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crítica literaria
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

La máquina del fango ya funcionaba en el Siglo de Oro

Se publica una antología de poesía satírica escrita entre finales del siglo XVI y el XVII en España cuya circulación era clandestina y su propósito era la crítica política

'Retrato ecuestre del duque de Lerma' (1603), de Rubens, y 'Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, a caballo' (1636), de Velázquez.
Jordi Amat

Francisco Gómez de Sandoval y Rojas llegó a la cima del poder durante el Siglo de Oro. Antes del acceso al trono de Felipe III, ya había logrado formar parte del circulo de confianza del futuro monarca. Y tras la muerte de Felipe II, conquistó la cima de su ambición. Fue el primer valido de la corona española, equivalente al primer ministro (según el Diccionario de la RAE). En 1599 recibió el título de Duque de Lerma. Por entonces lo retrató Rubens. Naturalmente el cortesano tenía sus envidiosos enemigos e inevitablemente también sus tejemanejes en el sector inmobiliario y otras formas de corrupción. Lo pillaron. En una maniobra digna del político que hoy logra ser aforado para blindarse de la justicia, Lerma consiguió ser nombrado cardenal. Los ataques no se hicieron esperar. Poesía eres tú. Porque las estrategias discursivas para acabar con reputaciones de políticos y sus familiares no se inventaron hace cuatro días.

A Lerma le dieron sin parar. Por supuesto también a su círculo de confianza: Rodrigo Calderón, por ejemplo, general que medró con él, “dicen que ha de volar” y, efectivamente, fue ejecutado en 1621. Pero es que no se escapó ni su confesor. “El Caco de las Españas”, lo motejó un festival de heptasílabos que no olvidaba la mención a la púrpura cardenalicia (“vistiose de colorado”) y denunciaba cómo había optado por salir de foco para que no le persiguieran: “El que por largas edades / toda bolsa deja enferma / ya se ha retirado a Lerma / para no decir verdades”. La proliferación del discurso poético del antilermismo pretendía acabar por enterrar su reputación, el argumento de fondo era que él acabaría con el país: “Por un hombre solamente / rey y reino está perdido: / ¡que esté tan engrandecido / con soberbia y ambición / que haya buscado ocasión / de ser más que rey temido”. Felipe III debía saberlo, “aunque vuestra majestad / mande cortar mi cabeza”.

En el siglo XVII, aún sin redes sociales ni tan siquiera con imprenta, la máquina del fango ya funcionaba a pleno rendimiento. El catedrático Ignacio Arellano, que se doctoró con una tesis sobre la poesía burlesca de Quevedo, acaba de publicar una antología de estos poemas recopilando un corpus que ha tenido escasa consideración en la historia literaria. El libro, que es la cruz de un tratado de historia serio, es una filigrana filológica. Son textos cuyos originales son manuscritos conservados de manera atípica, “recogidos frecuentemente en legajos confusos, con mezclas de materiales de distinta procedencia”. Como su circulación era clandestina, su autoría era anónima. Con una excepción. Un noble y excelente poeta amoroso se distinguió por su afilada valentía a la hora de cargar contra los hombres de poder: fue el insolente personaje de novela que fue el Conde de Villamediana.

Son textos que pueden agruparse bajo una acertada etiqueta: “Guerra de plumas”. Aunque podía parecer que por la jocosidad y su carácter satírico eran composiciones populares, su origen era la corte y operaba en el campo de la lucha de poder. Ayer como hoy. Que si cornudos o ladrones, entonces que si judíos o luteranos. “La poesía clandestina y de protesta política en el Siglo de Oro es, ultimadamente, una sátira aristocrática, impulsada por las élites cortesanas, pero que se proyecta sobre las masas para crear o manipular la opinión pública”. En esta antología sorprende la riqueza de recursos retóricos que se pusieron en juego: juegos de palabras con apellidos, diálogos entre personajes mitológicos o aprovechar composiciones religiosas (el Padre Nuestro, el Ave María) para jugar con su estructura y usar la prosodia de la oración para hacer más efectivo el ataque.

Al final de sus días, Felipe III amnistió (permítanme la licencia) a presos y condenados. Lerma intentó recuperar la gracia real, pero le paró los pies una prometedora figura de poder: Gaspar de Guzmán, conde de Olivares y futuro valido de Felipe IV. Si el duque de Lerma es el protagonista de la primera parte de la antología, el conde duque lo es de la segunda. “Demonio que respira en cuerpo humano”, así se le caracteriza en un poema que lo presenta como el profanador del mundo. “Ya murió el Conde en mi mente / aunque él en si no se he muerto / que es bien que goce salud / porque pague tantos yerros”. Pero eran tantas las ganas de hacerle desaparecer que se redactaron varios testamentos en verso. “Ordeno mi testamento / y voluntad depravada”, dice uno de ellos. Y naturalmente no falta el clásico del ataque familiar, dando voz a su propio hijo: “Hijo puta nací / y como tal me crie”.

Poesía clandestina y de protesta política del Siglo de Oro

Edición de Ignacio Arellano
Cátedra
420 páginas, 17,5 euros

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Sobre la firma

Jordi Amat
Filólogo y escritor. Ha estudiado la reconstrucción de la cultura democrática catalana y española. Sus últimos libros son la novela 'El hijo del chófer' y la biografía 'Vencer el miedo. Vida de Gabriel Ferrater' (Tusquets). Escribe en la sección de 'Opinión' y coordina 'Babelia', el suplemento cultural de EL PAÍS.
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