
Cuando para muchos ir juntos a entrenar sustituye quedar para una caña (y qué dice eso de la sociedad)
Durante décadas, los bares fueron el gran punto de encuentro cotidiano en España. Hoy, para algunos ese papel empieza a ocuparlo otro espacio inesperado: el gimnasio. No solo como lugar para entrenar, sino como sitio donde se trabaja, se socializa e incluso se liga.
No es solo una sensación. Mientras en los últimos años han cerrado decenas de miles de bares, los gimnasios no han dejado de multiplicarse.
- La oferta se ha diversificado hasta el extremo. Conviven cadenas de bajo coste, estudios boutique muy personalizados y clubes que funcionan como resorts de lujo con coworking, restauración y eventos sociales.
Este cambio no es casual. Responde a un cambio profundo en las formas de ocio, en la relación con el cuerpo y en cómo se entiende el tiempo libre, cada vez más ligado a la idea de “cuidarse” y ser productivo incluso fuera del trabajo.
El fitness ya no es una actividad solitaria. En muchos centros, sobre todo entre los más jóvenes, se entrena en grupo, se charla entre series y se alargan las sesiones hasta convertirlas en planes sociales.
- El pádel, las clases dirigidas o las zonas comunes funcionan como nuevos bares sin alcohol, donde se hacen amigos (y, a veces, algo más).
Pero hay un problema. El gimnasio también puede convertirse en un escaparate permanente, donde la socialización convive con la comparación constante, la autovigilancia y la presión por encajar en un ideal corporal asociado al éxito.
Un espacio que, además, sigue siendo desigual. Aunque las mujeres ocupan cada vez más la sala de pesas, la mirada sobre sus cuerpos pesa más y el discurso del empoderamiento choca con la cosificación.
©Foto: Jordi Adrià