‘Capítulo’: la inconfundible poética de Daniel Abreu
El nuevo trabajo del coreógrafo plantea las dificultades de la danza actual y del mundo

“Me siento mercancía desenfocada”. La frase podría funcionar como un aviso a la audiencia, pero se transmite con la neutralidad de un diagnóstico, aunque también resuene en ella el cansancio de la rendición. La dice el bailarín y coreógrafo Daniel Abreu en su nuevo espectáculo, estrenado este jueves en los Teatros del Canal de Madrid. Casi al inicio de la obra, el creador sale de un extremo del escenario con el sigilo natural con el que interviene en sus trabajos, pero no lo hace para bailar. Vestido “de calle”, se aproxima al público, coge un micro listo en su pie, lo sitúa delante como si fuera a hacer un comunicado, saca del bolsillo derecho del pantalón unos folios doblados y se pone las gafas de lectura. “Me siento maltratado por instituciones, aeropuertos, hospitales…”. “No nombrar es una forma de elegir”. Y a partir de aquí, Capítulo, nombre de este montaje, transita entre la palabra y la danza, en una obra que marca varias diferencias con otras anteriores y que deja un poso de despedida y nostalgia.
Uno de los grandes aciertos de Capítulo es que Abreu trasciende rápidamente lo personal. Es decir, que la confesión inicial personificada en el “yo” viaja hacia un “nosotros” y ese momento tan oscuro e incomprensible que vive el mundo estos días. Como si se preguntara por la relación entre lo que acontece y lo que le atraviesa. Abreu siempre ha dejado ver una mirada amplia y profunda en los cuestionamientos que ofrece con sus piezas. Pero en Capítulo trasciende por primera vez cierta necesidad por contarnos quién es y qué está pasando.
En este sentido, y aunque en ningún momento se roza lo evidente y se prefiere sugerir como suele hacer el creador, la comunicación con el espectador es clara y directa. Tal vez por eso el coreógrafo haya usado más texto que nunca (proyectado, hablado). Por la querencia de manifestar el agotamiento que supone visibilizar un espectáculo de danza que no sigue la tendencia (no lo digo yo, lo cuentan los datos de exhibición de esta disciplina en teatros públicos y privados), y la rotura de ese mundo que nos rodea y perfora. “No sé si a ustedes les pasa, pero yo me siento incapaz de terminar nada”, dice también.
La obra está estructurada en cuatro escenas o colores: sobre el rojo, el blanco, el gris y el verde. Colores que, a excepción del gris, recuerdan la bandera Palestina, pero en ningún momento se insinúa que esto sea de esta manera. Los textos no revelan nombres concretos (de lugares o atrocidades), “porque las palabras son todos los nombres a la vez”, se escucha, y aunque se recorren temas como la explotación y la conquista de tierras ya habitadas, un todo poético prima sobre lo específico. Coreográficamente, los cuatro intérpretes recuerdan la capacidad de Abreu para el uso del suelo, elemento bastante olvidado, más allá de sostener, en espectáculos de danza de los últimos tiempos. Destaca especialmente la bailarina Emiliana Battista, por su presencia y precisión, pero sobre todo, por ser la que más cerca se encuentra de esa poética tan personal en el movimiento corporal de Abreu, imprescindible para sostener la exigencia y elegancia de su danza.
En Capítulo también se incorporan nuevos volúmenes y gestualidades, como es habitual en cada montaje, y destaca por su belleza y fuerza la coreografía que se construye a partir de un movimiento de cabeza, que se repite. ”¿Este gesto es para decir que sí (asiente con la cabeza) o para pedir perdón?”. Los cuatro intérpretes ganan en concentración cuando Abreu baila junto a ellos.
Unos quince minutos antes de que empiece realmente la obra, el telón de la Sala Verde de los Teatros del Canal sube y en el escenario empiezan a pasar cosas mientras el público busca su sitio, se sienta, saluda. Un bailarín entra en escena y se queda, otra bailarina entra y se va. Las luces de sala siguen encendidas y suena una música house-techno con volumen alto que contagia de eso que gusta. Seguramente simbolizando lo que pasa últimamente en la mayoría de espectáculos y su impacto fácil, aquí presentado como un ruido que el coreógrafo abandona para recuperar el gesto sobrio. Como si se nos dijera que a pesar de saber cuál es la fórmula que funciona para arrancar los aplausos más fáciles, lo desecha.
Con ecos de trabajos anteriores (Animal, Cabeza, Vav…) tanto en elementos escenográficos como corporales, Capítulo es una obra de danza necesaria, por todo aquello que plantea, para conocer la realidad de un coreógrafo y la que vivimos todos. Y suena a epílogo de un hacer determinado.
Capítulo
Creación y dirección: Daniel Abreu.
Intérpretes: Emiliana Battista Marino, Rosanna Freda, Théo Vanpoperinghe, Abián Hernández y Daniel Abreu.
Teatros del Canal. Madrid. Hasta el 28 de febrero.
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