 kilos (y es un tipo de presencia imponente) durante parte de los cinco años que pasó enganchado a la heroína. “Sí, claro, se podría decir que era un yonqui. Solo me faltaba el chándal”, bromea delante de un café solo y un vaso de agua con gas.

Lleva barba y una gorra protege del frío su alopecia en una destemplada mañana de enero en Madrid. Su voz se percibe inconfundiblemente áspera y profunda, como se escucha en sus canciones. Mira a los ojos, que desprenden viveza esta mañana, aunque asegura que apenas ha dormido porque se ha pasado la noche leyendo Jugadores de billar, de José Avello. “No entiendo cómo no está mejor reconocido este escritor”. Ha venido unos días a Madrid y se aloja en casa de su madre (de 94 años), en la Puerta del Ángel, sureste de Madrid, donde él, hijo único, se crio. Allí y en el cercano barrio de Lucero. “Las pasé bastante canutas en el colegio, los Salesianos, de monjas y militares nada menos. Entrar ahí fue cosa de mi madre, que es muy religiosa”. Le llamaban El Loco. Incluso los profesores. “Iban a por mí, porque llevaba melena y me gustaba la música. Es que eran radicales, de rezar el rosario y cantar el Cara al sol, incluso con Franco muerto. Con el tiempo me di cuenta del trauma que me causó ese colegio. Estás en una edad muy receptiva y se te quedan unas ideas que no son buenas: el castigo, el pecado, el Demonio… Al final, me invitaron a abandonar el centro, y yo encantado”.

Llegar al instituto resultó una liberación, pero latía un problema que le persiguió muchos años: su problema para socializar. Le costaba tejer amistades y no le gustaban “los hippies”, abundantes en su instituto. Era finales de los setenta. Él odiaba el rock progresivo, a Emerson Lake and Palmer, a Genesis, a Yes. Prefería el álbum Fun House, de los Stooges. “Me sé las líneas de bajo de ese disco de memoria. También me cambió la vida escuchar el acorde inicial de A Hard Days Night, de los Beatles. Después de ese acorde sabías que vendría algo bueno”.

La vida en el barrio transcurrió entre fechorías y canciones. Asegura que a los 17 años ya era alcohólico. “Aunque, claro, no lo sabía. Me tomaba un whisky en una fiesta y me gustaba tanto que me bebía siete más. Qué le vamos a hacer”. Con 20 años empezó a consumir pastillas. Acababa de formar Los Enemigos. “Me diagnosticaron ansiedad y depresión y me recetaron ansiolíticos. Sabiendo como sabían que era alcohólico y que no tenía planes de dejar de beber, creo que no me los tenían que haber recetado. Porque era una bomba: tomándome todas esas pastillas y bebiendo como un bestia. Mi problema siempre ha sido la adicción. Yo soy adicto desde que era así [y pone la mano como a una altura pequeña]. Según cuenta mi familia, un día mi madre mojó el chupete en azúcar y yo al día siguiente encontré el azúcar. Desde entonces siempre he sido así. Me hago adicto a lo que sea. Mi enfermedad es que tengo una personalidad totalmente adictiva. Mi problema es la adicción, y de ahí surge todo: depresión, ansiedad…”.

Cuenta su vida con un tono de voz ausente de dramas. Se ríe con frecuencia. Realiza pausas para reflexionar y luego diserta. En Desde el jergón pone en valor un rock madrileño que conformó gente como Cucharada, Leño, Asfalto, Mermelada, Topo, Burning, Moris (argentino que supo cantarle a la capital como pocos)… “A veces se da una idea de que en Madrid no había nada de música antes de la Movida. Usted perdone, antes de la Movida y sus colores el panorama en Madrid no era tan gris como se pinta. Había muchos grupos haciendo cosas, a pesar de las dificultades”. Cuando corrían los mejores años de Los Enemigos, la Movida ya estaba institucionalizada y los grupos cobraban unos cachés generosos. Mientras bandas de pop de aquella época alardeaban de tocar lo justo, Los Enemigos se pasaban seis horas al día ensayando. “No me parecía ni medio normal esto del amateurismo: hombre, si estás en un grupo, por lo menos afina, y sobre todo cuando estaban ganando una millonada contratados por ayuntamientos. Creo que además se ha sobredimensionado mucho todo el tema de que Madrid era el centro del universo. Qué sí, que vino Andy Warhol, pero cuando vino ya no era nadie. Y me gustan cosas de la Movida, que conste: dos de los mejores conciertos de mi vida fueron uno de Gabinete Caligari y otro de Golpes Bajos. Los dos en Rock-Ola”.

