“Un hombre feliz no tiene pasado, un hombre infeliz no tiene nada más”
Es un privilegio poder comentar con el propio autor tu frase favorita de una novela, en este caso de ‘El camino estrecho al norte profundo’, de Richard Flanagan


¿Cuáles son nuestras frases favoritas de novela? Están las clásicas, claro: “todas las familias felices se parecen”, “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”, “detesto los héroes vulgares y los sentimientos moderados”, “venga lo que venga iremos hacia ello sonriendo”, “Dios sabe que no debemos avergonzarnos nunca de nuestras lágrimas, pues son la lluvia que cae sobre el polvo cegador de la tierra que endurece nuestros corazones”. Pero me refiero a esas frases más nuestras, personales, que nos han marcado de manera especial como lectores y componen las líneas tenues sobre las que trazamos esforzadamente la caligrafía de lo que somos.
Cada uno tendrá las suyas. Entre las mías están “cuesta mucho luchar contra el deseo del corazón; todo lo que quiere obtener lo compra al precio del alma” (Justine), “el desierto no podía reclamarse ni poseerse; era un trozo de tela arrastrado por los vientos” (El paciente inglés), “desaparece del mundo como envuelto en una nube misteriosa, inescrutable en el fondo de su corazón, olvidado, sin el perdón de los que lo rodeaban y excesivamente romántico” (Lord Jim), “no se puede vivir sin amar” (Bajo el volcán), “si la isla estaba poblada de espíritus, no eran monstruos sino ninfas” (El mago) o “retrocedía ante el miedo a ser cobarde y no ante la posibilidad de que lo hirieran” (Las cuatro plumas). Y desde hace un tiempo hay otra frase que se ha unido a estas y no deja de resonar en mi cabeza: “un hombre feliz no tiene pasado, un hombre infeliz no tiene nada más” (El camino estrecho al norte profundo).
Es imposible acudir, para comentarlas, a los autores de las frases anteriores, pues todos (Larry Durrell, Michael Ondaatje, Conrad, Malcom Lowry, John Fowles y A. E. W. Mason) ya han muerto. Pero en el caso de la última, de Richard Flanagan, sí. Y lo he hecho.

Tuve la posibilidad de hablar con Flanagan a propósito de su último libro, La pregunta 7 (Libros del Asteroide, 2025), un texto maravilloso y a ratos desconcertante que desborda los géneros —narrativa, ensayo, memoria— y que es en última instancia un canto conmovedor a su familia y su tierra (Tasmania) en el que aparecen temas tan aparentemente variados y que va conectando como la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración japoneses, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y cómo se gestaron, la relación amorosa entre H. G. Wells y Rebeca West, Chéjov o el accidente de kayak en el que casi se ahoga el autor. La pregunta 7 tiene mucho que ver, precisamente, con mi novela favorita de Flanagan —y una de mis favoritas en general— El camino estrecho al norte profundo (Penguin Random House, 2016), de la que se ha hecho en 2025 una buenísima miniserie australiana de cinco capítulos con el mismo título —tomado del poeta japonés del periodo Edo Matsuo Basho—, emitida por Amazon Prime y con Jacob Elordi, Ciarán Hinds y Odessa (!) Young. La trama está centrada en Dorrigo Evans, un médico originario del pequeño pueblo de Cleveland, en la isla de Tasmania (la misma localidad en que nació Flanagan), que cae prisionero de los japoneses y vive el espanto del Ferrocarril de la muerte y los campos, de los que sale convertido en un héroe de guerra por su abnegación. La novela muestra a Evans de joven, durante la guerra (Elordi) y ya maduro y convertido en una celebridad (Hinds) pero atormentado por la experiencia del internamiento y la crueldad de los guardianes y el recuerdo de un gran amor desdichado (Young).
La frase: en la novela se dice que “cuando llegara a viejo, Dorrigo Evans no sabría decir si había leído esa frase o la había inventado él mismo”. Le pregunté a bocajarro a Flanagan por el origen. Le sorprendió mi entusiasmo por una línea en un libro de 445 páginas. Dudó un poco. ¿Es algo que se pueda aplicar a sí mismo?, le animé, que le haya venido de dentro, vamos. “Mira, a veces pienso que sí y otras que, bueno, que fue una pura invención, una idea que tuve para ese personaje. Yo soy sustancialmente feliz y ese personaje era infeliz por un amor del pasado que lo atormentaba. Esa frase era verdad para él, que tenía un pasado del que nunca iba a escapar”. Le dije que en comparación con lo arrebatado de su novela o de las partes tan emotivas de La pregunta7 él me parecía muy sereno. Rió. “No soy un hombre calmado, es una máscara”.
El camino estrecho es un libro lleno de poesía, Basho, Shisui, las alusiones al Ulises de Tennysson, a Catulo, a Kipling, la cita de Celan al inicio, los haikus de los oficiales japoneses cuando no están cortando cabezas, frases como la subrayada. “Me gusta la poesía, pero buscar crear un efecto poético en prosa me parece un error, cuando las novelas funcionan es cuando traspasan fronteras, océanos, tormentas y cataratas, y llegan a otras culturas e idiomas, así que han de someterse al relato y su misterio, es la historia que cuentas lo que importa y sobrevive. Creo que es peligroso sucumbir a la poesía, el novelista ha de narrar”.

