El hundimiento de las poblaciones de galápagos hace saltar las alarmas en Doñana: “Estamos cerca de presenciar su extinción total”
La especie, el mejor bioindicador del estado de conservación del humedal, muestra datos preocupantes: casi el 80% de los ejemplares han desaparecido en apenas 30 años

Un nuevo estudio de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), que verá la luz en el número de marzo de la revista Biological Conservation, revela un declive drástico de las dos especies de galápagos autóctonos del Parque Nacional de Doñana. Tres décadas de seguimiento muestran que la sobreexplotación del acuífero y la degradación de las lagunas han reducido entre un 57% y un 74% sus poblaciones, en lo que los científicos consideran un “riesgo real de extinción local” si no se toman medidas urgentes.
El estudio estima que el galápago europeo (Emys orbicularis) —la especie más sensible y el mejor bioindicador del estado del humedal— ha perdido un 74% de su población en Doñana en apenas 30 años. Su distribución, antes amplia y diversa, se ha reducido en un 78,6%, quedando confinada casi exclusivamente a unos pocos refugios de largo hidroperiodo en la zona peridunar. “Más de siete de cada 10 galápagos europeos que había en los años noventa han desaparecido”, resume el ecólogo Miguel de Felipe, que ha liderado la investigación.
El estudio compara los censos realizados entre 1991 y 1994 con los desarrollados entre 2021 y 2024. El resultado es contundente: la desaparición de más de la mitad de las lagunas —y el deterioro de la mayoría de las que quedan— ha arrasado con uno de los grupos más representativos y sensibles del humedal.
Para entender lo que está ocurriendo, De Felipe recuerda que Doñana funciona como “dos grandes regiones”. Por un lado, la marisma, una extensa llanura de inundación asentada sobre arcillas impermeables, “que recibe el agua superficial y que es prácticamente independiente del acuífero”. Es lo que ha ocurrido este invierno, cuando las imágenes de una marisma desbordada han dado la impresión de recuperación ecológica. Pero la otra cara del parque —y la que determina la supervivencia de los galápagos— es la red de lagunas situada sobre los arenales. “Las arenas son completamente permeables y dependen del buen estado del acuífero para la inundación de las lagunas”, explica De Felipe. Y ese acuífero lleva años “mermado por Matalascañas y por la agricultura intensiva”.
A pesar de las lluvias abundantes de los últimos meses, el nivel freático sigue “decenas de metros por debajo de la superficie” en algunas zonas. El científico destaca un caso paradigmático: la laguna del Charco del Toro, una de las más representativas del parque. “Es una laguna icónica porque criaban especies en peligro crítico a nivel global, y sigue seca aún a día de hoy”, tras las abundantes lluvias que ha dejado el tren de borrascas de este invierno. La Estación Biológica de Doñana ha publicado esta misma semana imágenes que evidencian su estado desolador.
Población en “peligro crítico”

La investigación confirma lo que diversos trabajos apuntaban desde hace años: el 59% de las lagunas ha desaparecido y más del 80% ha visto reducido su hidroperiodo, su superficie inundada o su calidad del agua. Y este desplome del paisaje lagunar tiene efectos directos sobre los galápagos.
Esta especie tenía en Doñana su población más importante y mejor conservada de toda la península Ibérica. Hoy está en niveles comparables a la categoría de “peligro crítico” según los criterios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). “Estamos muy próximos a presenciar su extinción total en Doñana”, alerta el investigador.
La otra especie autóctona, el galápago leproso (Mauremys leprosa), más tolerante a la degradación ambiental y tradicionalmente concentrado en un conjunto reducido de lagunas de la Vera y la región peridunar, presenta un declive menos acusado en su distribución (−27%). Pero sí muestra una pérdida del 57% en su abundancia, un síntoma inequívoco de deterioro del hábitat. Los datos indican que incluso durante la gran sequía de los años noventa las dos especies mantenían poblaciones significativamente más robustas que en la actualidad.
Los galápagos necesitan lagunas permanentes o de muy larga duración para reproducirse y completar su ciclo vital. El acortamiento del hidroperiodo —las lagunas se llenan más tarde y se secan antes— reduce las posibilidades de alimentación, reproducción y supervivencia de adultas y juveniles. “Lo que antes eran lagunas permanentes, ahora dejan de serlo, y las de largo periodo cada vez inundan menos”, explica De Felipe. El resultado es una pérdida de hábitat doble: cuantitativa (menos lagunas) y cualitativa (lagunas más pequeñas, más contaminadas y con peores condiciones físico‑químicas).
En 2023, durante la desecación de la última laguna permanente del parque, el equipo llegó a recoger los cadáveres de al menos 70 galápagos leprosos adultos. Además, el agua de estas lagunas muestra un aumento notable de la conductividad y el pH, síntomas de un proceso de salinización que ya ha dejado fuera de su laguna más conocida, Santa Olalla, al galápago europeo.
Los investigadores recuerdan que estas especies funcionan también como especies paraguas: la conservación de lagunas de largo hidroperiodo garantiza, al mismo tiempo, la supervivencia de aves acuáticas amenazadas, anfibios, plantas acuáticas y otros organismos dependientes del agua.
Uno de los aspectos más preocupantes es que, incluso en un año excepcionalmente húmedo como este, las lagunas no están respondiendo de forma natural. “Un año como este debería ser un vergel de lagunas por todas partes”, explica De Felipe. Pero el sistema se comporta “como si fuera un año normal”, una señal inequívoca de degradación estructural del acuífero. La gran variabilidad climática del Mediterráneo complica distinguir entre fluctuaciones naturales y un deterioro progresivo. Sin embargo, enlazando más de tres décadas de datos hidrológicos y de biodiversidad, el patrón es claro: aunque vuelvan las lluvias, las lagunas ya no se comportan como antes.
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