Desirée de Fez, escritora: “Los fantasmas no están solo en las casas encantadas, el terror te puede acechar en la línea 5 del metro”
La periodista, crítica y guionista de cine debuta en la ficción con ‘No la dejes sola’, una novela costumbrista sobre el asfixiante vínculo entre las mujeres de una familia y los fantasmas que las acechan


Mucho antes de pensar en escribir esta novela, Desirée de Fez (Barcelona, 48 años) ya había detectado que una persona de su familia era “de las que siempre necesita compañía y se las ingenia para ir acompañada a hacer cosas”. Así que buscó en internet y averiguó que, en su forma más extrema, a la aversión irracional a quedarse sola se le llama autofobia. La periodista y escritora entendió que ese pánico diagnosticado pero normalizado en su universo doméstico era útil para sublimarlo en una ficción con tintes de género fantástico y de terror, sus favoritos y por los que se ha especializado como crítica de cine, miembro del equipo del Festival de Sitges y conductora del podcast Marea Nocturna (Radio Primavera Sound). “Me gustaba esa idea tan potente de explorar lo que pasa cuando alguien que nunca quiera estar sola, por una serie de circunstancias, se quede así”, cuenta una mañana de finales de enero sobre su debut en ficción, No la dejes sola, una novela que publicará Blackie Books el 4 de marzo y que ya está vendida al inglés en Reino Unido y Estados Unidos, mercados que pujaron con hasta seis cifras por una obra que se publicará simultáneamente en octubre con traducción de Lizzie Davis.
Su primera novela llega tras Reina del grito (Blackie Books, 2020), un ensayo sobre los miedos femeninos a través del cine de terror en el que también reveló sus supersticiones más íntimas. De ahí nació otro podcast, Reinas del grito, donde escritoras como Mariana Enriquez o cineastas como Carla Simón compartieron sus fobias y convirtieron a De Fez en nuestra médium cultural moderna. A su consultorio se iba a conocer miedos ajenos que, de alguna forma, eran de todas. Con esta novela, con guiños a El ángel exterminador o Amenaza en la sombra, la autora quiere marcar distancias con su lado más teórico cultural. “Esto no es ninguna tesis cerebral, este libro me sale de las entrañas”, dice en la terraza de un bar franquiciado en el centro comercial Splau de Cornellà de Llobregat (Barcelona).
La cita transcurre en este retail park [así se llama a las grandes superficies comerciales al aire libre] que la gente del centro de Barcelona solo reconoce por ser el que se ve desde la Ronda junto al campo del RCDE Espanyol cuando van al aeropuerto. El Splau es el escenario en el que Alba, su heroína que padece autofobia, se queda atrapada en Nochebuena. Desorientada al despertar sobre en un charco de sangre en uno de los baños, entenderá que el centro ha cerrado sus puertas y ahí no queda más alma que la suya. O eso es lo que ella cree. Fuera, la buscan su madre Carmen y su hermana Diana. Si ya estaban unidas por la sangre, esas tres mujeres, quedarán esa noche dickensiana conectadas por la misma herida repentina en la barriga.

Puede que su ficción explore miedos femeninos con piercings a pelo en el Claire’s o tentáculos luminosos y de purpurina, pero también ofrece una luminosa mirada a un absorbente vínculo tejido entre una madre que ha enviudado y sus dos hijas. Todas se ponen astutamente de los nervios, pero se necesitan y no pueden vivir sin saber de las otras. Las conexiones con la realidad no son casualidad. Carmen y Alba viven en el barrio de San Ildefonso, como la madre y la hermana de De Fez en la vida real. Diana es crítica de cine y vive en el centro de Barcelona junto a su pareja, documentalista, y sus dos hijos; como De Fez en la vida real. “Aquí hay una visión alucinada de mi familia. Como le resumí a mi editor: ‘Yo, lo que quiero, es escribir una novela como si sentara a mi madre a dialogar con David Cronenberg’”.
Pregunta. “En el barrio nadie se preguntaba por qué esas mujeres jóvenes vivían enganchadas a sus madres, en un relación más parasitaria que simbiótica”. Usa la metáfora de una medusa con tentáculos para señalar esas fórmulas tan vistas en la periferia, donde la abuela parece una prolongación de la madre y los nietos. ¿Cómo quería abordar ese vínculo?
Respuesta. Es una forma de relacionarse que he detectado no solo en mi familia, sino que siempre he comentado con amigos que se criaron en el extrarradio y todos hemos vivido de una forma muy parecida. Formamos parte de familias en las que la comunicación y el contacto es extremo, sabemos qué ha comido y cenado la otra o qué se ha comprado ese día, pero no nos hemos sentado a verbalizar lo que nos preocupa de verdad. Esta es una familia que se quiere con locura, hay mucha estima y mucho cariño, pero esa forma de relacionarse crea relaciones de dependencia complejas que pueden dañar a una de las partes o a todas..
P. La potencia de ese vínculo se percibe a través del diálogo costumbrista.
R. Es que me encanta esa forma de hablar tan espontánea, de mucho amor por la frase hecha, pero que es muy sofisticada, porque el uso en la intención de las palabras es muy fino. Una cosa que me obsesionaba es que no quería que, ni a través de mis descripciones ni del vocabulario, se tratara a los personajes con superioridad o distancia. Yo no estoy escribiendo del gueto, yo estoy hablando de donde vive la gente común. ¿Por qué es raro eso? Si lo raro es vivir en el centro de Barcelona.