Flanagan tampoco está de acuerdo con que El camino estrecho y La pregunta 7 sean dos maneras de contar la historia de su padre. “La pregunta 7 está vinculada con varias de mis novelas, como la primera, Muerte de un guía. Y es esencia una carta de amor a mis padres y un tributo a un mundo desaparecido, ese de mi isla que se desvanece en estos tiempos que barren con todo”. ¿Dorrigo Evans no es un alter ego de su padre, pues? “No, a ver, hay mucha gente que lo piensa, no eres el primero. Mi padre, ay cómo era mi padre, el personaje de la novela es muy famoso, cirujano y héroe de guerra, y un mujeriego, encarcelado en la soledad de la fama, mientras que mi padre era maestro, un hombre de familia, de casa, sin grandes logros, estaba con la gente que le amaba y a los que él amaba. Es cierto que mi padre tuvo esas experiencias en la guerra, los campos, pero el reto de la novela fue precisamente escapar de los recuerdos de mi padre e inventar. ¿Sabes que me decía mi padre? Que había sido una suerte estar prisionero porque allí solo tenías que sufrir y no tenías que cumplir tu función de soldado que era infligir dolor a los demás. Esa idea de mi padre de la decencia y el amor en aquellas circunstancias, la solidaridad que les ayudó a sobrevivir, fue lo que me sirvió, con la alquimia del recuerdo, para escribir El camino estrecho”.

En La pregunta 7, el propio Flanagan visita el campo donde estuvo su padre. ¿Queda mucho por exorcizar de aquello, sobre todo en Japón? “Lo veo de manera diferente, los seres humanos sobreviven por su capacidad de olvidar, y es comprensible, aunque también existe la libertad de recordar y de hurgar en la memoria. Si das testimonio de la oscuridad eso cierra la herida y aporta algo de esperanza y luz para todos. Pero yo no busco reparación”. Flanagan reflexiona que la bomba atómica cuya creación atraviesa La pregunta 7 posibilitó que su padre sobreviviera a la guerra y por tanto que él mismo existiera. “Creemos que vivimos en un mundo racional y cuantificable, pero somos fruto de historias raras y de una cadena extraña de acontecimientos”.
Volviendo a El camino estrecho, tan inolvidable como la frase que motiva estas líneas es la maravillosa escena de enamoramiento en la librería de Adelaida. “Siempre me han parecido las librerías y las bibliotecas lugares muy eróticos”. La preciosa imagen de la chica con la camelia roja en el cabello… ¿existió? “No, me temo que me la he inventado”.
Ya que estábamos le pregunté si es raro ser tasmano. “Tasmania me influye más de lo que pensaba, estoy muy marcado por esa selva primordial, de árboles antiquísimos y animales maravillosos, y por la cultura indígena y su concepción del tiempo y la naturaleza, tan distinta. Pertenezco a dos mundos, el occidental y el de mi isla y he comprendido que mi tarea es escribir sobre lo que conozco, sobre lo que Orwell decía que era lo más difícil: lo que tienes delante de tus narices”.
Curiosamente, no sé cómo acabamos hablando del amor. “El de la familia es muy importante. Pero no has de desperdiciar ninguna clase de amor, hay que honrar todo el que te llega y extenderlo a lo que te rodea. Es una palabra que nos hacen creer que es pequeña y naif y se nos anima a rehusarla y no ofrecerla como debemos. Pero no debemos perder ninguna oportunidad de amar. Ni desperdiciar ninguna forma de amor”.
Dije adiós a Flanagan con una sensación agridulce. La conversación había tenido emoción y poesía, pero no por los senderos que yo esperaba. Tasmania, la familia, la bomba, la bondad y la dignidad, el rugby y los cazadores de zarigüeyas. No puedes reducir a un escritor a lo que proyectas sobre él. Siempre es otra cosa, generalmente mucho más. Lo que tú ves en su obra y tanto te conmueve no tiene por qué ser lo relevante para el autor. Y, sin embargo, la chica de la camelia roja… “Un hombre feliz no tiene pasado; un hombre infeliz no tiene nada más”.
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