‘Una madre trabajadora’, de Agnes Owens: una novela nada edificante, urticante y completamente maravillosa
La escritora escocesa recrea a una astrosa ‘femme fatale’ humanizada desde lo más artificioso de los géneros literarios, subrayando lo difícil que resulta escapar de los límites que la realidad y sus claves de representación nos imponen


Betty alimenta a sus hijos con salchichas quemadas, miente sobre sus compañeras de trabajo, se acuesta con el mejor amigo de su marido, se desnuda delante de su jefe para que el viejo haga cositas detrás de un biombo, se bebe hasta el agua de los floreros. Betty es lo peor. Ella misma nos cuenta su historia. Quizá sus maldades nacen del resentimiento al descubrir que es pobre y siempre lo será. El deseo de independencia laboral —no quiere un contrato fijo— y familiar —ahorra para largarse de casa— hacen de Betty una verdadera bruja. Una astrosa femme fatale. “Astrosa femme fatale” no es un oxímoron, sino una subcategoría, especialmente simpática, de la mujer fatal: cómo no acordarnos de Dinah Brand en Cosecha roja de Hammett. La piel resacosa de Dinah huele de un modo parecido a la piel etílica de Betty. Con sus perversidades a cuestas, estas mujeres, que pretenden manipular por medio de su capital erótico, son carne de cañón: Betty restriega los cuellos sucios de las camisas de su hijo y, entre las risitas alimonadas que se nos escurren por las comisuras mientras leemos diálogos agilísimos y punzantes, el mundo de Una madre trabajadora aparece como un mundo de víctimas de una guerra después de la que los excombatientes beben para olvidar el pánico mientras la bebida eterniza y agiganta la pesadilla. Acaso deforme la narración. La realidad estalla en medio de un humorismo incómodo. Betty, en su maldad empoderada y en su alcoholismo deformante de narradora no fiable, revela sus dolores. Se cree muy lista, pero no ha medido bien sus fuerzas.
En un momento espléndido, Betty y su marido hablan en el pub sin la presencia de Brendan, el amigo omnipresente, que configura con ellos un triángulo que hoy calificaríamos con uno de nuestros adjetivos preferidos: “Tóxico”. Beben gracias al dinero de la venta de un reloj. Ella se lo reprocha: “Tenía un valor sentimental”. Pero los buenos sentimientos, el valor sentimental, el mismísimo amor solo se los pueden permitir las clases dominantes a quienes también pertenecen, por cierto, los códigos literarios. No es que los pobres no amen, es que no pueden expresarlo con el sentimentalismo de esos ricos que también lloran. Los retratos del hijo y la hija de la narradora-protagonista muestran ese amor sin glucosa, esa ternura enmascarada de desapego y graciosísima hiel. Este es el tono del que quizá podríamos aprender algo en estos tiempos de cursilería sentimental vinculada a los relatos con pretensiones sociales. Entendemos los sentimientos de Betty en paralelo a las condiciones de vida de Agnes Owens, escritora escocesa, que trabajó como limpiadora, oficinista y obrera fabril: en Una madre trabajadora consigue que transitemos desde la incomprensión y el rechazo hasta la compasión y la empatía hacia su personaje. Nos habría encantado que Betty fuese una heroína libertaria, una mala antisistema, pero su divertido potencial devastador queda desactivado por mecanismos librescos —una trama negra, la cazadora cazada, la justicia poética en la reubicación sentimental del marido— que, desde lo más artificioso de los géneros literarios, humanizan a Betty devolviéndonos la confianza en el poder transgresor de la literatura y subrayando, a la vez, lo difícil que resulta escapar de los límites que la realidad y sus claves de representación nos imponen. Una novela nada edificante, urticante y completamente maravillosa.

Una madre trabajadora
Traducción de Blanca Gago
Muñeca infinita, 2025
176 páginas, 19,71 euros
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