Los nuevos campeones climáticos en América Latina: bancos de alimentos
Varios países de la región no solo los usan para combatir el hambre, sino como estrategia contra el cambio climático, al estar asociados a la reducción de gases como el metano
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Cada día, una alimentación saludable está más lejos del alcance de miles de millones de personas. Una serie de crisis globales — aranceles, inflación, desastres climáticos cada vez más intensos y ahora, conflicto en el Medio Oriente — siguen elevando el precio de la canasta básica. En América Latina, donde las tasas de hambre han caído durante cuatro años consecutivos, los efectos dominó del conflicto en el Medio Oriente podrían empujar a 2,2 millones de personas de nuevo a la inseguridad alimentaria aguda.
Al mismo tiempo, la comunidad científica afirma que nuestro planeta está en un peligroso desequilibrio, ya que las emisiones generadas por los humanos calientan nuestro planeta hasta niveles críticos. El conflicto lo intensificará. Estas dos crisis dibujan un panorama sombrío para un mundo sano y sostenible. Pero los gobiernos de América Latina están encontrando una solución dual en el lugar más improbable: la basura.
Mientras millones sufren hambre, se desperdicia un tercio de todos los alimentos producidos en el mundo. Estos alimentos en descomposición son responsables de hasta un 10 % de las emisiones de gases de efecto invernadero globales, en gran parte el metano, un supercontaminante 80 veces más potente que el dióxido de carbono a corto plazo.

Pero la mayoría de los alimentos que van a los vertederos siguen aptos para el consumo humano. Al recuperarlos antes de que se desperdicien y redirigirlos a personas con necesidad, podemos reducir simultáneamente las emisiones de metano y alimentar a más personas. Reducir rápidamente las emisiones de metano puede servir como un ‘freno de emergencia’ contra el cambio climático, y los bancos de alimentos en más de 19 países de América Latina y el Caribe ya lo están haciendo.
Hay datos que validan el gran impacto que tienen los bancos de alimentos. La metodología FRAME – Food Recovery to Avoid Methane Emissions – desarrollada por The Global FoodBanking Network con el apoyo de Global Methane Hub, es la primera metodología para que organizaciones de recuperación y redistribución de alimentos, así como lo son bancos de alimentos, midan sus emisiones evitadas con datos precisos y verificables.
Durante el último año, hemos compartido estos datos con gobiernos de América Latina justo cuando estaban en el proceso de actualización de los objetivos climáticos establecidos por los países bajo el Acuerdo de París, conocidos como las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDCs, por sus siglas en inglés). Así pudimos demostrar el potencial transformador de los bancos de alimentos para luchar simultáneamente contra el cambio climático y el hambre.
Los Gobiernos ven el potencial y están actuando, con Ecuador y Paraguay liderando el camino. Ecuador se convirtió en el primer país en reconocer un banco de alimentos, en este caso el Banco de Alimentos Quito y después el Banco de Alimentos Diakonia, como iniciativa climática oficial dentro de su Programa Ecuador Carbono Cero, permitiendo explícitamente la financiación externa para ampliar las operaciones de los bancos de alimentos. Esta fue una señal política crítica: el Gobierno reconoció no solo el valor mitigador de la recuperación de alimentos, sino también la necesidad de inversión sostenida para que los bancos de alimentos vayan multiplicando sus resultados climáticos.
Paraguay, a su vez, tomó un paso más allá. Su plan nacional climático establece objetivos cuantificados de reducción de metano y designa a la Fundación Banco de Alimentos Paraguay como un actor climático a nivel nacional responsable de seguir y reportar los avances. Juntos, Ecuador y Paraguay establecen dos precedentes esenciales: el reconocimiento climático y la responsabilidad climática.
México y Colombia, por su parte, ilustran cómo la pérdida de alimentos y la reducción de residuos están siendo estructuralmente integradas en la política climática, posicionando a los bancos de alimentos como proveedores de servicios climáticos y destacando su importancia para la adaptación al cambio climático. El NDC de México promueve explícitamente la recuperación de alimentos a través de BAMX, la red de 64 bancos de alimentos que atienden a 2,5 millones de personas, además de proveer servicios de adaptación. Colombia incluyó una medida de mitigación dedicada a fortalecer los bancos de alimentos bajo ABACO, la red de 25 bancos de alimentos, reconociendo su doble papel en la mitigación y la adaptación climática.
Mientras tanto, en Chile, Guatemala y Costa Rica están sentando las bases. El NDC 3.0 de Chile reconoce formalmente la contribución de la pérdida y desperdicio de alimentos a las emisiones de metano, alinea la política climática y de economía circular, y se compromete con una estrategia nacional, sentando las bases para una integración más profunda con los bancos de alimentos como Red de Alimentos. El banco de alimentos guatemalteco Desarrollo en Movimiento está activamente comprometido en la construcción del NDC 3.0 del país, trabajando para asegurar la inclusión dentro de las medidas sobre residuos orgánicos. El NDC de Costa Rica aún no incluye la reducción de las pérdidas y desperdicios de alimentos, pero el Gobierno está en conversación con el Banco de Alimentos Costa Rica para integrar la organización en la acción climática más allá del propio NDC.
Colectivamente, se proyecta que los bancos de alimentos de Paraguay, Ecuador, Colombia, México, Guatemala y Chile prevendrán que 293 millones de kilogramos de alimentos lleguen a vertederos, lo que evitará la emisión de 10.440 toneladas métricas de metano y 261 kilotoneladas de dióxido de carbono en cinco años, lo que equivale a eliminar aproximadamente 56.739 vehículos de gasolina durante cinco años. Para 2030, sus operaciones combinadas aumentarán el acceso a alimentos para 3,4 millones de personas, con el 60 % de todos los alimentos distribuidos siendo de alto valor nutricional, incluyendo frutas y verduras, cereales y legumbres, lácteos, proteínas animales, frutos secos y semillas.
No son objetivos aspiracionales: son proyecciones basadas en datos operativos, recogidos bajo la metodología FRAME y validados por los Gobiernos nacionales. Juntos, estos siete países representan una infraestructura climática humanitaria ya en funcionamiento, cuyo potencial completo solo es posible tras su reconocimiento formal y la inversión sostenida.
Otros países con gran producción agrícola, como Argentina y Brasil, representan el siguiente paso. Ambos cuentan con estrategias nacionales de combate a la pérdida y desperdicio de alimentos, con Brasil nombrando explícitamente a los bancos de alimentos como actores clave del clima y el hambre, y Argentina priorizando la recuperación de alimentos para el consumo humano. Lo que queda es la inclusión formal en sus NDCs y esquemas de financiación climática.
Aunque América Latina lidera en su integración en NDCs y esquemas climáticos, los bancos de alimentos están activos en más de 80 países, representando un potencial global transformador para nuestro planeta y para millones de personas que padecen hambre. Hoy en día, los bancos de alimentos en América Latina son un salvavidas para millones de familias que luchan por mantener alimentos nutritivos en la mesa. Y pronto también se conocerán como líderes en la acción climática local con alcance global.
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