P. Ninguna de las tres mujeres está cómoda con su cuerpo.
R. El body horror como tal entra de lleno en la segunda parte del libro, pero la primera parte quería que estuviera definida por la ansiedad. Eso se expresa en la urticaria en los ojos que tiene Alba, que es la más joven pero ya tiene tres hijos que ha encadenado por decisión propia. Diana tiene problemas con su propio físico y culpabiliza a la precariedad por no poder cuidarse para poder vivir en el centro y la madre, que se está cuestionando su vida al enviudar, lleva pinquis de media que le oprimen el tobillo. Son detalles significativos de cómo nos hemos acostumbrado a vivir con prisas y normalizado el sentirnos ajenas o incómodas con nuestra propia piel.
P. Los hombres de la novela, las parejas de las hijas, no se atreven ni a juzgar, solo pueden mirar extrañados y resignarse frente a esa relación triangular.
R. Fíjate que uno de ellos es documentalista, su trabajo consiste en mirar la realidad, y es incapaz de definir o establecer una lógica frente a la familia de su pareja. No se trataba de villanizarlos: ellos están ahí, las acompañan, lo intentan con todas sus fuerzas. Los personajes masculinos observan y saben que no pueden hacer nada.
P. Se están publicando muchos libros y ensayos sobre autoras crecidas en el extrarradio en los noventa, pero no se habían leído novelas así, en las que la experiencia no se intelectualiza o sobreanaliza, sino que se naturaliza a través del diálogo y la acción.
R. Como a los personajes no quería juzgarlos demasiado, mi apuesta fue contarlos a través de su forma de hablar y de detalles que pueden parecer banales, pero, para mí, eran importantes. Como su relación con los objetos, desde la obsesión por los televisores grandes aunque se coloquen en espacios pequeños o conseguir la airfryer como marcador de estatus. Para trabajar los diálogos leí mucho a Manuel Puig y su Cae la noche tropical, que es una conversación de dos mujeres sentadas en la puerta de casa cotilleando sobre las vecinas. También a Miriam Toews, que tiene esa forma de contarte a los personajes a través del diálogo desordenado, caótico, pero con mucho sentido del humor.
P. El extrarradio, aquí, ni se exotiza ni se romantiza.
R. Es que esa idea me mataba. Si la novela transcurre ahí es porque son mis escenarios, es mi vida. Yo ahora vivo en el centro de Barcelona, pero he vivido muchos años ahí, mi familia sigue ahí y sigo vinculada emocionalmente. No lo hago de forma oportunista, es que tenía que pasar ahí.
P. El giro fantástico se plantea en un centro comercial, un lugar al que acuden obsesivamente la madre y una de las hermanas.
R. Siempre me ha interesado más el fantástico que lleva el terror a universos propios y quienes demuestran que los fantasmas y los monstruos no están solo en los relatos americanos o las casas encantadas. El terror te puede acechar en la parada de metro de Collblanc o en el Splau. Que el giro fantástico pase en ese centro comercial es porque durante los últimos años me he obsesionado con los espacios liminales, lugares de tránsito continuo en los que hay mucha vida, pero que en el momento que los vacías de acción se vuelven anormales. Todo vino por un hilo de Reddit que leí sobre una chica con un sueño recurrente en el que describía el centro comercial abandonado que visitaba y mucha gente le contestó asegurando que habían estado ahí en sus sueños. Me fascina la idea de cómo hemos volcado en esos espacios el inconsciente colectivo y, al hacerlo, también hemos llevado nuestros miedos.
Quería escribir una novela como si mi madre se sentara a hablar con David Cronenberg
P. Además del Splau, se citan varios centros comerciales de Barcelona y se establece cierta sociología de comodidad, desde el de Finestrelles de Esplugues (alta) a La Maquinista de Sant Andreu (baja).
R. Más que como sátira del capitalismo, en el libro, el centro comercial funciona casi como un videojuego, como un second life donde la gente que tiene múltiples responsabilidades y ocupaciones entiende ese espacio como una posibilidad de poder estar en un lugar donde todo está ordenado, nadie te rinde cuentas y, además, sabes dónde está cada cosa.
P. El antiguo camping Filipinas de la autovía de Castelldefels es escenario clave en la trama fantástica.
R. Se cita el Filipinas porque a mis padres les regalaron un módulo en ese camping. Ya no quedan, pero en los noventa había muchos en el litoral del Baix Llobregat. Ahí veraneaba la clase obrera del extrarradio porque estaba cerca de Barcelona y así los hombres podían ir a trabajar y volver en el día mientras los niños y las mujeres estaban de vacaciones. Ese camping me servía como escenario para algo que me encanta del fantástico, que es el relato de hoguera y la posibilidad de contar una historia a otra persona que le aterrorice.
P. ¿Por qué incluir Lágrimas de amor de Camela?
R. Porque me parece una obra maestra. Es algo que me ha costado reconocer, porque a mi hermana le encantaba de pequeña, no dejaba de ponerla y yo le tenía manía porque estaba a punto de entrar en la universidad y escuchaba otras cosas. Como suele ocurrir, aquello de lo que reniegas, te vuelve y, con el tiempo, lo valoras de otra manera. Camela, ahora, para mí, es increíble.

No la dejes sola
Blackie Books, 2026
224 páginas, 22 euros
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