El músico deja claro en sus memorias que el disco más celebrado de Los Enemigos, La vida mata (1990), no trata sobre la religión, sino sobre la muerte, la que veía a su alrededor, con amigos del barrio caídos por sobredosis o por el sida. “Me enganché a la heroína con 25 años, después de grabar La vida mata. Ahí me di cuenta: me he pasado, ya no hay vuelta atrás. Al principio era inyectada, pero luego utilizaba la nariz, porque el papel de plata me daba mala espina, y el tiempo me ha dado la razón: el chino con el papel de plata hace bastante más daño, es súpertóxico”, explica. Lo dejó cinco años después tras pasar por un centro de desintoxicación de la Comunidad de Madrid. Ahora reflexiona: “Yo soy de la opinión de que esto es incurable. Hay gente que dice que sí, pero yo creo que no. Me va a acompañar toda la puta vida. Hay que asumirlo”.

En 1992 falleció en accidente de tráfico a los 28 años Lalo Cortés, amigo, representante y pieza clave en el devenir de Los Enemigos. Para él escribió Josele La carta que no… “Si tengo que elegir una canción de Los Enemigos escojo esa”. Así define la trayectoria de su banda: “No hemos estado ni en primera división ni en segunda. Nos hemos ganado las lentejas como buenamente hemos podido. No ha sido el típico ascenso y caída. Lo nuestro ha sido lineal. Nunca hemos tenido un éxito de la hostia y tenemos pocos seguidores, pero muy fanáticos. La verdad es que siempre hemos estado en un modo algo precario, pero ahí nos hemos mantenido”. El grupo permaneció 10 años separado, tiempo en el que Josele lanzó su carrera en solitario, padeció una depresión severa y se dio cuenta de que su ecosistema natural es estar en una banda, más aún cuando se incorporó a Los Enemigos David Krahe a la guitarra en sustitución de Manolo Benítez. El grupo regresó con un disco solo digno (Vida inteligente, 2014) y una continuación a la altura de sus grandes obras, Bestieza, 2020. En septiembre llega el siguiente.

Josele dejó hace 15 años la última de sus adicciones, el alcohol. Fue poco después de empezar una relación con la periodista Núria Torreblanca, con la que se casó en 2009. A ella dedica varias páginas de sus memorias, proclamando su amor y dándole las gracias por la ayuda en la única recaída en la bebida que ha tenido en 15 años. “Esta vez no tengo temblores ni sudores fríos ni pesadillas despierto. Dormido sí que las tengo. A diario. Pero también tengo a Núria. No sé cómo me aguanta, la verdad. Sigo apareciendo con regularidad por el centro de salud y me encuentro mejor. Lo que peor llevo esta vez son las puertas de los bares. Procuro evitarlas, pero a veces es imposible. Puedo oler una copa de coñac desde la calle. Ahora que no fumo, casi que te digo hasta la marca. Poco a poco retomo cuadernos y guitarras”, escribe en Desde el jergón.

La entrevista se desarrolla en un bar, por sugerencia suya. La gente que nos rodea comenzó pidiendo cafés, pero la charla se ha alargado y aparecen vermuts, cañas; alguien que almorzó pronto pide un sol y sombra. “Ha tenido que pasar mucho tiempo para que pueda entrar en un bar. Es la regla de oro: ni para pedir un café. Porque vas a pedir un café y te sale de la boca esta frase: ‘Un whisky, por favor’. Y cuando te das cuenta ya lo tienes en la barra y no hay vuelta atrás. Mejor evitarlo. Si estoy en compañía, como ahora contigo, vale, pero entrar solo en un bar es complicado”.

El encuentro finaliza, pero el músico quiere que esto se refleje en la entrevista: “Con Jorge, de Ilegales, y Robe Iniesta [fallecidos los dos el pasado diciembre], además de su música, hemos perdido gran parte de la poca lucidez que le queda a este país. Qué pena no haber conocido a Robe”. También informa de que antes de iniciar la gira de Los Enemigos, seguramente en otoño, quiera ofrecer unos conciertos acústicos en verano con David Krahe. Ahí se verá si ha vencido al pánico escénico. “Tengo miedo”, se sincera. “No sé lo que va a pasar. Pero albergo esperanzas, porque los ensayos han ido fenomenal, la grabación ha ido muy bien. Veremos...”.

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