Andrés Vicente Gómez, productor de cine: “Donde esté un fracaso que se quite un éxito. El éxito atonta”
El impulsor de filmes como ‘Belle époque’ o ‘El dorado’ repasa su carrera o su relación con Orson Welles


Andrés Vicente Gómez (Leganés, Madrid, 82 años) está de mudanza. Lo cuenta desde la terraza de la casa con vistas al madrileño parque de El Retiro donde vive desde hace muchos años, cuando conoció a su última esposa, la periodista Concha García Campoy. Un problema con la mácula le impide reconocer el parque tal y como es, algo que le produce una inmensa pena. Su salón es el parque de atracciones para cualquier curioso. Premios Goya, libros, fotos únicas y un café con leche y pastas. Desde hace años sus vínculos profesionales están más presentes en Arabia Saudí que en España, pero esta tarde de invierno quiere hablar de su carrera y de un puñado de personas que han pasado por ella. “He estado pensando mucho en lo que quería contarte”, dice al primer sorbo de café.
Pregunta. Usted dirá.
Respuesta. Creo que mi vida está condicionada y dividida por tres mujeres, que son las que han marcado mis periodos profesionales de una manera muy clara. De mi primera mujer, la finlandesa, me separé en 1975, justo con la muerte de Franco. Me acuerdo de que me desperté la noche del 20 de noviembre con Carmen [Rico Godoy, su segunda mujer] en el hotel Cuzco, pusimos la radio y escuchamos música sacra.
P. Vaya arranque de mañana.
R. Estábamos bajo el shock de algo que nos había ocurrido la noche anterior, porque a ella el periódico la había mandado a cubrir la noticia de la muerte de Franco al Hospital de la Paz mientras el dictador agonizaba. Yo por entonces estaba haciendo una película con Rocío Jurado y Carmen me llamó a las ocho de la tarde y me dijo: “Franco ha muerto. Todavía no se ha dicho, pero bueno”. Y nada más colgar, como yo sabía lo meapilas que era la familia Jurado, llamé a Rocío y le dije: “Franco ha muerto”. Al día siguiente me quería matar porque se pasaron toda la noche rezando una novena. La madre, el hermano, todos… menos mal que murió de verdad.
P. Rico Godoy fue su segunda etapa, intuyo.
R. Sí, con ella estuve 23, 24 años. Y aunque con Concha [García Campoy] viviera solo 13, es curioso porque a efectos formales e incluso profesionales la incluyo en otros 25 años, quizá por la influencia que pudo tener en mi vida personal y profesional. Las relaciones profesionales que tengo yo ahora con Arabia Saudí se cimentaron ahí, si hasta me propusieron llevarme a Concha para curarle la leucemia porque tenían los mejores hospitales. Yo les dije: “Tendréis los mejores hospitales, pero no los mejores médicos”. Mi vida son estas tres etapas, con estas tres mujeres o como digo yo, mis tres administraciones.

P. “Productor estrella del cine español”. Lo definen así.
R. Y eso que, de todas las especialidades dentro del cine, la más desconocida es la del productor.
P. ¿Por qué?
R. Porque nadie se ha interesado lo suficiente, porque los productores mismos no han sabido explicarlo, o a lo mejor es porque es complicado. La confusión comienza con un hecho estúpido, algo simple. Está el término productor y está el término productora. El primero es una persona física y el segundo una persona jurídica. El primero crea las películas, se las inventa, y la segunda es la empresa que jurídicamente detenta los derechos, el desarrollo, contrata, financia, pide créditos, etc.
P. No le gusta que le pregunten por la película que más le gusta de todas las que ha hecho…
R. La gente espera que diga Belle époque, y si me preguntas con cuál he sentido más emoción seguro que es esa, porque si al darte la vuelta en el escenario tras recoger el Oscar ves a Bruce Springsteen, y en el ascensor está contigo Paul Newman…
P. La vida no es igual a partir de ese momento.
R. Probablemente la película que más me ha cambiado la vida es El dorado. Nos pasó de todo, tuvimos a la contra nicaragüense, tres o cuatro tiburones se comieron a varios del equipo… no te puedes imaginar. Y eso que mi cuñada Mercedes era entonces embajadora en Costa Rica y me ayudaron bastante. Tuvimos que cortar árboles para conseguir la madera, secarla, construir una especie de barco de la época… fue una película durísima que preparamos durante un año y medio y no en los despachos, sino en la selva. El rodaje duró tanto tiempo… fue la película más cara en su momento, estamos hablando de seis millones de euros en 1983, aunque ahora eso sea una mierda, y los titulares nos perjudicaron mucho. Llevamos a los Reyes al estreno, hicimos el cóctel en el Palacio Real, montamos una alfombra roja que iba de la sala de cine al palacio... No es la mejor película ni la más arriesgada, pero está llena de elementos difíciles de olvidar, por eso es difícil nombrar una.
P. Se cuentan mucho sus éxitos, ¿qué ha aprendido del fracaso?
R. Donde esté un fracaso que se quite un éxito. El éxito atonta.
P. ¿Y el fracaso qué hace?
R. Te enseña. Es como un amor no correspondido, no hay nada más excitante. Pero hacer películas es mucho más variado. No es que haya hecho 147 películas, es que he constituido 147 empresas, cada una completamente diferente a la otra.
P. Lo habrá respondido mil veces, pero no me resisto a preguntarle por las subvenciones al cine español.
R. Es un tema que me violenta mucho, porque estoy convencido de que las subvenciones no son ningún regalo, y sin embargo, te sientes obligado a explicarlo. Creo que los diferentes gobiernos no han explicado bien la idea, sobre todo los directores generales, que han sido muy mal nombrados. Si tengo que repasar desde la primera, que fue excelente, Pilar Miró, hasta el último, han pasado veintimuchos, y no podría nombrar a más de tres que realmente supieran de la industria del cine y que fueran capaces de administrar ese sector que les había caído en suerte. ¡Han hecho unos disparates! ¡Pero si hasta han nombrado cinéfilos, incluso cosas peores!
P. No sé si a estas alturas de su carrera hay alguien que le haya dejado huella o le haya hecho enmudecer.
R. Creo que con quien más intimidad he tenido ha sido con [Orson] Welles. Era muy charlatán, y además charlatán de las cosas del día, casi siempre decía cosas vistas desde un ángulo en el que a lo mejor tú no habías caído. Luego tenía muchos defectos, bebía mucho y eso le hacía estar fuera de órbita muchas veces, no estaba tan informado como creía… es difícil mencionarle como una persona ejemplar. Recuerdo también cuando empecé a trabajar con Fernando Trueba. Me tenía admirado, lo que él sugería yo lo hacía. Si no hubiera admirado a gente no habría podido trabajar con ellos.
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